HÉCTOR VIVAS
EL UNIVERSAL
La pasada temporada de Semana Santa gran cantidad de visitantes
desbordaron los cayos del Parque Nacional Morrocoy, en el
estado Falcón. La oferta de sol así como aguas transparentes
y tranquilas fue comprada por temporadistas de todo el país
tal y como se leía en los vidrios de los carros o simplemente
al escuchar el particular acento al hablar.
Tan alto número de personas genera cantidades de desperdicios
sólidos que contaminan el ecosistema terrestre y marino.
Por lo que obligatoriamente deben ser recogidos y llevados
a los rellenos sanitarios en tierra firme. La situación
sanitaria se complica ya que los cayos no cuentan con la infraestructura
necesaria para que las personas que los visitan, sobre todo
para los que pernoctan, puedan hacer sus necesidades con un
mínimo de comodidad y salubridad. De hecho en los cayos
Sombrero y Sal, por ejemplo, hay dos pozos sépticos de
uso público que, tras pagarse una módica suma, pueden
ser utilizados, pero igual resultan insuficientes para tantos
visitantes.
En tal sentido, el señor Armando González de visita
en Cayo Sal, proveniente de Caracas, comentó: "Este lugar
es realmente bonito pero cuando uno camina hacia la laguna
que está al centro del cayo el hedor hace irrespirable
el aire, y el paisaje se afea con tanto desecho fecal y papel
sanitario. Se le debe meter el pecho a los cayos para que
muestren una cara más limpia y se conserven para que
las futuras generaciones también las disfruten. Somos
privilegiados en nuestro país al tener playas así".
La queja se acrecienta porque es visible la gran cantidad
de basura que se ha aglomerado en las costas y manglares de
la zona norte de los cayos y que dan a mar abierto, pues como
es sabido el mar trae basura de otros puntos. Es frecuente
ver cauchos de carros, maderas, pero sobre todo envases plásticos
de refrescos y aditivos para ve- hículos. En este caso
es necesario hacer un plan completo de limpieza que vaya más
allá de la recolección de los desechos que producen
los visitantes.
Seguridad ante todo
Tucacas y Chichirivichi son las poblaciones que sirven de
entrada a los cayos del Parque Nacional, y el transporte desde
y hacia tierra firme lo realizan los lancheros agrupados y
censados por el Instituto Nacional de Parques (Inparques)
bajo la supervisión de la Guardia Nacional.
Asimismo, existen unas normas mínimas de seguridad que
no todos cumplen y que pueden ocasionar un percance con saldo
lamentable. Las infracciones más señaladas por los
usuarios es el insuficiente número o la total falta de
chalecos salvavidas, la sobrecarga de las embarcaciones cuando
el máximo permitido por la Capitanía de Puerto Cabello
es de ocho personas, el traslado de pasajeros después
de las horas permitidas y en menor escala, el sobreprecio
por los paseos, aun cuando en cada casilla de venta de tickets
está visible una lista de precios que van desde Bs 40.000
a cayo Muerto, pasando por los 50.000 que cuesta ir a Sal
o Peraza, hasta Bs 150.000 si es Sombrero el destino elegido.
La situación genera desconcierto, pues fue visible la
presencia de efectivos de la Guardia Nacional que estaban
destacados en los muelles de embarque. Sin embargo, la señora
Julia Cárdenas, oriunda del estado Táchira y que
hizo uso de las lanchas durante tres días, reclamó:
"Es inaudito que con tantos niños de pasajeros no tengan
salvavidas disponibles para todos o que en el peor de los
casos le digan a uno que se ponga uno todo roto, sólo
para que el guardia no los regañe al llegar al muelle".
Otro tanto sucede con aquellas embarcaciones particulares
que son ancladas prácticamente en la orilla, zona de
uso exclusivo para los bañistas, irrespetando de esta
manera las distancias mínimas permitidas que debe haber
para resguardar la seguridad de todos por igual. Además
de contaminar las playas con desechos de combustible vertidos
en las aguas.
Es necesario que las autoridades tomen cartas en el asunto
para evitar que continúe el deterioro de este Parque
Nacional.