Aún recuerdo con frescura los gritos de alborozo que
de niños pegábamos en Maracaibo cuando veíamos
a españoles o italianos, pasar caminando por el frente
de nuestras casas, jalando una carretilla que siempre tenía
un peculiar e imborrable chirrido, y gritando fuertemente
que afilaban cuchillos y tijeras. Los niños les gritábamos,
en son de broma mas no de xenofobia, ya que esto era desconocido
para las mentes infantiles de entonces: "Adiós, inmigrante
marchante". Para los niños de entonces, inmigrante llegó
a convertirse en un sinónimo de persona blanca, de hablar
extraño, de pobre que recorría las calles vendiendo
algo u ofreciendo algún servicio a domicilio. Nunca sentimos
que debíamos despreciarlos, tratarlos mal, porque ese
telegrama xenofóbico todavía no estaba recepcionado
en las mentes de los venezolanos de hace medio siglo atrás.
Maracaibo era abierta a todas estas nuevas personas que llegaban
por cantidades industriales, principalmente de España
e Italia. La razón de ello se debió, en parte, a
la "inmigración controlada" que propició la dictadura
de Pérez Jiménez. Ésta buscaba manos que trabajaran
en el campo. Sin embargo, la mayoría salía raudamente,
desde el Puerto de La Guaira, a donde llegaban de Europa en
buques viejísimos, hacia las ciudades más pobladas.
Mi mamá siempre hablaba bien de ellos, diciéndonos
que eran personas honestas y trabajadoras, que habían
pasado por una guerra terrible, por hambrunas espantosas y
merecían nuestra consideración. Quizás describía
un poco el sufrimiento propio que tenía en razón
de la dictadura de Pérez Jiménez. Sí, ésa
que exacerbó en el venezolano el deseo inaplazable de
buscar la libertad y la democracia, a como dé lugar y
en cualquier ocasión. Deseo este que hoy estamos reviviendo
en razón de la presente entropía social, causada
por la sola voluntad de unos pocos con los bolsillos llenos
del corrupto dinero petrolero, con el cual han tapado la boca
de algunos "aliados por ahora" y de muchos colaboracionistas
entaparados.
El caos sociopolítico, intencionalmente creado en Venezuela,
ha obligado a cientos de venezolanos a emigrar a España,
con la expectativa de recibir el mismo cobijo y receptividad
que los inmigrantes españoles recibieron de nuestros
padres y abuelos. Desgraciadamente, lo que oímos es patético
y absurdamente contradictorio. Los emigrantes se encuentran
con unos españoles llenos de ínfulas, con odio racial,
descorteses, y con manifiesta animadversión hacia el
venezolano y, en general, hacia el latinoamericano. Estoy
seguro de que muchos de estos seres olvidan que tienen algún
pariente (lejano o cercano; pero lo tienen) viviendo en Venezuela,
en donde hizo fortuna y encontró apoyo y amistad cuando
más los necesitaba; que llegó muerto de hambre a
esta gran nación, sin muda de ropa y con sólo esperanzas,
y así, sin preguntar de dónde venía, lo recibimos
con alegría y camaradería.
No acepto la xenofobia; y menos ésta que acabo de explanarles.
Mucho de este ánimo se debe, con absoluta seguridad,
a la imagen que el revocado y perdidoso y sus juntas de desgobierno
(la que está al aire libre y la que está a sombra),
dan al mundo: una Venezuela arrasada por el salvajismo del
siglo XIX. En parte, es por esta situación que debemos
luchar por una Venezuela democrática, moderna y sin clases.
Plata sobra. Hagamos como nuestros antecesores, que se libraron
de Pérez Jiménez y de otros más avezados.
Abogado/ romerromero@intercable.net.ve