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Caracas, martes 21 de agosto, 2007  
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Asdrúbal Aguiar // El soldado reformador

No por azar habla de insurgencia imperialista y anuncia la compra de 5 mil fusiles

He dicho que la reforma constitucional es un clon o si se quiere una variante musical de la Constitución cubana de 1976.

Sus 33 artículos, que inciden -como lo reconoce el propio Presidente- sobre toda la ingeniería constitucional en vigor, acaban con la libre iniciativa económica y menguan a la propiedad privada, sujetándola al arbitrio del Estado y a los límites de la economía socialista planteada; le ponen término al sentimiento regional, vaciando de contenido a los Estados y Municipios a través de los cuales éste se expresa desde nuestro días inaugurales; y además, le montan un candado a la Fuerza Armada construida por Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, modelada como institución democrática por los hacedores de la República Civil a partir de 1958, para abrirle espacio a una milicia popular que es émulo de la cubana y nada distante de la iraquí. Nada menos.

En todo caso, al situar sus explicaciones y referirse al nacimiento antojadizo de tal milicia, el reformador tragó fuerte e hizo un amago de llantén para diluir el efecto traumático de su aviesa iniciativa.

Le dijo al país y a sus diputados que los componentes de la Fuerza Armada serían repartos administrativos de otra institución mejor preparada y adiestrada, dispuesta para la guerra de guerrillas y en fusión activa con el anhelo mayoritario del pueblo. Y confesó, dado este logro que da por descontado, que por encima de todo seguía siendo un soldado.

El reformador, ¡que duda cabe!, hubiese preferido conservar el uniforme para afirmar su condición de soldado de uniforme, que es eso y nada más.

Años ha, llegado el momento de su salida de la cárcel y dado de baja por golpista, insistió -sin éxito alguno- en la idea de traspasar las rejas portando la divisa militar. Hubo de conformarse con un liqui-liqui verde oliva, confeccionado por sus amigos de la izquierda para fingir ser lo que dejaba de ser por obra de su crimen constitucional: un soldado del Ejército de Libertades.

Más tarde, contraviniendo las reglas castrenses y en abuso de su poder como Jefe del Estado, decidió ceñirse el uniforme de Teniente Coronel para volver a fingir. Y lo sigue haciendo, pero ahora en conciencia y de modo premeditado.

Cada vez que busca cebarse en el ánimo de los Oficiales Generales y Almirantes o para apagar los rumores cuartelarios, los llama a discreción desde la acera del Oficial Superior subalterno que dejó de ser. Pero las más de las veces lo hace para llenarse el pecho de aire y así abusar del carácter pacífico del venezolano, amedrentándolo, inhibiéndolo para que no le contraríe en sus dictados, y montándose al efecto la boina roja de soldado "paracaidista".

Y es que la historia de este soldado, negada al arrojo personal y por hija de la frustración- ¡vaya Ud. a saber porqué!- y de la rabia -lo reveló el mismo Chávez en su discurso ante la Asamblea, al recordar su rabia de otrora- la hemos olvidado.

Nuestra dirigencia democrática no repara en la lógica elemental que acompaña a este soldado buchipluma. Cuando mueve una pieza de su estrategia sobre el tablero busca frenar las corrientes en contra, mostrando de seguidas los dientes y no los argumentos, apelando a los rugidos vacuos y anunciando guerras que solo existen en su imaginación.

No por azar, sin comenzar aún el debate sobre la reforma constitucional comunista que nos plantea ya habla de insurgencia imperialista, y anuncia la compra de 5.000 fusiles con mira telescópica.

Engaño tras engaño, genuflexión tras genuflexión, este soldado de uniforme, no lo olvidemos, logró colarse así por los subterráneos de la Fuerza que le diera todo -educación y alimentos- hasta montar una conspiración, traicionando a los suyos y escondiéndole a los suyos, incluso, la verdadera entidad de sus intenciones últimas.

Los oficiales y suboficiales, clases y tropa alistada participantes en la asonada del 4 de febrero de 1992 se fueron a la calle y usaron de sus armas contra sus compañeros por razones distintas y hasta sinrazones que nada tenían que ver con la instalación en el país de un régimen calcado sobre la experiencia del castro-comunismo; menos todavía con la entrega pacífica a La Habana, sin mediar un solo disparo, de nuestro suelo, de nuestras riquezas, y lo que es peor, del destino de nuestros hijos y de nuestros nietos.

Entre tanto, el soldado ahora reformador y Presidente esperaba entonces taimado sobre el monte de La Planicie, sin arriesgar el pellejo y sin sudar la gota gorda, llevando el uniforme con el que ahora nos amenaza cuando le viene en gana, para asustarnos: buche y pluma.

correoaustral@gmail.com

 



 
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