En Arusha, al norte de Tanzania, funciona el Tribunal Criminal
Internacional de la ONU sobre Rwanda. Salvo excepciones, es
posible asistir a las audiencias, no sin antes pasar por un
meticuloso procedimiento de seguridad. ¿Están juzgando
a los responsables del genocidio de 1994? Sí. ¿Trece
años después? La respuesta de quienes nos atienden
aquí tiene varias aristas, desde las dificultades para
definir una sede neutral, la carencia de un edificio apropiado
(y su construcción), el tiempo que tomó capturar
a los sospechosos, y el interminable desfile de testigos.
Mientras en el Congo y Nigeria habitan un número entre
250 y 300 tribus, en Rwanda sólo existe un grupo étnico,
los Banyarwanda, dividido en tres castas: los propietarios
de ganado (la aristocracia Tutsi, 14%), los campesinos (Hutus,
85%) y los sirvientes (Twa, 1%). No existen fuentes escritas
en relación con el origen de esta división. En 1959,
Bélgica decide promover una revuelta de los vasallos
Hutus para aplacar los apetitos de independencia de la clase
dominante Tutsi, provocando así el primer genocidio en
la región (decenas de miles de muertos). Los Hutus toman
el poder, los Tutsis huyen hacia las montañas y buscan
apoyo en países vecinos (Uganda). Desde entonces prevaleció
una lógica israelí-palestina: Incapacidad para reconciliar
los intereses de dos grupos sociales que exigen el derecho
a ocupar una tierra muy pequeña como para acomodarlos
a los dos. La situación es aprovechada por una logia
militar para apropiarse del poder. El conflicto de clases
se transforma en una lucha sangrienta entre tiranía y
democracia.
A comienzos de 1994 un grupo de intelectuales Hutus empieza
a armar la filosofía de la solución única,
la solución final. Los mensajes de instigación al
odio y muerte al enemigo son transmitidos por los medios oficiales,
en especial a través de la radio (Radio Mi- lle Collines).
Resultado: Más de 800.000 víctimas en sólo
cuatro meses. A diferencia de otros genocidios más publicitados,
el de Rwanda no fue ejecutado por una policía secreta
sofisticada; sino por la propia población (en su mayoría
analfabeta) utilizando martillos, machetes, palos y flechas.
Tras una hora de espera decidimos tomar un café en un
pequeño tarantín en la acera de enfrente. Para pasar
el rato, le buscamos conversación al propietario. "Todos
los que trabajan ahí enfrente son unos vagabundos, mantienen
el tribunal funcionando porque reciben dinero de la ONU con
el que viven cómodamente. Aquí tenemos problemas
mucho más graves, aquí no hay nada que comer, Rwanda
fue muy triste, ¡pero fue hace más de trece años!".
De ahí en adelante ya no se detendrá: "Mire, África
lo que necesita es una nueva generación de políticos
que se dedique a trabajar por el desarrollo de la región,
y no por mantenerse en el poder perpetuando la pobreza y la
miseria". Una hora después volvemos a cruzar la calle,
nos informan que ya no será posible asistir a la audiencia,
el jurado ha decidido que la de hoy no será abierta al
público.
Detrás de esas paredes están juzgando a quienes
instigaron un genocidio que cobró más de 800.000
vidas, y trece años después todavía están
aquí. ¿Qué cabe esperar para otros crímenes
menos evidentes?
miguel.santos@iesa.edu.ve