El concepto de Defensa Nacional ha evolucionado de un criterio
específicamente militar a una visión tan amplia
que envuelve la totalidad de la sociedad. La necesidad que
tiene el Estado de garantizar la seguridad de la Nación,
como consecuencia del surgimiento de amenazas creíbles
que ponen en riesgo la soberanía nacional y la vida de
los ciudadanos, ha ido progresivamente comprometiendo las
libertades individuales y el funcionamiento de los regímenes
democráticos, al tener que incrementarse un exagerado
control sobre la sociedad. Un buen ejemplo es Estados Unidos.
La posibilidad cierta de un atentado terrorista ha conducido
a incrementar la presencia de los organismos policiales y
ampliar sus atribuciones. Como es natural, las arbitrariedades
de los funcionarios ocurren todos los días. Esta realidad
obliga a revisar los necesarios equilibrios entre los poderes
públicos y el papel que deben jugar las organizaciones
militares y policiales, aun en países de gran tradición
democrática. Es un debate necesario.
En el caso de Venezuela, la situación es mucho más
grave. Una de las tesis fundamentales del régimen chavista
es la alianza cívico-militar. Esta se expresa, en la
práctica, con la presencia en altas funciones públicas
de un número no fácil de determinar de miembros
activos y retirados de la Fuerza Armada y, en teoría,
en el compromiso militante de sus miembros con los objetivos
de la revolución bolivariana. Esa es la razón por
la cual el general Raúl Baduel, ex ministro de la Defensa,
se sintió en el derecho de criticar públicamente
algunos aspectos de la orientación filosófica del
proceso revolucionario, aunque sin rubor se declaró marxista-leninista.
Es verdad que Baduel fue parte de la conspiración militar
que fracasó el 4 de febrero de 1992, pero es imposible
imaginarse que sus observaciones al socialismo real surgieron
en su mente en el momento de redactar el discurso, sin que
haya existido con anterioridad un amplio debate dentro de
los cuadros militares. No estoy seguro que el debate interno
se haya limitado a analizar el colapso histórico de los
socialismos reales, sin considerar otros aspectos, tales como
la permanencia de Fidel Castro en el poder por casi cincuenta
años, la tragedia del pueblo cubano y el fracaso de la
ideología socialista.
La alianza cívico-militar tiene otra consecuencia que
deben conocer las Fuerzas Armadas: sus miembros en actividad
son responsables de los aciertos y desaciertos del régimen
chavista. Esto ocurre, estén o no de acuerdo con la actuación
de Hugo Chávez ni con el socialismo del siglo XXI. Me
imagino que esta realidad debe producir alguna angustia
en la mente de muchos miembros activos de las Fuerzas Armadas.
Además, deben saber que el problema no sólo se limita
a la orientación filosófica del régimen, hecho
de por sí sumamente grave, ya que repetir un modelo históricamente
fracasado es un absurdo, sino a las delicadas predicciones
que muchos economistas han hecho del futuro nacional. Con
sólo analizar el balance de la deuda pública, 76.000
millones de dólares, uno tiene que darles la razón.
Me imagino que muchos de mis antiguos compañeros de
armas deben estar más que preocupados por el azaroso
futuro de PDVSA. Es un aspecto fundamental de la Seguridad
Nacional. En estos días leí un inteligente artículo
de Maruja Tarre, publicado en El Universal. Su título,
Semejanzas, me puso a temblar. Recordó los grandes desaciertos
que tuvo el general Suharto en la conducción de Indonesia.
Llegó al poder después de un golpe de Estado, prometiendo
acabar con la corrupción y el nepotismo. Hizo todo lo
contrario. Entre sus grandes desaciertos fue transformar la
empresa petrolera, Pertamina, en un "verdadero monstruo, antro
plagado de corrupción que extendía sus tentáculos
en todos los ámbitos económicos y sociales del país".
Suharto gobernó, de manera continua, treinta años.
Arruinó a Indonesia y destruyó a su industria petrolera.
Terminó su gobierno en medio de un estallido popular,
provocado por una inmensa crisis económica. PDVSA y Pertamina
cada día se parecen más. La ineficiencia y la corrupción
están por todas partes: analicen las denuncias de un
sacerdote honesto como es José Palmar y el escándalo
de los 800.000 dólares.
Un interesante ejercicio que les recomiendo a los miembros
de las Fuerzas Armadas, preocupados por el destino de Venezuela,
es estudiar, desprovisto de cualquier pasión política,
las estadísticas que de manera objetiva presenta la OPEP
mensualmente. Navegar por Internet es un buen instrumento
para conocer muchas verdades. El caso es que PDVSA sostiene
que la producción petrolera venezolana es superior a
tres millones de barriles diarios. La OPEP, por el contrario,
mantiene que en junio de este año la producción
venezolana sólo alcanzó a 2.365.000 barriles diarios.
La certeza de esta cifra la ratifica la Agencia Internacional
de Energía, afirmando, además, que Venezuela
sólo puede incrementar su producción, haciendo el
máximo esfuerzo, en 230.000 barriles diarios. Una verdadera
tragedia. El único responsable de tantos desaciertos
es Hugo Chávez. Provocó la huelga petrolera, al
violentar los principios de funcionamiento de PDVSA. Después,
despidió a veinte mil expertos petroleros. Las consecuencias
están a la vista.
ferochoa@cantv.net