"Ojalá Chávez sea el primer presidente en recibir
a Papi, Jesucristo hombre. El socialismo de hoy nos necesita
para poder alcanzar sus ideales. Todo lo que Simón Bolívar
buscó, se encuentra en lo que enseña José Luis
de Jesús Miranda". La crónica de Javier Pereira
sobre el culto Creciendo en gracia, en El Nacional,
no puede haber sido más esclarecedora. No sabemos quién
es el verdadero ungido, ¿Chávez o Papi, Jesucristo
hombre?, ¿quién está más inflado, más
poseído?, pero lo que sí nos queda claro es que
ambos están en el mismo negocio: explotar el dolor y
la carencia humana, la necesidad de creer, el ansia de ser
feliz. Tanto la revolución bolivariana como Creciendo
en gracia son dos extraordinarios ejemplos de la extraña
fuerza de lo irracional, del poder de atracción de lo
sectario, de los mecanismos de dependencia psicológica.
El socialismo del siglo XXI, sin embargo, luce mucho más
primitivo, más puritano y arcaico. Papi, a fin de cuentas,
se apiada del antiguo Jesucristo porque tenía que andar
en mula, no tenía Mercedes Benz ni reloj Cartier cubierto
de diamantes. Propone, además, la superación individual,
niega la necesidad de arrodillarnos ante el magnífico
y critica el comunismo.
El socialismo bolivariano, en cambio, nos remite a un colectivismo
más básico. Busca relevarnos de toda la carga pesada
de la consciencia y de la individualidad. Se preocupa porque
nadie exprese opiniones distintas a la verdad oficial y nos
evita la ardua labor crítica de tener que discernir entre
mensajes dispares. Se opone a la riqueza individual y convierte
al Estado en el gran papi que todo lo tiene y todo lo da:
vivienda, alimento, salud, dones por los cuales nosotros,
seres indefensos, fieles seguidores del gran líder, tenemos
que estar agradecidos. El objetivo final de convertir a todos
los habitantes de un país en mendigos dependientes del
Estado no obedece simplemente a la fe en la caridad como el
don más preciado, sino que la utopía de la felicidad
es injerencia y política de Estado.
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