"Lo más bello que hay es la muerte, cuando no hemos hecho nada malo"
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MARÍA GABRIELA MÉNDEZ
EL UNIVERSAL
Nadie que conozca a Rafaela Baroni puede ser indiferente
a ella. Su gesto como artista y como personaje indescifrable
es capaz de dejar a cualquiera en el limbo inequívoco
de la reflexión. Ella deja de ser alguien que simplemente
se conoce para convertirse en una presencia.
Eso fue justamente lo que le pasó a Sergio Chejfec,
el escritor argentino que luego de topar varias veces con
la obra de Baroni terminó por escribir un libro sobre
una de las figuras artísticas más importantes de
América: Baroni: el viaje (Alfaguara, 2007). El
libro -una novela, según el escritor pero también
un ensayo- tiende un velo de incertidumbre sobre lo verdadero
o lo falso. Pero sea cual sea el género del que se sirve
Chejfec, el texto revela su admiración por la obra y
por la artista, por ese personaje capaz de conjugar varios
oficios y vocaciones: tallista, sanadora, necrófila,
performancera, vidente.
Después de muchos años de haber conocido su trabajo
en el Museo de Arte Contemporáneo, la casualidad le fue
revelando pistas a Chejfec sobre aquel enigma que era -y es-
Rafaela Baroni. Pero el rapto ocurrió, definitivamente,
el día que la conoció, en su casa-taller-museo de
Betijoque, en Trujillo: "La visitamos, me quedé muy impresionado
por su personalidad y su entorno", cuenta.
Al día siguiente de esa visita, narra en el libro, tuvo
que llamarla por teléfono para comprarle una pieza de
la que había quedado prendado: La mujer en la cruz o,
como prefiere llamarla Rafaela, La mujer crucificada.
Se lee: "Ya había renunciado a alejar de mi pensamiento
la mujer en la cruz, eso me resultaba imposible; pero seguía
pensando en ella como los niños desean a los muñecos
que aman, con urgencia y veneración".
Cuando se le pregunta qué fue lo que le impactó
tanto de esa obra, dice: "Me impresiona de Baroni ese contraste
tan evidente entre economía de recursos técnicos
y elocuencia expresiva. Las obras de Baroni dicen más
de lo que está inscripto en ellas, porque por una serie
de razones, entre ellas el monotematismo de sus composiciones,
trascienden el eventual propósito original, digamos consciente,
y se convierten en algo más: establecen una artificiosidad
interior al sistema de la artista e inauguran sus propias
condiciones irónicas; ahí ya estamos en el terreno
de la incertidumbre, la mayor experiencia estética posible.
Y según mi criterio, es lo máximo que le podemos
pedir a un artista; y de hecho muy pocos son capaces de ofrecerlo".
Chejfec abunda en descripciones acerca de su experiencia y,
paralelamente, explora en las percepciones de una obra que
le impresiona por "ese contraste tan evidente entre economía
de recursos técnicos y elocuencia expresiva".
La gran excusa
Baroni cuenta que no puso peros cuando el escritor le propuso
escribir sobre ella: "Yo le dije que encantada de la vida.
Eso es divino, que la gente lo busque a uno". Ella estaba
ansiosa por ver el libro terminado y cuando se lo entregaron
confiesa que har´a un esfuerzo por leer este libro cerrado.
Así llama a los libros sin dibujos.
Por eso ella está haciendo su propio libro, uno abierto,
con texto arriba y dibujos abajo, que cuente su vida y la
de sus antepasados. Por eso lo ha titulado Antecedentes
de una niña que siempre quiso estar en el escenario.
Allí no ha incluido lo que ella llama sus martirios.
Por una razón muy práctica: "¿Qué hago
con contar lo malo si no me van a entender?".
"Tengo un libro completo en mi cabeza. Mi cabeza es un libro
abierto", dice, con la seguridad que caracteriza su verbo.
Y en realidad lo es. De otra manera no podría recitar
de memoria poemas larguísimos que improvisó muchos
años antes; narrar historias, contar chistes, componer
canciones.
Baroni, cuenta Chejfec, fue una preocupación central
cuando escribió la novela, una preocupación que
luego se volvió excusa. "Baroni fue la gran excusa para
escribir sobre Venezuela", cuenta el escritor, quien vivió
15 años en el país. "No creo haber traicionado a
Baroni por ello, y creo que es asignarle el lugar que le corresponde,
junto a tantos otros". Mientras, en otro momento y lugar,
Baroni responde: "Me siento feliz de que un argentino haya
hecho un libro sobre mí".
A sus casi 72 años, aunque "con el corazón de 15",
Baroni nos lleva de la mano -a través de la pluma de
Chejfec- por un recorrido paralelo a su vida y los espacios
temáticos de su casa. En el patio está su urna,
el vestido azul con el que recibirá a la muerte: "Quiero
ir vestida de ese color porque las otras veces que me he muerto
me han vestido así", cuenta.
Dentro del cajón, una talla hecha por ella la suple
mientras llega el momento (según sus cálculos aún
falta mucho). "Tiene movimientos en los dedos", dice Baroni
de la talla, "como si los estuviera separando de las manos.
Y si se queda un rato viéndola, se ve resollar". No es
extraño para el escritor, que ha sentido el alma de esas
figuras. Chejfec ve en los personajes de la artista una representación
de ella misma. "Son autorretratos con distintas asignaciones",
escribe. Ella vive en sus piezas.
Rafaela habla de la muerte con naturalidad, con conocimiento,
cabría decir: "Lo más bello que puede haber es la
muerte, cuando no tenemos nada que nos preocupe, cuando no
hemos hecho nada malo". Mientras habla de su vida, teje sin
mirar y sin agujas. No pierde el hilo. Parece un milagro cómo
va convirtiendo la materia en amuletos.
Autor de una docena de libros, Chejfec asegura que con Baroni:
un viaje le queda la satisfacción de haber aportado
realidad: "Nunca me había pasado con otro libro con tal
intensidad. La satisfacción de influir en la mirada de
los otros, dentro de lo que cabe. Es lo máximo a lo que
se puede aspirar". Por ahora, se va cumpliendo la profecía
de Baroni: "Libros sobre libros habrá sobre Rafaela Baroni,
no ahora, sino después".
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