ROBERTO GIUSTI
EL UNIVERSAL
Sólo una asamblea nacional constituyente o un cambio
cosmético podría relanzar el proyecto de reforma
constitucional rechazado por el pueblo el pasado domingo.
Es decir, en estricto cumplimiento de las normas constitucionales,
resulta imposible, no sólo desde el punto de vista procedimental,
sino del contenido, imponer lo ya improbado por el constituyente,
a través de una ley habilitante, por medio de una propuesta
de la Asamblea Nacional o recogiendo las firmas de 10% de
los votantes para forzar una nuevo referéndum.
La habilitante inhabilitada
En el primero de los casos, el más improbable, pero
no imposible, existen antecedentes de decretos-ley que se
adelantaron a las votaciones del 2 de diciembre y dando por
supuesto que la propuesta del presidente Chávez sería
aprobada, fue creada la Comisión Central de Planificación
cuyo objetivo es "la transición hacia un modelo integrado
de planificación centralizado", la transformación
de las empresas del Estado en empresas socialistas" y "la
construcción de un modelo socialista de desarrollo económico",
que atentan contra 23 artículos de la Constitución
vigente, incluyendo la negación del estado federal descentralizado,
la libertad económica, la autonomía municipal y
el Consejo Federal de Gobierno.
De la misma forma el paquete de cientos de leyes complementarias
que se preparaba, dentro de la habilitante, para darle contenido
y especificidad a las normas del fracasado nuevo marco constitucional,
tendrían que ser definitivamente descartadas por estar
en contradicción con la renacida Constitución del
99.
En esas circunstancias y pese a la previsible arbitrariedad
con que se trata el ordenamiento jurídico la vía
de la habilitante, como vía sustitutiva del referéndum,
cuyo resultado fue adverso, podría desencadenar una tormenta
política vista la nueva correlación de fuerzas electorales
surgidas del 2 de diciembre.
La Constitución negativa
Otras dos posibilidades consisten en insistir con la Asamblea
Nacional como proponente y volver de nuevo al referéndum,
pero por razones también legales sería imposible
la presentación del bloque número dos, ya negado.
Un problema secundario porque, al fin y al cabo, lo que más
importa al Presidente o quizás lo único que le interesa,
en definitiva, porque lo demás viene por añadidura,
es la reelección indefinida y ésta se encuentra
ubicada en el primer bloque el cual el proponente fue él
mismo. Queda, entonces, el recurso de la recogida de firmas,
por parte de 15% de los electores para desembocar en un referéndum
consultivo.
Sólo que, además de violar el artículo 345
de la Constitución ("..La iniciativa que no sea aprobada
no podrá presentarse de nuevo en un mismo período
constitucional a la Asamblea Nacional"), porque se trata "de
una decisión del poder constituyente originario que obliga
a todos". Al menos esa es la opinión del profesor de
Derecho Constitucional de la ULA, Jesús Rondón Nucete,
para quien el proyecto de reforma rechazado por el pueblo
se convierte en una "constitución negativa", un conjunto
normativo que señala lo que no se puede hacer. A su juicio
"en el referéndum el depositario del poder constituyente
originario; es decir, el pueblo, al improbar el proyecto ratificó
las normas existentes que se querían sustituir o modificar
y rechazó expresamente las proposiciones de reforma de
las mismas. El texto presentado al electorado es, en adelante,
fuente de derecho, como manifestación de interpretación
auténtica que permite conocer la voluntad del soberano".
En consecuencia, advierte, "nada de lo que se rechazó
el domingo podrá ponerse en práctica a menos que
estuviera previsto ya en la Constitución de 1999 (reducción
de la jornada laboral o el fondo social para los trabajadores
informales). De manera que no puede utilizarse ningún
mecanismo para burlar la decisión del poder constituyente.
Sería un acto inconstitucional que acarrearía responsabilidad
penal para sus autores".
Quedan, sin embargo, rendijas por las cuales hacer pasar,
hasta la legalidad, sino la tesis de la reelección indefinida,
sí la de un tercer período, lo cual le daría
seis años adicionales a partir de 2013. Una opción
que, sin ser exactamente la propuesta original, podría
satisfacer, en parte, los propósitos de un mandato capaz
de prolongarse por más de veinte años.
Pero si desde el punto de vista jurídico las cosas parecen
bien claras, desde el político las perspectivas cambian,
aun cuando no favorablemente para el Gobierno. Así, tanto
en el caso de la Asamblea, como en la recogida de firmas o
en la modificación de la propuesta, al final ésta
tendrá que vérselas con la decisión de los
electores y nadie le garantiza al Presidente que pueda revertir
un criterio mayoritario que luego de las votaciones (en este
caso las del 2 de diciembre) suele contagiarse a los votantes,
tanto a aquellos originalmente a favor de la reforma, como
a los abstencionistas. Una tendencia que podría consolidarse
en un clima de incomodidad social en el cual todas las previsiones
indican que en los meses por venir las dificultades de desabastecimiento
se agravarán, provocando un alza de la tasa inflacionaria
más alta de todo el continente.
A esto habría que agregar el tema de las elecciones
para gobernadores y alcaldes, que deben celebrarse en octubre
del año próximo, un reto que, a la distancia, luce
como problemático para el Gobierno, que podría perder
la hegemonía del poder regional con el triunfo de la
oposición en algunos estados clave. De manera que ningunos
de los escenarios anteriores parece propicio para insistir
en una idea que ya parece una obsesión fatal.
La ruleta rusa de la Constituyente
Queda, entonces, la salida constituyente, la única constitucionalmente
aceptable a los fines de la perpetuación en el poder
y demás iniciativas abortadas el 2D. Jurídicamente
blindada en sus decisiones y conformada electoralmente por
iniciativa del Presidente, de la asamblea, de los concejos
municipales o del 15% de los electores, la Constituyente es,
en realidad, el único órgano en capacidad de transformar
el Estado.
Aquí el problema sigue siendo el mismo: las elecciones,
además, por supuesto de quién las convoque. Si,
por ejemplo, el convocante es un grupo de ciudadanos de oposición,
Chávez quedaría como la víctima llamada al
cadalso. Si el convocante es él, entonces, se confirmaría
la ya establecida idea de su insaciable apetito de poder.
Aquí el problema sigue siendo el mismo: las elecciones.
Al final todo depende de los votantes y si en un año
como el 2007, cuando las dificultades económicas no se
hicieron sentir con el peso que se espera para 2008, ¿por
qué razones podría Chávez recuperar los tres
millones de votos perdidos para conseguir su objetivo? Algunos
observadores advierten que si nos guiáramos por los resultados
del 2D Chávez saldría favorecido porque debido al
sistema de voto por circunscripciones regionales y tomando
en cuenta que el Presidente ganó en 15 de las 24, si
los del domingo pasado hubieran sido comicios para elegir
constituyente, otro hubiera sido el resultado.
De manera que la elección de la Constituyente, tal y
como la promueve el general Baduel, resulta un arma de doble
filo, tanto para la oposición como para el Gobierno.
Para la primera porque Chávez sigue siendo un adversario
temible, con todo el poder a su favor y podría voltearse
la tortilla. Para el Gobierno, porque de ganar la oposición
Chávez podría salir definitivamente del poder, luego
de sus reacciones infantiles e insólitas ante la derrota,
ofreciendo pasarle la cuenta a sus propios votantes. Y para
el país en general porque de producirse una suerte de
empate la situación podría estancarse, como ocurrió
en Bolivia y la crisis política sería de consecuencias
imprevisibles. Todo esto sin contar con las elecciones regionales,
de las cuales depender, en gran parte, el futuro de ambos
bandos en un país que luce fatigado de la diatriba y
sigue esperando que se les resuelvan los verdaderos problemas;
es decir, la inmensa deuda que ha acumulado Chávez en
nueve años de poder.