Luego de la Segunda Guerra Mundial, General Motors, Standart
Oil y Firestone compraron secretamente los sistemas de autobús
y trolebús de Estados Unidos. Ello con el fin de sacarlos
de funcionamiento y eliminar la competencia al automóvil.
A esto se le uniría la construcción masiva de autopistas
en ese país a partir de 1956 y la implantación de
los suburbios como espacio natural de habitación de su
clase media. El vehículo individual se consolidó
así como opción insustituible de transporte. Por
esta vía el crecimiento porcentual del parque automotor
estadounidense entre 1969 y 1995, resultó seis veces
mayor al de la propia población mundial.
Hoy día, Estados Unidos dispone de 204 millones de automóviles,
cantidad que equivale al 37 por ciento del total de automóviles
en el mundo. Sin embargo, el automóvil es sólo una
de las ilimitadas manifestaciones del consumo estadounidense.
El norteamericano es un sistema económico diseñado
para propiciar el consumo en todas sus manifestaciones y a
todo nivel. No en balde, las dos terceras partes de la actividad
económica doméstica del país giran en torno
a éste. El resultado está a la vista. Con sólo
5% de la población del mundo, Estados Unidos es responsable
del 25% de la contaminación planetaria. (Alfredo Toro
Hardy, Hegemonía e Imperio, Bogotá, 2007).
Pero el problema no es sólo la impronta ambiental norteamericana,
sino la naturaleza contagiosa de su modelo de vida. Cada sociedad
desarrollada del globo se vuelve cada vez más como Estados
Unidos y cada economía emergente aspira a alcanzar sus
patrones de vida. El culto al consumo se ha transformado en
la auténtica infección contagiosa de nuestros tiempos.
El caso más evidente es China, que busca reconstruirse
a imagen de ese país. Ello dentro de un contexto muy
especial. Cuando Gran Bretaña y Estados Unidos se industrializaron
en el siglo XIX, les tomó cincuenta años duplicar
el ingreso real por cabeza. China acaba de alcanzar el mismo
resultado en sólo nueve años. Esta nación,
que consumía 9% de la energía mundial a comienzos
de década, consumirá 20% en 2010. Un aumento porcentual
de 11 puntos en menos de diez años. China sigue los pasos
de Estados Unidos, sólo que de manera exponencial. Desde
comienzos de los noventa comenzó a construir su propio
sistema de autopistas, a sabiendas de que ello le representó
a las compañías productoras bienes y servicios norteamericanas
un ahorro de un millón de millones de dólares. Si
las tasas actuales de consumo chinas se multiplican por sus
niveles de crecimiento poblacional, para el 2031 ese país
dispondrá de 1,1 millardos de automóviles, cifra
superior a la totalidad del parque automotor actual del mundo,
el cual alcanza a 800 millones de vehículos. Por lo demás,
en 2006 China añadió 102 gigawatts a su capacidad
de generación eléctrica, lo cual resulta el doble
de la capacidad total de la que dispone California.
Todos los años China añade una capacidad de generación
eléctrica mayor que la totalidad de la capacidad disponible
en el Reino Unido. No en balde, este año China pasó
a Estados Unidos como mayor contaminador del planeta.
altohar@hotmail.com