Al menos que se produzca uno de esos milagros políticos
con los que eventualmente nos sorprende la historia, el próximo
domingo 2 de diciembre -día del valiente San Eusebio
uno de los firmes defensores de la ortodoxia en la encrucijada
ideológica que sufre el cristianismo a lo largo del siglo
IV- se consumará la sentencia de muerte de las pseudo
democracias de Venezuela y Rusia. La primera, mediante un
proceso referendario para la aprobación de una propuesta
de reforma (anti) constitucional hecha a la medida de su autoritario
proponente, el presidente Hugo Chávez; la segunda, a
través de unas elecciones parlamentarias en las que el
partido del también autoritario mandatario Vladimir Putin,
terminará de arrasar con los dos partidos liberales de
corte occidental que quedan en el parlamento ruso.
Ambos comicios, además, se llevarán a cabo sin
testigos internacionales. En Venezuela, el CNE proclamó
que no había tiempo ya para invitar a observadores extranjeros;
mientras que en Rusia el Kremlin hizo todo lo posible para
que el principal guardián electoral europeo, la Organización
para la Seguridad y Cooperación en Europa suspendiera
la misión de observación de expertos extranjeros.
Aunque muchos cuestionen la naturaleza y las limitadas funciones
con las que cuentan las veedurías internacionales, su
importancia es innegable. Sin ellas, quedará más
en duda la legitimidad de los resultados de esos procesos
electorales y se dejará de contar con un actor que podría
mediar en posibles momentos de conflicto.
Pero de días horribilis para las democracias
es que derivan los días de esplendor y liberación
democrática. Como bien nos recuerda Simón Alberto
Consalvi en su más reciente libro (1957, el año
en que los venezolanos perdieron el miedo) tal fue el
caso en nuestra historia patria del 15-12-1957, cuando Marcos
Pérez Jiménez ganó con fraude el plebiscito
propuesto por él mismo para perpetuarse en el poder.
Ese "tercer golpe dentro del golpe", afirma Consalvi, marcó
el final de la dictadura.
Mteresa100@hotmail.com