La Educación (del latín "educare"), suele
definirse como el proceso bidireccional mediante el
cual se transmiten conocimientos, valores, costumbres y formas
de actuar. Esta bidireccionalidad se refiere a la presencia
de un emisor y un receptor, en tanto evento comunicativo,
los cuales intercambian roles en el desarrollo del proceso
que denominamos de enseñanza-aprendizaje. Si ampliamos
el concepto y lo liberamos de la linealidad que parece desprenderse
de su comprensión (ya que conservamos la línea única
como trayectoria para el mensaje que intercambian los entes
comunicantes), la Educación la percibiríamos realmente
en su espacio multipolar, multidireccional y multidimensional,
convertida en la gran operación del conocimiento, a través
de la cual éste se descubre con todas sus características
que son transmitidas casi desde el instante de su ocurrencia,
a los entes más apartados de la población. La energía
educativa así concebida es capaz de transmitirse y asimilarse
no sólo a través de la palabra, sino, lo más
importante desde el punto de vista personal y social, por
medio de acciones, sentimientos y actitudes. El proceso
de inculcación-asimilación cultural, moral y conductual
que supone la Educación la convierte en el camino que
nos otorga libertad, y una parte de ella, la instrucción,
procura el aprendizaje de los conocimientos que necesitamos
para cumplir una función social. Sin embargo, sin menoscabo
de sus grandes virtudes, parece que la Educación, hoy,
se orienta prioritariamente al estudio de contenidos que el
alumno debe aprender para luego demostrar, por medio de un
examen, lo que sabe, aunque sea memorísticamente. Sin
embargo, las investigaciones sobre políticas educativas
orientadas por evaluaciones estandarizadas, afirman que el
enseñar para ser examinado, es un gran fracaso educativo.
La Educación es un proceso evolutivo y constante que
va modificando la conducta del individuo a través de
conocimientos y experiencias que se adquieren de diversas
formas y medios, y esta puede ser formal e informal, consciente
e inconsciente. Al propio tiempo, constituye el proceso de
socialización formal de los individuos de una sociedad.
También se llama Educación al resultado de este
proceso, que se materializa en la serie de habilidades, conocimientos,
actitudes y valores adquiridos, produciendo cambios de carácter
social, intelectual, emocional, etc., en la persona que, dependiendo
del grado de concienciación, será para toda su vida
o por un periodo determinado, pasando a formar parte del recuerdo
en el último de los casos.
John Locke destacaba la necesidad de la intervención
del alumno para potenciar su aprecio por el estudio, en lugar
de ocupar el tiempo de administración de una clase en
la lectura y la lección magistral. Es en este contexto,
que la educación ambiental lamentablemente ha sido administrada
dentro de los mecanismos tradicionales concebidos por la educación
de aula, cuando su destino era el de ser administrada ambientalmente,
para evitar los males de la abstracción en la percepción
y comprensión de los fenómenos del hábitat
y sus circunstancias.
La educación ambiental había surgido en los años
setenta como una estrategia para enfrentar la crisis ambiental
que a su vez significa un reflejo de la crisis de la civilización
occidental. Es a partir de estos años cuando se empezó
a generar un estado de opinión crítica sobre el
futuro de la humanidad que contrastaba con el optimismo dominante
de las décadas anteriores. Por primera vez se consideró
a la educación como una exigencia colectiva ante la necesidad
de preservar el escenario de la vida (Sureda, 1990).
Las orientaciones fundamentales así como los principios
básicos de la educación ambiental a nivel mundial
se establecieron en la Conferencia Intergubernamental de Educación
Ambiental de Tbilisi (1977). En su Declaración final
destaca el enfoque global (holístico) que se da a la
educación ambiental, el carácter interdisciplinario
y las bases éticas a construir. Todos estos aspectos
orientados hacia la comunidad "fomentando el sentido de responsabilidad
de sus miembros, en un contexto de interdependencia entre
las comunidades nacionales y de solidaridad entre todo el
género humano" (UNESCO, 1980).
Algunos de sus principios elementales señalan la exigencia
de considerar al ambiente en su totalidad; de otorgar un amplio
reconocimiento a la vida; la trascendencia de promover un
cambio de valores y la necesidad del trabajo interdisciplinario.
En este movimiento intergubernamental sobresale una nueva
filosofía moral que busca establecer una nueva valoración
para la tierra, los animales y las plantas, donde además
se persiguen criterios morales acerca de las relaciones interpersonales,
culturales y sociales, en general, complementadas con una
nueva relación del ser humano con la naturaleza, sustituyendo
a la ideología de uso y dominación (Cañal,
1981).
Sin embargo, la Educación Ambiental se quedó atrás.
Esa manera de tratar a la Ecología como un conocimiento
contemplativo, descriptivo, propio de un espectador y no de
un real actor en el escenario, ha hecho que las variables
distorsionantes continúen actuando sin ningún tipo
de limitación. De alguna manera, la anomia y la ecualización,
han permitido que el ser humano vea el deterioro ambiental
como un espectáculo circense y no como realmente ocurre,
como una clara señal de advertencia ante lo inminente
que puede ser su afectación por aquél fenómeno
que cree lejano El reto actual, igual que hace más
de 30 años en la Conferencia de Tbilisi, sigue siendo
el cómo llevar los principios filosóficos y éticos
planteados a la práctica educativa. El trabajo y esfuerzo
generado por la UNESCO, se ha interpretado con una visión
de la educación ambiental reducida y simplificada, ejemplo
de ello son los programas cuyo propósito principal se
refiere a generar la sensibilización ciudadana; o los
que dan prioridad a la incorporación de contenidos ecológicos
o se dirigen a proporcionar una capacitación somera sobre
problemas puntuales y concretos. El resultado ha sido continuar
reproduciendo una visión fragmentada de la realidad,
ya que a menudo se dejan de lado los componentes sociales,
económicos, políticos y culturales del deterioro
ambiental. A su vez, se sigue basando el quehacer ambiental
en disciplinas aisladas, y sin contribuir a la generación
de un pensamiento crítico y responsable.
Como alternativa, además de reconocer esta situación,
se requiere volver a retomar los principios orientadores y
trascendentales de Tbilisi, a la par de buscar nuevas formas
de abordar la realidad desde los campos de las ciencias sociales
y naturales (incorporando el pensamiento complejo); reconocer
el papel de las culturas locales; el promover una pedagogía
de grandes alcances que implique una forma radicalmente
distinta de ver el mundo y de acoger otros saberes y concepciones;
y en impulsar nuevas formas de relación con la naturaleza.
josegerardoguarismaalvarez@gmail.com