"Las luchas estudiantiles que han marcado a la sociedad contaron con una formación política previa"
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ELÍAS PINO ITURRIETA
ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL
Resulta conmovedor que los jóvenes se echen a la calle
en defensa de la libertad de expresión, no en balde sus
conductas traslucen una genuinidad frente a la cual fracasan
las explicaciones torcidas del oficialismo sobre una orquesta
de fuerzas cuyo objeto es la liquidación del régimen.
La frescura de los muchachos, su virginidad desgarrada por
la arbitrariedad del presidente de la República, su coraje
sin prevenciones, concitan la admiración del resto de
la sociedad - padres de familia, amas de casa, personas del
servicio doméstico, gentes comunes del vecindario, oficinistas,
profesores metidos en la estrechez de sus aulas, televidentes
y radioescuchas candorosos¿ -hasta el punto de convertirse
en un ventarrón cuyo fuelle puede conmover a una muchedumbre
que viene esperando el momento de afirmarse frente al autoritarismo
chavista.
Sonamos las cornetas cuando pasan a nuestro lado las oleadas
de liceístas y de discípulos de las universidades
echando el resto por unos valores que no hemos defendido con
acierto. Nos vemos reflejados en su espejo, movidos por una
mezcla de admiración y envidia al comparar lo que están
haciendo con la carga de nuestras omisiones y con la vergüenza
de nuestra comodidad.
Todo nos invita a sentirlos como capitanes de una cruzada
que debimos emprender antes. Pero, mientras nos sumamos al
coro de las apologías, no alcanzamos a calcular los límites
de una conducta que apenas vive sus primeras horas.
A través de nuestra historia, los movimientos estudiantiles
han provocado mudanzas de entidad cuando forman parte de una
reacción que incumbe a otros sectores de la sociedad,
cuando se juntan con los intereses de grupos de índole
diversa o cuando sus protagonistas dejan de ser estudiantes.
Los ímpetus juveniles pueden extraviarse en la carrera
de los negocios públicos, no en balde debutan en un sendero
intrincado para cuyo tránsito no bastan las ganas sobradas.
La aspereza de la política convoca a unos viajantes más
avisados. ¿Cuándo se adquiere la pericia gracias
a la cual se sortean los valladares?
Más tarde, con el correr del tiempo, con el nacimiento
de escamas en el pellejo, pero entonces los muchachos ya son
otro fenómeno con relación a lo que eran en el calor
de las instituciones educativas. Ya dejaron de estudiar y
entraron a ganarse el pan sin el resguardo no pocas veces
complaciente del alma mater. Sin embargo, la actualidad venezolana
puede rechazar una reflexión de esta naturaleza sustentada
en pensamientos sobre el pasado. Unos rasgos realmente diversos,
si se comparan con otros anteriores, le dan una trascendencia
insólita a lo que viene sucediendo.
La novedad relativa
Parece que fuera de las asambleas universitarias no existen
influencias capaces de representar con propiedad al grueso
de una ciudadanía que ha participado con intermitencia
y no pocas veces con miedo y desgano frente a las conminaciones
del régimen.
De la mengua de los partidos políticos no se puede esperar
la aparición de una luz fulgurante. Las pasadas elecciones
no produjeron liderazgos indiscutibles para la oposición,
ni siquiera un imán capaz de atraer multitudes apreciables
durante un plazo prudencial. La última década ha
molido en su trapiche el prestigio de no pocas individualidades
que llamaban la atención por sus ejecutorias personales.
Unos recursos cada vez más menguados impiden el establecimiento
de organizaciones no gubernamentales, o simplemente planes
para fundar banderías de nuevo cuño. En consecuencia,
los estudiantes pasan a convertirse en fuerza primordial como
no fueron en épocas anteriores.
No sólo por el oxígeno que brota de sus pulmones
capaces de conmover una escena poblada por el desánimo,
sino también por las carencias de quienes la habitan.
Quizá unos cuantos puedan perfilarse ahora con legitimidad
como pioneros de la épica juvenil, pero sólo unos
pocos.
Un prólogo de experiencias democráticas igualmente
le concede rasgos de excepcionalidad a lo sucesos. Sólo
los estudiantes que insurgen contra la dictadura de Pérez
Jiménez pueden mirarse en un espejo que los remite a
una cohabitación ajustada a los preceptos republicanos
y a los beneficios del civilismo.
Sin embargo, apenas pueden detenerse en el apretado ejemplo
del trienio adeco, en los confines de los episodios que transcurren
agobiados por los debates entre 1945 y 1948.
Los aprendices de la generación universitaria del 28
no tienen de qué palo agarrarse cuando ejercitan la memoria
en la búsqueda de antecedentes para sus planes, pues
desde la segunda mitad del siglo XIX ni un solo candil ha
alumbrado los pasos del republicanismo liberal. Los bachilleres
de la esquina de San Francisco que se burlan de Guzmán
Blanco en un célebre acto cultural sucedido en 1885 y
en el año siguiente a través de El Yunque, un combativo
periódico de oposición, tampoco están en capacidad
de recordar momentos cercanos de convivencia civilizada y
pacífica.
Sólo en 2007 puede la juventud acudir a modelos próximos,
sentir cómo hubo hace poco un abanico de alternativas
de aprobación y negación del cual aprovecharon a
su manera los padres y los abuelos.
La mayoría de quienes estudian hoy en la universidad
se aclimataron en el seno del chavismo, en la caverna del
autoritarismo, pero encuentran acicate en la transmisión
de los episodios experimentados en la época de la democracia
representativa. ¿No fueron la obra de sus mayores? Detrás
de esos muchachos aguerridos y deslumbrantes está un
trío de generaciones que disfrutaron o disputaron mieles
democráticas, plataforma de la cual carecieron los antiguzmancistas
o los antigomecistas y apenas escanciaron los antiperezjimenistas.
La novedad rotunda
Pero ninguna de las generaciones antecedentes contó
con el soporte de la tecnología, con el auxilio del cosmopolitismo
o con la influencia de los medios modernos de comunicación
social. Los "yunqueros" soliviantados contra el Ilustre Americano
improvisaban cuartetas en un contorno de evidente aldeanismo.
Apenas los telegramas cifrados, los multígrafos rudimentarios
y el despliegue de octavillas acompañaban a radio bemba
en las luchas contra Juan Vicente y Marcos Evangelista. Ahora,
en cambio, el uso de herramientas como el correo electrónico,
los videos caseros, la multiplicación de imágenes
y la telefonía móvil, ofrece alternativas de intercambio
de ideas, organización de actividades y manejo de informaciones
inimaginables en el pasado reciente.
Los estudiantes de la actualidad están en capacidad
de preparar manifestaciones y renovar estrategias en un santiamén
sin la vigilancia del establecimiento, o con una autonomía
difícil de controlar. Una manifestación puede ser
una cosa y al rato otra, una consigna puede mudarse en cuestión
de segundos de acuerdo con los apremios, unas sorpresivas
imágenes pueden mudar el entendimiento de una determinada
realidad en términos contundentes, para poner en aprietos
a quienes los vigilan y les temen. Como tales recursos no
se limitan al espacio nacional debido a que también informan
sobre sucesos del extranjero o pueden remitirse a ellos en
medio de grandes facilidades, el panorama en el que pueden
desenvolverse parece infinito. Para complemento, a nadie escapa
cómo queda maniatado el régimen ante estas alternativas
de creatividad que ha querido exorcizar sin fortuna a través
de sus fatigados discursos contra la globalización.
La cercanía de los medios radioeléctricos debe
incluirse en el catálogo de las ayudas inapreciables.
Multiplica a los muchachos en su rol de protagonistas pero
también en espectadores de lo que van haciendo, oportunidad
de análisis y ventana de autocomplacencias susceptibles
de orientar el movimiento hacia metas de sorprendente profundidad.
Aunque también hacia el relumbrón del estrellato,
un riesgo que no se sortea fácilmente cuando el origen
de las protestas se relaciona con una planta televisora. La
cercanía de cámaras y micrófonos puede ser
peligrosa, así como la contigüidad de actrices y
comediantes, no porque sean perniciosos ni triviales esencialmente
sino porque pueden recortar las patas del movimiento.
¿Diferencia de metas?
Los "yunqueros" luchaban contra Guzmán y contra todo
lo que representaba el liberalismo amarillo. Los animadores
de la Semana del Estudiante querían al principio remozar
el ambiente universitario, pero no vacilaron en debutar contra
la tiranía en términos frontales. El propósito
de los estudiantes de 1958 fue el derrocamiento de la dictadura
militar. En cambio, los aparecidos de 2007 reducen su actividad
al campo de la libertad de expresión, o de la libertad
en general cuando se animan a mostrarse más atrevidos.
Según propia confesión, de momento se niegan a navegar
el mar proceloso que metió a sus antecesores en la historia.
No quieren aproximarse a la política ni contaminarse
en el trato con los políticos, un afán sanitario
que seguramente aumente su popularidad ante los ojos de un
pueblo descreído pero que puede desembocar en un infructuoso
aislamiento. El presentarse como luchadores sin mácula
ofrece un sugestivo trampolín, pero revela unas carencias
sobre las cuales conviene el siguiente comentario de cierre.
Las luchas estudiantiles que han marcado a la sociedad contaron
con una formación política previa o con una penetración
en los predios políticos que sucede inmediatamente después
del surgimiento de los fenómenos. De allí la consideración
de los "yunqueros" como un oasis en el desierto de los hombres
de presa. De allí el papel de arquitectos de la nación
ejercido por los ventiocheros luego de la muerte de Gómez.
De allí la importancia de los ucevistas convertidos en
voceros de los partidos y en sus fundadores o sus apóstatas
en los años sesentas del siglo pasado. La afición
por los textos doctrinarios, el debate sobre posturas ideológicas
y aún la expresión de interpretaciones de la realidad
redactadas en el silencio de los gabinetes, conforman el testimonio
de capítulos vitales para la evolución de la república.
Esa presencia no se advierte en las luchas madrugadoras del
siglo XXI, lo cual es una peculiaridad elocuente pero también
el anuncio de un vuelo sin mayores alientos.
Si a los muchachos de nuestros días les sobra el aire
vivificador, si cuentan con espectadores cautivos y entusiastas,
si exhíben neuronas que destacan por su diligencia, si
están llamados al crecimiento hasta la estatura de los
especímenes robustos, ¿por qué cortarse las
alas en los albores de la gesta, cuando apenas se atisba la
primavera?
eliaspinoitu@hotmail.com
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