GIULIANA CHIAPPE
EL UNIVERSAL
Un paquete de arroz, kilo y medio de carne, 10 plátanos,
10 papas, cuatro litros de refresco, 10 viandas de metal,
10 vasos plásticos, dos paquetes de cubiertos desechables,
varias servilletas, tres bolsas plásticas traslúcidas,
un marcador grueso. La solidaridad humana traspasa las rejas.
Y dos pares de manos, las de Altamira, de 66 años, y
las de Conchita, de 62.
En los tribunales de Maracay, un juicio ya lleva 120 audiencias.
Es el que se le sigue a ocho policías y tres comisarios
por los hechos ocurridos en la avenida Baralt el 11 de abril
de 2002. Los imputados, presos en Caracas, son trasladados
a Maracay tres veces por semana cerca de las ocho de la mañana
y hasta que no regresan a la capital, en ocasiones a las once
de la noche, el Gobierno no les suministra ningún tipo
de alimento.
Altamira Diamante y Conchita Villar lo hacen. Porque sí.
Porque se toparon con una necesidad humana y no quisieron
pecar por omisión. Porque en una de las primeras audiencias,
siendo simples espectadoras, vieron desvanecerse por falta
de comida al policía Luis Molina. Porque percibieron
que "esos muchachos", como les dicen, "pasan mucho trabajo,
están lejos de su familia y no hay quien los cuide".
Así que ambas, junto con dos amigas, Lilian Evans y Matilde
Amaro, decidieron darle de comer a los hambrientos.
"Nadie nos puso esta obligación, es algo que asumimos
nosotras hace un año y la vamos a cumplir hasta el final",
enfatiza Altamira, mientras cierra los bordes de una de las
viandas. Comenzaron cuatro y ahora se sumaron algunas amigas
más. Entre ellas se turnan: cada día una debe llevar
la comida de los ocho funcionarios y de dos de sus abogados,
quienes, adscritos a la Defensoría Pública, no cobran.
"Nosotras nos ocupamos de los policías, que están
solos y que, además, tienen el sueldo suspendido. A los
comisarios pocas veces les llevamos el almuerzo. Ellos tienen
a sus esposas y a sus hermanas, pero claro que si es necesario
también les llevamos a ellos".
No cobran por los almuerzos. Y tampoco nadie les financia
lo que hacen. De vez en cuando, algún amigo les da un
donativo para ayudarlas en la compra de los alimentos, pero
nada más. Son ellas quienes asumen casi todo el costo
de lo que hacen, en dinero, en tiempo, en voluntad. Y no han
fallado ni una sola vez en un centenar de audiencias.
Sin pérdida y sin falta
La rutina comienza antes de las nueve, cuando preparan los
insumos. Se rigen inflexiblemente por el reloj: "Salimos a
más tardar a las doce". La comida se deja en la entrada
del edificio, con los alguaciles responsables de registrar
a los visitantes. Con un marcador han escrito en las bolsas:
"PM". Suficiente identificativo para que lleguen a buen destino.
"Nunca se ha perdido ni un almuerzo. La comida llega completa.
Es que los alguaciles son nuestros amigos. Nos dicen que ellos
también son policías y que quien le pega a su familia
se arruina", comentan.
Las dos son de hablar y risa fácil. Prefieren preparar
los almuerzos en la casa de Conchita porque queda a pocas
cuadras del Palacio de Justicia, pues algunos mediodías,
cuando no tienen quién las lleve, deben caminar con los
paquetes de comida y los refrescos.
Se ayudan en todas las tareas de la misión que asumieron.
"Dale dos paletadas de arroz a cada una. Ya puse la carne",
son frases frecuentes que se intercambian en medio de comentarios
de amigos en común o algún acontecimiento ocurrido
en Maracay. Su mayor preocupación, dicen, es repartir
la comida equitativamente.
Entregan los almuerzos puntualmente pero no saben cuándo
los consumirán. Puede ser a las dos de la tarde si se
prevé una jornada larga con intermedio. O a las doce
y media cuando la audiencia se suspende por ausencia de testigos.
Pero también puede ser a las cinco de la tarde, cuando
todo se desarrolla de un tirón, sin recesos.
"Por eso les damos comidas que puedan comerse más frías.
Nos gustaría prepararles una buena sopa, porque sabemos
que el comisario (Henry) Vivas las extraña, pero no podemos
porque frías no caen bien y son difíciles de transportar",
dicen.
No tienen un menú fijo, sino más bien reglas que
la práctica les ha impuesto: comida sana, que se conserve
sin problemas y variada. Altamira cuenta que tratan de complacerlos.
"A veces les ponemos un dulcito. A uno de ellos no le gusta
el pollo, así que, cuando lo preparamos, buscamos ponerle
algo distinto. Los consentimos porque la están pasando
duro. Imagínate que los traen en unas jaulas descubiertas
desde Caracas y, cuando llueve, llegan todos emparamados".
Para Conchita, el tema de los reos políticos es especialmente
sensible. Son cubanos (con más de 30 años en Venezuela)
y su esposo, Jorge Pérez, fue preso político en
la isla. "Claro que allá es peor porque no se le puede
ni llevar comida", dice, guardándose muchos recuerdos.
Dos de sus tres hijas viven en Estados Unidos y la otra, en
Puerto Ordaz. Altamira es caraqueña, pero con 50 años
en Maracay, hijos, nietos y bisnieto. Las dos son expertas
en el arte de alimentar a familias numerosas pero, como ellas
mismas confiesan, "nunca nos imaginamos que daríamos
esta lucha".