CARLOS BLANCO
Psss, es contigo, empresario
La empresa privada en Venezuela está condenada a muerte.
No está fijado el plazo para la ejecución de la
sentencia, pero la condena está escrita. El momento será
variado, dependiendo de los empresarios, los ramos, los tiempos
y las necesidades políticas del régimen. Sólo
faltan los formalismos de la Asamblea Nacional, junto a la
comparsa del CNE y otros adminículos indispensables para
vestir al crimen de necesidad de Estado. Ya la propiedad privada
depende del arbitrio de Chávez, de un gobernador o de
un alcalde, cuando no de la turba bolivariana en trance de
confiscación revolucionaria; ahora se trata de producir
la ley igualadora, la que hará del miedo a la pérdida
de los bienes el signo de los tiempos.
La Propiedad
en Entredicho. La propiedad es un derecho
humano. El ser humano se constituye en un espacio, en un tiempo,
así como en el marco de unas relaciones sociales y de
unos bienes de los cuales es real o potencialmente propietario.
Alguien que no tiene nada, ni casa, ni espacio familiar, ni
hacienda para disfrutar, ni ahorros, ni ingresos que le permitan
adquirir bienes o servicios, ni posibilidades empresariales,
tampoco tiene capacidad de ejercer derechos ni de cumplir
deberes. Se convierte en un no-ciudadano, en una no-persona.
No tiene condiciones para pertenecer a la ciudad, a la polis.
El Gobierno condiciona la propiedad privada no a las leyes
sino a las necesidades del experimento de ingeniería
social que lleva a cabo. Así, los dueños de edificios,
de haciendas, de terrenos, de unas cuantas industrias, han
visto a la tribu practicar los juicios sumarísimos que
han concluido en la pérdida de sus propiedades. Inseguridad
jurídica que, sumada a la inseguridad personal, expresan
la ausencia de estado de derecho.
La propiedad privada se ha convertido en un derecho gelatinoso
como expresión de una necesidad básica del autoritarismo:
cuando no hay ley alguna que se respete, la única ley
es la del monarca, la del que manda. El resultado no es la
supresión total del derecho de propiedad, sino su conversión
en una concesión del César. Si necesita estatizar
la Cantv o La Electricidad de Caracas, aplicará guantes
de seda a Verizon y a AES porque estas empresas pueden promover
el embargo de bienes venezolanos en el exterior; si se trata
de tomarse el Teleférico o RCTV, lo hace a los trancazos
porque los de Ávila Mágica y los de 1BC son empresarios
venezolanos.
La propiedad privada pasó de ser un derecho inalienable,
con las solas limitaciones de la ley, a convertirse en una
gracia de Chávez. Así es en Cuba. Existe la falsa
creencia de que en el principado de Fidel no hay propiedad
privada; sí la hay, y va más allá de los cepillos
de dientes. Existe la propiedad de grandes transnacionales
y de empresarios revolucionarios que se han enriquecido a
borbotones, con una sola condición: el amo decide quién
puede y quién no.
El Golpe
de Estado. Chávez se propone un golpe
de Estado. El de 1992 lo intentó con los recursos que
disponía, el mando de un batallón de paracaidistas;
el de 2007 lo intenta con los recursos de los cuales dispone:
la presidencia de la República y el dominio total sobre
el Estado. En ambos casos el objetivo es subvertir la ley;
en este momento, subvertir la Constitución que se dio
en 1999.
La propuesta del régimen es llamar a los venezolanos
a convertirse en cómplices de la liquidación de
sus derechos, mediante un referendo aprobatorio, realizado
a marchas forzadas, para crear el estatuto jurídico que
consolide el autoritarismo militarista. Llamar en este momento,
no a los paracaidistas sino a los electores, a violar los
derechos ciudadanos, es tan golpe como aquél sangriento
de 1992. Hitler lo hacía con frecuencia.
La pregunta que surge es para qué el caudillo se empeña
en revestir de Constitución lo que ya, en buena medida,
hace. Hay varias razones. Necesita de la sastrería constitucional
un ropaje que le dé visos de legalidad a sus arbitrariedades
de déspota. Quiere darle instrumentos a todos los niveles
de su régimen para proceder a la liquidación de
los derechos económicos, políticos y sociales de
los ciudadanos. Pero, sobre todo, Chávez necesita decirles
a los empresarios que sólo podrán seguirlo siendo
si se someten a sus antojos.
Sin Futuro.Cuando
un empresario no sabe qué ocurrencia bolivariana lo asediará
al día siguiente tiene tres opciones: acomodarse con
el régimen; vender, preferiblemente a un aventajado revolucionario,
representado por un hermano, primo o cuñado; o, finalmente,
sumergirse, sacar apenas la nariz y vivir al día, hasta
que el cuerpo aguante o que la degollina pase.
Acomodarse a los deseos del régimen da inmensos beneficios
y es fácil, sólo exige incondicionalidad, la coima
respectiva, la degradación moral y la ávida acumulación
de renta porque no se sabe hasta cuándo dure la manguangua.
Desde luego, quienes así actúan no son empresarios
sino los parásitos que se enriquecen en los pliegues
del intestino grueso del sistema. No son productores de bienes
o servicios sino receptores de renta. Los otros, los que venden
sus empresas, son los que se han convencido que no tienen
futuro o ya han vivido por sí mismos o por sus padres
experiencias similares, y no las quieren repetir.
Por último, los que tratan de vadear el temporal. Saben
que el éxito de sus empresas no depende de la productividad,
de la dedicación de dueños y gerentes, del compromiso
social de la empresa, de la lealtad de trabajadores y administradores,
sino que todo depende de unos personajes, encabezados por
Chávez, que jamás han producido ni una torta de
casabe para vender, y que, como Chávez, siempre han vivido
del Estado venezolano o han sido personajes improductivos.
Cuando las incertidumbres del empresario no dependen del mercado,
de sus habilidades y destrezas, de su labor, sino de un personaje
que maneja al país como su hacienda, entonces la capacidad
de planificación empresarial se reduce a cero y el futuro
desaparece. Con el ocaso del futuro también se esfuma
la inversión.
Empresarios,
¡Temblad! No concibe este narrador la actitud
de desentendimiento, de acomodo o de pasar agachados de muchos
empresarios, a los cuales un justificado miedo los ha llevado
a la parálisis. Posiblemente es la ilusión de que
la guadaña pasará cerca pero, por probabilidades,
no les tocará. Vana ilusión. Cuando han perdido
la capacidad de decidir en sus empresas, cuando se les ha
instalado en el engranaje de su industria una viga que impide
el movimiento, cuando la inversión no depende de procesos
más o menos previsibles sino de un grupo de personas
que los quiere destruir, su destino dentro de este orden ya
está sellado. Son precadáveres institucionales que,
por casi-muertos, no advierten su desaparición. Si no
se suman a detener lo que viene, sólo aplazarán
su desaparición.
carlos.blanco@comcast.net