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José Gerardo Guarisma Álvarez // Reto ambiental: educación vital

 La Educación (del latín "educare"), suele definirse como  el proceso bidireccional mediante el cual se transmiten conocimientos, valores, costumbres y formas de actuar. Esta bidireccionalidad se refiere a la presencia de un emisor y un receptor, en tanto evento comunicativo, los cuales intercambian roles en el desarrollo del proceso que denominamos de enseñanza-aprendizaje. Si ampliamos el concepto y lo liberamos de la linealidad que parece desprenderse de su comprensión (ya que conservamos la línea única como trayectoria para el mensaje que intercambian los entes comunicantes), la Educación la percibiríamos realmente en su espacio multipolar, multidireccional y multidimensional, convertida en la gran operación del conocimiento, a través de la cual éste se descubre con todas sus características que son transmitidas casi desde el instante de su ocurrencia, a los entes más apartados de la población. La energía educativa así concebida es capaz de transmitirse y asimilarse no sólo a través de la palabra, sino, lo más importante desde el punto de vista personal y social, por medio de acciones,  sentimientos y actitudes. El proceso de inculcación-asimilación cultural, moral y conductual que supone la Educación la convierte en el camino que nos otorga libertad, y una parte de ella, la instrucción, procura el  aprendizaje de los conocimientos que necesitamos para cumplir una función social. Sin embargo, sin menoscabo de sus grandes virtudes, parece que la Educación, hoy, se orienta prioritariamente al estudio de contenidos que el alumno debe aprender para luego demostrar, por medio de un examen, lo que sabe, aunque sea memorísticamente. Sin embargo, las investigaciones sobre políticas  educativas orientadas por evaluaciones estandarizadas, afirman que el  enseñar para ser examinado, es un gran fracaso educativo. La Educación es un proceso evolutivo y constante que va modificando la conducta del individuo a través de conocimientos y experiencias que se adquieren de diversas formas y medios, y esta puede ser formal e informal, consciente e inconsciente. Al propio tiempo, constituye el proceso de socialización formal de los individuos de una sociedad.

También se llama Educación al resultado de este proceso, que se materializa en la serie de habilidades, conocimientos, actitudes y valores adquiridos, produciendo cambios de carácter social, intelectual, emocional, etc., en la persona que, dependiendo del grado de concienciación, será para toda su vida o por un periodo determinado, pasando a formar parte del recuerdo en el último de los casos.

John Locke destacaba la necesidad  de la intervención del alumno para potenciar su aprecio por el estudio, en lugar de ocupar el tiempo de administración de una clase en la lectura y la lección magistral. Es en este contexto, que la educación ambiental lamentablemente ha sido administrada dentro de los mecanismos tradicionales concebidos por la educación de aula, cuando su destino era el de ser administrada ambientalmente, para evitar los males de la abstracción en la percepción y comprensión de los fenómenos del hábitat y sus circunstancias.

La educación ambiental había surgido en los años setenta como una estrategia para enfrentar la crisis ambiental que a su vez significa un reflejo de la crisis de la civilización occidental. Es a partir de estos años cuando se empezó a generar un estado de opinión crítica sobre el futuro de la humanidad que contrastaba con el optimismo dominante de las décadas anteriores. Por primera vez se consideró a la educación como una exigencia colectiva ante la necesidad de preservar el escenario de la vida (Sureda, 1990).

Las orientaciones fundamentales así como los principios básicos de la educación ambiental a nivel mundial se establecieron en la Conferencia Intergubernamental de Educación Ambiental de Tbilisi (1977). En su Declaración final destaca el enfoque global (holístico) que se da a la educación ambiental, el carácter interdisciplinario y las bases éticas a construir. Todos estos aspectos orientados hacia la comunidad "fomentando el sentido de responsabilidad de sus miembros, en un contexto de interdependencia entre las comunidades nacionales y de solidaridad entre todo el género humano" (UNESCO, 1980).

Algunos de sus principios elementales señalan la exigencia de considerar al ambiente en su totalidad; de otorgar un amplio reconocimiento a la vida; la trascendencia de promover un cambio de valores y la necesidad del trabajo interdisciplinario.

En este movimiento intergubernamental sobresale una nueva filosofía moral que busca establecer una nueva valoración para la tierra, los animales y las plantas, donde además se persiguen criterios morales acerca de las relaciones interpersonales, culturales y sociales, en general, complementadas con una nueva relación del ser humano con la naturaleza, sustituyendo a la ideología de uso y dominación (Cañal, 1981).

Sin embargo, la Educación Ambiental se quedó atrás. Esa manera de tratar a la Ecología como un conocimiento contemplativo, descriptivo, propio de un espectador y no de un real actor en el escenario, ha hecho que las variables distorsionantes continúen actuando sin ningún tipo de limitación. De alguna manera, la anomia y la ecualización, han permitido que el ser humano vea el deterioro ambiental como un espectáculo circense y no como realmente ocurre, como una clara señal de advertencia ante lo inminente que puede ser su afectación por aquél fenómeno que cree lejano  El reto actual, igual que hace más de 30 años en la Conferencia de Tbilisi, sigue siendo el cómo llevar los principios filosóficos y éticos planteados a la práctica educativa. El trabajo y esfuerzo generado por la UNESCO, se ha interpretado con una visión de la educación ambiental reducida y simplificada, ejemplo de ello son los programas cuyo propósito principal se refiere a generar la sensibilización ciudadana; o los que dan prioridad a la incorporación de contenidos ecológicos o se dirigen a proporcionar una capacitación somera sobre problemas puntuales y concretos. El resultado ha sido continuar reproduciendo una visión fragmentada de la realidad, ya que a menudo se dejan de lado los componentes sociales, económicos, políticos y culturales del deterioro ambiental. A su vez, se sigue basando el quehacer ambiental en disciplinas aisladas, y sin contribuir a la generación de un pensamiento crítico y responsable. 

Como alternativa, además de reconocer esta situación, se requiere volver a retomar los principios orientadores y trascendentales de Tbilisi, a la par de buscar nuevas formas de abordar la realidad desde los campos de las ciencias sociales y naturales (incorporando el pensamiento complejo); reconocer el papel de las culturas locales; el promover una pedagogía de grandes alcances  que implique una forma radicalmente distinta de ver el mundo y de acoger otros saberes y concepciones; y en impulsar nuevas formas de relación con la naturaleza.

josegerardoguarismaalvarez@gmail.com



 
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