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Caracas, viernes 03 de agosto, 2007  
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Miguel Ángel Santos // El Tribunal Criminal Internacional

El conflicto de clases se vuelve una lucha sangrienta entre tiranía y democracia

En Arusha, al norte de Tanzania, funciona el Tribunal Criminal Internacional de la ONU sobre Rwanda. Salvo excepciones, es posible asistir a las audiencias, no sin antes pasar por un meticuloso procedimiento de seguridad. ¿Están juzgando a los responsables del genocidio de 1994? Sí. ¿Trece años después? La respuesta de quienes nos atienden aquí tiene varias aristas, desde las dificultades para definir una sede neutral, la carencia de un edificio apropiado (y su construcción), el tiempo que tomó capturar a los sospechosos, y el interminable desfile de testigos.

Mientras en el Congo y Nigeria habitan un número entre 250 y 300 tribus, en Rwanda sólo existe un grupo étnico, los Banyarwanda, dividido en tres castas: los propietarios de ganado (la aristocracia Tutsi, 14%), los campesinos (Hutus, 85%) y los sirvientes (Twa, 1%). No existen fuentes escritas en relación con el origen de esta división. En 1959, Bélgica decide promover una revuelta de los vasallos Hutus para aplacar los apetitos de independencia de la clase dominante Tutsi, provocando así el primer genocidio en la región (decenas de miles de muertos). Los Hutus toman el poder, los Tutsis huyen hacia las montañas y buscan apoyo en países vecinos (Uganda). Desde entonces prevaleció una lógica israelí-palestina: Incapacidad para reconciliar los intereses de dos grupos sociales que exigen el derecho a ocupar una tierra muy pequeña como para acomodarlos a los dos. La situación es aprovechada por una logia militar para apropiarse del poder. El conflicto de clases se transforma en una lucha sangrienta entre tiranía y democracia.

A comienzos de 1994 un grupo de intelectuales Hutus empieza a armar la filosofía de la solución única, la solución final. Los mensajes de instigación al odio y muerte al enemigo son transmitidos por los medios oficiales, en especial a través de la radio (Radio Mi- lle Collines). Resultado: Más de 800.000 víctimas en sólo cuatro meses. A diferencia de otros genocidios más publicitados, el de Rwanda no fue ejecutado por una policía secreta sofisticada; sino por la propia población (en su mayoría analfabeta) utilizando martillos, machetes, palos y flechas.

Tras una hora de espera decidimos tomar un café en un pequeño tarantín en la acera de enfrente. Para pasar el rato, le buscamos conversación al propietario. "Todos los que trabajan ahí enfrente son unos vagabundos, mantienen el tribunal funcionando porque reciben dinero de la ONU con el que viven cómodamente. Aquí tenemos problemas mucho más graves, aquí no hay nada que comer, Rwanda fue muy triste, ¡pero fue hace más de trece años!". De ahí en adelante ya no se detendrá: "Mire, África lo que necesita es una nueva generación de políticos que se dedique a trabajar por el desarrollo de la región, y no por mantenerse en el poder perpetuando la pobreza y la miseria". Una hora después volvemos a cruzar la calle, nos informan que ya no será posible asistir a la audiencia, el jurado ha decidido que la de hoy no será abierta al público.

Detrás de esas paredes están juzgando a quienes instigaron un genocidio que cobró más de 800.000 vidas, y trece años después todavía están aquí. ¿Qué cabe esperar para otros crímenes menos evidentes?

miguel.santos@iesa.edu.ve



 
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