MARÍA JOSÉ REY PALERMO
EL UNIVERSAL
La confrontación deportiva entendida como una guerra
simulada ha sido uno de los mayores capitales usados por la
política. De allí que un triunfo deportivo ha servido
para justificar ideales y métodos tanto de la derecha
como de la izquierda, la democracia o los totalitarismos.
El modelo de socialismo del siglo XXI del presidente Hugo
Chávez llega tarde a un malgastado uso del deporte como
propaganda política, que a pesar de ello todavía
rinde sus frutos. Los métodos y sus repercusiones, no
obstante, han evolucionado desde que Hitler echó mano
de los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 para confirmar
su teoría de la superioridad racial, y va más allá
del argumento esgrimido por Fidel Castro que legitima el modelo
cubano sobre el imperialismo.
Sin embargo, el principio básico sigue siendo el mismo.
Aprovechar la exposición mediática que brindan los
deportes como plataforma perfecta para la difusión de
ideas y certificación de procesos políticos.
El deporte de la Venezuela socialista que clama el presidente
Chávez transita la misma ruta del control del Estado
sobre la actividad y maneja los mismos criterios que dieron
éxito a la extinta Unión Soviética o que funcionan
en Cuba y China. Un desarrollo basado en el principio de la
masificación del deporte para el pueblo que permita captar
a los mejores talentos, que luego serán tutelados por
el Estado para capitalizar sus triunfos como propios.
La reforma constitucional propuesta por el Presidente no
delinea expresamente el método, pero la idea del Estado
como dueño absoluto de cualquier actividad que nace de
su inversión ya es suficiente patente.
Pero como para el desarrollo deportivo venezolano el camino
es más largo, y el fracaso en los últimos Juegos
Panamericanos lo demuestra, en la búsqueda inmediata
del reconocimiento mundial el modelo del presidente Chávez
apela a la organización de eventos deportivos de trascendencia.
La exacerbada cobertura y exposición mediática
que tienen los torneos deportivos de envergadura los convierten
en un importante factor de proyección internacional.
De allí que la Copa América, por ejemplo, organizada
en el país este año le brindó al presidente
Chávez un púlpito para contrarrestar su minada imagen
política.
El efecto de "buena prensa" conseguido en el torneo futbolístico
continental fue apreciado por el Gobierno Bolivariano, aunque
le falló el resultado deportivo en tanto que la selección
nacional de fútbol sólo superó la barrera de
la fase clasificatoria, que a pesar de ser la primera vez,
no constituía una proeza suficiente.
La fórmula quiere ser repetida rápidamente y la
maquinaría ya se ha puesto en marcha con la petición
de organizar los Juegos Panamericanos 2015, un Mundial de
Fútbol en categoría sub 17 o sub 20 o ser subsede
del próximo Clásico Mundial de Beisbol.
A la espera de que la inversión hecha en los entrenadores
cubanos rinda sus frutos, el modelo venezolano se apoya en
los logros inmediatos como forma para inflamar la vena nacionalista
y el sentido de identidad.
Por ello el gobierno de Chávez, contraviniendo las viejas
formas socialistas, donde el deporte profesional no existe,
ha tenido que echar mano de algunas figuras insignes del deporte
venezolano en su intención propagandística.
Así como el régimen castrista explotó los
logros de Javier Sotomayor, entre otros atletas cubanos, o
la Unión Soviética utilizó la imagen de sus
deportistas para reforzar la idea de éxito de su modelo
político o económico, Chávez se aprovecha de
su relación con Oswaldo Guillén, manager de los
Medias Blancas de Chicago en Grandes Ligas, por ejemplo, o
de los triunfos de la selección nacional de fútbol
como refuerzo de la idea de progreso.
También es una forma de ganar popularidad y no nadar
contra la corriente en un país donde el modelo capitalista
del deporte espectáculo está muy arraigado.
La receta, además, se le ha hecho necesaria en la medida
en que la función del deporte como conector de la política
interior de un país no ha dado sus frutos en cuanto a
la unificación social del pueblo. Esta es una tarea pendiente
pata el socialismo del siglo XXI.