La importancia de lo inútil
La propuesta de nueva Constitución es desastrosa y la
que está vigente también lo es. Ambas son peores
que la de 1961, que, sin duda, necesitaba modernizarse, aunque
no a golpe de redoblantes. Chávez no ha necesitado ninguna
Constitución para hacer lo que le ha dado la gana; de
allí que sea una exageración, que confunde, afirmar
que sólo con la nueva vendrá lo duro. Ya se padece
lo que el caudillo quiere poner en blanco y negro. En este
sentido, la nueva es inútil. Pero, ¡alto ahí! No
es tan inútil en otro sentido: permite renovar el ropaje
de una revolución que ya deja ver debajo de los ajados
fustanes su arsenal de Kalashnikov, sus tacos de dinamita
y el tráfico internacional de dólares. Esa "inutilidad"
constitucional cumple funciones y de allí la pasión
reformadora que le ha entrado a Chávez.
La Constitución
de 1999. Es un sancocho. Incorporó el
tema de la descentralización, como reflejo del significado
que esa reforma adquirió en la sociedad venezolana desde
1989. También incorporó el tema de los derechos
humanos de una manera amplia. A estas alturas se sabe lo que
ha pasado. La descentralización ha muerto por estrangulamiento
bolivariano en manos de un régimen centralista y autoritario,
y de unas autoridades regionales y locales que, en su mayoría,
se han convertido en comparsa de su propio ajusticiamiento.
Los derechos humanos, por su lado, languidecen; basta ver
las cárceles, las matanzas en los barrios, el incremento
de los asesinatos, la inseguridad, los presos políticos,
los perseguidos, los tribunales sumisos, y la Fiscalía
inservible, salvo para perseguir opositores. Allí han
terminado todas las proclamas bolivarianas sobre el tema:
si usted es revolucionario, tiene todos los derechos; si usted
es "escuálido", su destino depende del asunto, el tema
y la voluntad del funcionario con el que tenga que vérselas.
Lo bueno que podría atribuirse a la actual Constitución,
no se cumple. Lo que sí está vigente es su contenido
autoritario, presidencialista, centralista, estatista, y militarista.
En su nombre se han cometido las tropelías que el país
conoce.
Clamar por su cumplimiento puede ser una manera de denunciar
su sistemática violación en cuanto a derechos y
garantías; pero, debe advertirse, es un arma de doble
filo, porque ésa Constitución consagra el presidencialismo
y el militarismo. Además, hay un problema serio. Colgarse
de esa Constitución como bandera después que la
disidencia democrática le negó su apoyo, puede ser
asimilado como una contradicción. Y lo es.
La Nueva
Constitución. También se puede incurrir
en un error de perspectiva al decir que con la nueva Constitución,
Chávez hará lo que le dé la gana, como si no
lo hiciera ya. Chávez hace lo que quiere sin ningún
asomo de vergüenza. Para tomarse los fundos agrícolas,
La Electricidad de Caracas o la Cantv, los edificios, el Teleférico,
los campos petroleros y otras propiedades, concesiones o derechos,
no ha necesitado ni la vieja ni la nueva. Sólo la Fuerza
Armada y policial, que es el disuasivo con que cuenta.
La nueva Constitución cumplirá, sin embargo, varias
funciones. La primera, es meter dentro de su articulado lo
que el régimen está haciendo de facto. Debe tenerse
presente que los regímenes autoritarios son muy cuidadosos
en eso de ponerle a cada fechoría un artículo constitucional,
y a todo desafuero, una ley. Así, le dan la hoja de parra
a los tribunales -que también controlan- para cubrir
las tropelías. Hitler, Mussolini, "Chapita" Trujillo
y Fujimori, tenían leyes para toda eventualidad.
La segunda función, es la de darle a los militares chavistas
y a algunos medios de comunicación timoratos la excusa
para su sumisión. Ya que la satrapía se comporta
conforme a la Constitución hecha a la medida, no hay
problema en aceptar sus decisiones que, con el nuevo texto,
ya no serán arbitrarias, sino constitucionales.
La tercera función, tal vez la más importante,
es proveer el barniz necesario para que ciertos gobiernos
puedan excusar su relación con Chávez sobre la base
del respeto al "deseo de los venezolanos" expresado en libérrimas
elecciones y en una nueva Constitución.
Un gobierno que no necesita un instrumento constitucional
para cometer sus iniquidades, sí lo necesita para poder
decir que sus medidas están conformes con las normas.
Los excesos e ilegalidades de hoy serán recubiertos por
el manto amnésico del instrumento.
La Reelección.
La reelección indefinida ni siquiera necesitaría
la reforma. Hay que recordar cómo Fujimori, que no podía
elegirse una tercera vez, hizo aprobar una Ley de Interpretación
Auténtica de la Constitución peruana, en 1996, que
le permitió concurrir a una reelección expresamente
prohibida. La Asamblea o el TSJ consagrarán cualquier
cosa que el autócrata necesite. Claro, es mejor si la
cuestión se zanja desde ahora, pero se violará lo
que haya que violar cuando sea necesario, mientras tenga fuerza
militar para imponerlo. Por ahora, parece tenerla.
El desafío
para la Oposición.Nadie parece discutir
dentro de la oposición la necesidad de rechazar el truco
constitucional que se aproxima. No hay ninguna voz que sostenga
que hay que aprobar unas propuestas y desechar otras. La unidad
es total en contra del contrabando. El problema es cómo.
¿Se participa en un referéndum o se llama a la abstención?
Tal es, otra vez, el dilema.
La situación es, por lo que se observa, absolutamente
desfavorable a cualquier llamado a la participación electoral.
Después de la experiencia del 3 de diciembre de 2006,
pareciera que las huestes abstencionistas aumentaron. Esto
no es ni bueno ni malo, sino una realidad.
Lo que se le plantea a la oposición es qué hacer
con este espíritu de abstención; si acompañarlo
o intentar revertirlo; en cualquiera de los dos casos, cómo
y para qué.
Sin embargo, es posible que haya otro enfoque, que es procurar
que se haga políticamente imposible el referéndum,
no por la vía del sabotaje, sino por la vía de confrontar
desde ahora el despropósito del monarca. No sólo
la oposición está en contra de los contenidos anunciados
para la nueva Constitución, sino que muchos chavistas
a los cuales el nuevo Napoleón corta las alas en sus
aspiraciones, también se oponen. En realidad, la propuesta
de Chávez, de aprobarse, es un golpe de Estado artero,
como ha dicho Teodoro Petkoff, que no sólo viola las
reglas de la democracia, sino las que él hizo aprobar.
No es descabellado pensar que el inmenso peso antipopular
y antidemocrático que porta la propuesta monárquica,
le impida levantar vuelo. Chávez dice que él convencerá
a los venezolanos (ya se sabe: plata y fraude), pero puede
no convencerlos. Así, podría plantearse como objetivo
derrotar este intento de golpe de Estado antes de que haya
ningún referéndum y el CNE le regale una nueva y
falsa victoria.