En la Ética protestante y el espíritu del capitalismo
Max Weber señala que el capitalismo surge, en buena medida,
a partir de los valores promovidos por la Reforma Protestante
que inicia Martín Lutero y continúa Juan Calvino
dentro de un esquema aún más piadoso. De ese cuerpo
de valores el sociólogo alemán destaca el ascetismo,
es decir, la austeridad y moderación que caracterizan
la vida de esos grupos cristianos que se separan del catolicismo
y de todo el dispendio y boato que rodea a la alta jerarquía
eclesiástica liderada por el Vaticano. El ascetismo protestante
cuenta entre sus soportes clave con un arraigado principio
del trabajo y el ahorro, al igual que la inversión y
creación abundante de bienes materiales. El éxito
del esfuerzo humano en la producción de riqueza denota
un vínculo cercano con Dios, y constituye una señal
anticipada e inequívoca de la garantía del Paraíso,
una vez el Señor decidiese llamar a su lado a sus fieles
seguidores.
Prosperidad europea
Sobriedad, amor por el trabajo y esfuerzo permanente constituyen
los pilares sobre los que se asienta la prosperidad de las
sociedades de Europa que acogen el credo protestante. Esos
principios también sirven de plataforma para que luego
surja y se expanda la economía de mercado, la Revolución
Industrial y la radical transformación que permite el
tránsito del feudalismo al capitalismo. Los primeros
capitalistas, por lo tanto, son hombres disciplinados, laboriosos
y frugales, con una profunda mística religiosa, que buscan
de forma consciente el éxito económico para asegurar
un nexo cercano con el Creador. La ética protestante
sienta las bases de instituciones firmes en las que predominan
la confianza, la estabilidad y la certidumbre. Con ellas surgen
sociedades donde se respetan la propiedad privada y los contratos,
se instaura el imperio de la norma, se reduce al mínimo
la discrecionalidad de los funcionarios y se consagra la igualdad
de los ciudadanos ante la Ley.
Si comparamos el puritanismo protestante del cual habla Weber
con la moral del socialismo del siglo XXI, habría que
concluir que los principios de los revolucionarios tropicales
son el reverso de los valores que mueven a los pioneros del
capitalismo. El signo de la revolución bolivariana, especialmente
durante el período que arranca con el aumento de los
precios del crudo en 2003, se sintetiza en el derroche obsceno
de los recursos petroleros. La ética socialista, al contrario
de la practicada por los fundadores del capitalismo, se basa
en el dispendio.
Sin control
En Venezuela existen varios presupuestos que se ejecutan
simultáneamente sin que ninguna institución del
Estado ejerza control sobre ellos. La Asamblea Nacional cumple
con la formalidad de aprobar un presupuesto bienal. Aparte
de éste existen los que ejecutan Pdvsa y el Fonden. Más
allá el que caprichosamente decide el Presidente de la
República. El desorden de las finanzas públicas
y el gasto indiscriminado en rubros sobre los que no existen
los mínimos controles, han determinado que las reservas
internacionales se hayan desplomado 33% desde finales del
año pasado hasta el presente. Este dato hay que combinarlo
con el hecho de que la deuda interna crece como una metástasis,
al punto que es casi de la misma magnitud que el pasivo externo.
La idea de la austeridad y el ahorro, tan apreciada por los
antiguos protestantes, no aparece en los registros de los
bolivarianos. Los recursos de los venezolanos van a aparar
en manos de Fidel Castro, Evo Morales, Daniel Ortega y compañía.
Todo lo contrario
En la esfera del trabajo, el esfuerzo sostenido, la inversión
y la creación de riqueza, el socialismo del siglo XXI
practica todo lo contrario de lo que hacían los viejos
protestantes. Chávez lleva el reparto populista hasta
el paroxismo. El régimen fomenta la consolidación
de la mentalidad antiempresarial y antilaboral. El Gobierno
diseña y aplica controles cada vez más asfixiantes
sobre la empresa privada. El trabajo aparece como una condena
bíblica peor que la registrada en las Sagradas Escrituras.
Todo lo que parezca éxito basado en la disciplina, los
méritos y el esfuerzo sostenido, es satanizado. Esta
visión tan perniciosa conduce al fracaso de las cooperativas,
las empresas de autogestión y cogestión, y a que
el nivel de productividad de la economía sea cada vez
más precario.
El socialismo del siglo XXI es la encarnación de la
ética de la destrucción institucional, la inestabilidad
económica y la incertidumbre política. Vamos retorno
a la barbarie.
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