Vladimir Viloria
Los mundos del vino
Ciclópeo e inabarcable es el contexto global donde hoy
se desenvuelve la producción y el negocio de vino. Miles
de millones de botellas, de todos los orígenes, se etiquetan
y se comercializan en rincones impensables en todo el mundo.
Para el consumidor contemporáneo, recién iniciado
o veterano, el dinamismo del mercado y la calidad de lo que
se produce, es rico pasto para buscar y alimentarse de referencias,
única manera posible de aprender y ganar en experiencia.
Dos son los puntos de vista, grosso modo, desde donde hoy
se puede mirar el tema. La vasta experiencia del llamado Viejo
Mundo -dueño de casi todo el mercado global-, enclave
de la industria representado por Europa, específicamente
encarnada por países como Francia, Italia, España,
Portugal, Alemania, Suiza, Grecia, Hungría, entre otros,
y el Nuevo Mundo, representado por Australia, Estados Unidos,
Suráfrica, Nueva Zelanda, Argentina, Chile, Uruguay o
México.
El Nuevo Mundo centra su propuesta por la búsqueda de
la mejor fruta posible, sea cual sea la expresión del
vidueño trabajado, de acuerdo a las condiciones ecológicas
determinadas del origen, donde las particularidades de suelo
y clima de un pago específico apenas desde hace poco
son tomadas en cuenta como argumento central del producto.
Sabida es la calidad del sauvignon blanc neozelandés
o chileno, del syrah autraliano, el pinot noir de Oregón,
el cabernet sauvignon californiano o el malbec argentino.
Las condiciones de estos países tomados a manera de ejemplo,
son muy buenas, pero la definición del terroir todavía
es precaria. Hábiles y creativos enólogos y alta
tecnología para la vinificación y la crianza, han
hecho posible resultados más que valederos en estas nuevas
geografías vitivinícolas.
El Viejo Mundo, por su parte, aunque remozado por las nuevas
tendencias del mercado, no ceja en su gran argumento: la noción
de denominación de origen D. O. C., y más aún
y en el mejor de los casos en la trascendencia de la identidad
y alta expresión del codiciado terroir, minúsculas
extensiones de tierra de hasta menos de una hectárea,
suma de suelo, microclima y hombre -vinos cosechados en precisos
pagos de Borgoña, Alsacia, Mosela o Tokaji, pudieran
ser buenos ejemplos de esta comprensión- capaces de dar
caldos de características, complejidad e identidad únicas,
inimitables, sencillamente irrepetibles. Cuando el Nuevo Mundo
trata de darles identidad a sus vinos nombrándolos con
el tipo de uva con que están elaborados y el difuso lugar
donde los produce, como Valle Central en Chile, Napa y Sonoma
en EEUU, South Eastern en Australia -extensiones de tierra
enormes impensables para viñador en Europa- el Viejo
Mundo los identifica resaltando su origen: Barbaresco, Douro,
Chablis, Chianti, Saint-Emilion, Pauillac, Jumilla, Priorato,
Abruzzo. Dos miradas, dos opciones para escoger¿ ¡Salud!