A escasos días de un infausto aniversario, la pregunta
es de enorme significación. ¿Era posible aquel nefasto
28 de diciembre de 2006 imaginar tan humillante derrota? Y
lo que aún no sabemos, ¿no será este diciembre
terrible el inicio definitivo del eclipse total de la fortuna
de quien tanto ha jugado con ella? Si tuviésemos entre
nosotros a Maquiavelo, que tanta importancia concedió
en sus análisis a la fortuna, seguramente su dictamen
sería contundente: sí, definitivamente; como en
su tiempo advirtiese la de César Borgia.
Aquel nefasto 28D, Hugo Chávez hizo una apuesta -hoy
lo sabemos- la mar de arriesgada. Según él, como
resulta que, sin saberlo, millones de venezolanos habían
votado "por el socialismo", sin conocer a ciencia cierta de
qué se trataba (como bien lo reconocieron JV Rangel y
Maripili en un diálogo que por los días de enero
de 2007 sostuvieran por los micrófonos de Unión
Radio), nos informaba de su magnánima voluntad: RCTV,
condenada sin juicio por "golpista", pasaría a "mejores
manos" (las de él) a fines de ese mayo.
Ese anuncio puso al país como a él le gusta contemplarlo:
de patas y cabeza. Comenzó aquel día la cuenta
regresiva. Hoy sabemos que más que ser la de RCTV,
la que se inició fue¿ ¡la de él! Aquellos cinco
meses Hugo Chávez, como afirma la pegajosa canción
de Celia Cruz ("¡Que le den candela!") estuvo cociéndose
"en su propio vino". Poco pudo imaginar los resortes que su
arbitrariedad movería, fundamentalmente en la base social
de la que con tan relamido gusto se ha preciado.
Desde entonces no se me ha podido borrar de la mente la escena
de aquel fatídico 27 de mayo a eso de las 11 de la noche,
frente a las instalaciones de RCTV en el centro de Caracas.
Debo haber sido el único extraño a la zona que estaba
allí, acompañando a las más de cien personas
que llorosos y en silencio veían como a un ser muy querido
se le extinguía la vida. Esa noche comenzó a morir
el amor que por este proceso sentían muchos.
Pero Hugo Chávez dio pruebas, una vez más, que
ni entendía nada ni estaba dispuesto a bajar la cabeza.
Y esa es una combinación explosiva, no entender con una
terca soberbia. Hoy lo paga y quizás lo paga sin retorno.
Y como nada entendió, sino que confundió soberbia
con firmeza, siguió adelante impertérrito. O, para
otra vez recordar a Maquiavelo, como a quien la fortuna ha
dado la espalda irremediablemente.
Y esa mala fortuna hizo que una guardia aduanera se enredara
en el lejano Buenos Aires y aparecieran en una inexpresiva
maleta unos poco inocentes cientos de miles de dólares.
Sin procedencia declarada, pero sobre todo sin destinatario
claro, esos dólares realengos se transformaron en un
dolor de cabeza. Y amenazan con seguirlo siendo.
Cuando llegaba a su clímax el alboroto, apareció
como un relámpago en verano lo que se convertiría
en el nuevo huracán. Lo que quienes enfrentan a Chávez
de inmediato catalogaron de nuevo trapo rojo que sacaría
el escándalo bonaerense de los medios, pronto se vio
que era un salto adelante más bien.
Hugo Chávez quería una nueva constitución.
La suya. Y como la quería así se encerró a
ensamblarla, para luego enviarla a eso que llaman Asamblea
Nacional. Tan prestos estaban sus miembros que en el correr
para complacerle añadieron injuria al desaguisado. A
lo mejor nunca sabremos la parte que le tocó jugar a
tales eunucos en la debacle final, pero intuyéndola Hugo
Chávez creyó que si separaba lo suyo de lo añadido
engañaría a los electores. Y como en tantas otras
cosas, peló una vez más.
Creyó que no embestir sería debilidad y apartó
bruscamente las encuestas que desde todos lados le advertían
que podía perder. Así llegó al fatídico
domingo que no olvidará jamás y cuando profirió
el adjetivo pírrico sólo mostró que aún
no sabía la magnitud de la debacle.
Hugo Chávez, quien convirtió la ocasión en
un plebiscito sobre él, no perdió por escasos votos.
No. Perdió por tres millones. Esa es la cruda
verdad. Ha sido un cataclismo y uno sin antecedentes históricos.
Echar a la poceta 3 millones de votos en sólo doce meses
es un logro singular. Y la magnitud de la catástrofe
se acrecienta cuando nos acercamos a los datos; lo único
que permaneció indemne fue Amazonas y Delta Amacuro.
Eso sí que es una fidelidad pírrica. ¿Es ese
un dato como para alegrarse?
Y todavía le falta por ver el deslave que los
medios advierten y atestiguan por doquier: recriminaciones,
críticas y abandonos. Definitivamente la fortuna
le dio la espalda y el "por ahora" huele a rancio.
antave38@yahoo.com