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SIMÓN VILLAMIZAR
EL UNIVERSAL
Nada serio puede resultar cuando los jueces de un show televisivo como Latin American Idol responden sobre todo a criterios tan baladíes como los centímetros de bíceps que tiene Emiliano Roque, el candidato argentino. "¡Qué brazitos!", espetaría el miércoles pasado Mimí luego de que el chico interpretara el tema Y tú te vas, de Chayanne. Comentario que, escasos minutos después, sería machacado por Gustavo Sánchez, quien tal vez sin pensarlo demasiado llegó a asomar que lo único que tiene Roque es precisamente eso: su estampa y, por supuesto... ¡unos brazitos!
Una avalancha de preguntas es lo que viene entonces a la cabeza: ¿No fueron ellos mismos quienes incluyeron a "brazitos" Roque en la competencia? ¿Es que acaso alguien puede imaginar al ácido juez de American Idol, Simon Cowell, reprochándole a Lakisha que su váscula pega gritos cada vez que ella se sube? ¿Es que alguien lo escuchó decir a Taylor Hicks que sus sexys canitas eran lo mejor que podía ofrecer al público? ¿Alguien puede desmentir que Ruben Studdard ganó pese a que su figura no es precisamente la de un modelo de Calvin Klein?
Pocos en la audiencia deben dudar a estas alturas que Jon Secada, Mimí y Gustavo Sánchez tienen que responder necesariamente a un guión elaborado, a un patrón de ídolo específico dictado, es cierto, por los mensajes telefónicos que llegan a diario en apoyo a los concursantes, pero también de acuerdo con índices de rating y a los estereotipos (tan superficiales) que se suelen manejar en la trastienda.
Y que nadie se llame a engaño: idéntico debe suceder con Simon, Randy Jackson y Paula Abdul. Después de todo se trata de un show televisivo cuyo objetivo es sumar puntos de rating.
Sólo que, a diferencia del trío de jueces latinoamericanos, Cowell y Jackson -no así la exquisitamente divertida y siempre tan subjetiva Abdul- poco se detienen en contemplaciones físicas y van directo a lo que importa: guiar al público en cuanto a quién debe salir y quién no de la competencia. Con trucos mediáticos o no, al final el público siempre se queda entonces con la impresión de tener en sus manos la última palabra.
No es esto lo que ocurre, sin embargo con Latin American Idol. Ante el dudoso trabajo de Secada y compañía, no es complicado predecir lo que puede suceder en un show que se torna cada vez más aburrido y predecible: a la venezolana Silvia De Freitas sólo la pueden salvar millones de mensajes telefónicos, mientras que el argentino Juan Pablo Villacorta debe salir más rápido que tarde debido a su ausencia de.... ¡brazitos!.
Simon Cowell genera odios en la audiencia, sí, pero sus corrosivos comentarios -la mayoría de las veces tan acertados y ajustados a lo que se espera de un aspirante a ídolo- generan carcajadas y no bostezos.
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