El fútbol, así como la vida en general, tiene muchas
maneras de apreciarse. Desde una visión romántica,
el balompié es arte, poesía, sentimiento que se
refleja en la cancha y trasciende a los espectadores.
Pero no solo es eso, el fútbol, en su concepción
más pragmática es una competencia, con un ganador
y un perdedor, donde triunfa el que más goles meta. Y
para la consecución de ese objetivo hay distintas maneras
de llegar, estilos, que suelen caracterizar a cada equipo.
Por ejemplo, Brasil se hizo famoso por el llamado "jogo bonito",
gracias sobre todo a lo hecho en la década de los 70,
con Pelé como líder del equipo auriverde.
Esa manera de jugar no es más que un estilo estéticamente
agradable que además era efectivo y que enaltecía
esa visión "romántica" del fútbol, gracias
al talento de sus jugadores. Desde entonces y gracias a sus
títulos mundiales, a los amazónicos siempre se le
pide más que a los otros equipos. No se le permite ganar
sin jugar bonito, pues se considera una ofensa a lo que era
su estilo.
En esta Copa América, así llegó Brasil a la
final, apostando al resultado sobre todas las cosas, con un
fútbol muy lejano a lo bonito. Dunga no tenía entre
sus convocados el talento que permitiera además de ganar,
dar baile y complacer a la afición. No hay que olvidar
que los amazónicos vinieron al país con un equipo
"B". Es la verdad, así les duela a algunos.
Argentina, en cambio, llegó al choque decisivo luego
de regalar durante las fases previas del torneo ese juego
que gusta a las gradas. Ellos sí tenían el talento
para apostar a eso y renunciar a ello sería ir en contra
de la propia esencia de prácticamente cada uno de sus
jugadores.
Ya en la final, y mucho más entre estos dos equipos,
importa poco lo hecho para llegar ahí. Solo hay referencias
que sirven para decir este equipo ha jugado mejor y este peor.
Pero suelen servir muy poco esas referencias para dar un pronóstico
acertado en este tipo de juegos, porque no siempre en el fútbol
dos más dos son cuatro. De ahí que sea tan emocionante
este deporte. No obstante, siempre nos aventuramos - porque
forma parte de esa recreación extra que se celebra más
allá de las canchas- y jugamos a ser Nostradamus. "Argentina
golea", "Ganan en un juego cerrado", "2-0 gana la albiceleste",
era lo que más se escuchaba.
Argentina se había ganado ese derecho, pero finalmente,
muchos más son los quedan mal con sus pronósticos,
que los que aciertan. Eso sí, todos disfrutan del momento.
Volviendo al juego ¿Qué hizo mejor Brasil para
ganar la Copa? Dunga supo lo que tenía a su disposición
y lo aprovechó al máximo. Su mediocampo, prácticamente
compuesto por jugadores más ganados a la destrucción
que a la construcción; lo utilizó para ahogar a
su rival en el sector medular, aprovechando uno de los pocos
puntos débiles que tenía Argentina: la velocidad
en esa zona de creación, donde destacaban por su visión
más no por su rapidez, Juan Román Riquelme, Juan
Sebastián Verón y Esteban Cambiasso. Cortaron así
un circuito que había funcionado casi a la perfección
hasta ese encuentro. Pocos balones recibieron en ataque
Messí y Tevez de parte de Riquelme o Verón.
Ahí estuvo la clave.
Y Brasil, con todo el peso de su historia, aspecto que no
es tangible pero que siempre cuenta, no era un mal equipo
como hacían ver algunos y explotó con todas las
armas que tenía. La velocidad de sus laterales y la garra
en el mediocampo y la defensa. Así, en un parpadeo, ya
Baptista había marcado el primero. Y luego, un
autogol de Roberto Ayala que fue una sentencia definitiva.
Argentina pudo empatar pero no lo hizo y de ahí en adelante
Brasil siempre fue más en todos los aspectos. Desnudó
las debilidades del mejor equipo hasta ese momento y mostró
una cara nunca vista hasta el día definitivo. Entonces,
¿es o no un justo campeón el equipo de Dunga?