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Y salimos a matar

¿Qué fuerzas impulsan a los maleantes nacidos en los sectores populares? Una investigación revela el perfil y los significados que manejan los asesinos. Los más jóvenes son los más peligrosos Por Oscar Medina

Los niños pistoleros viven al extremo, matan y roban sin respeto a nada ni a nadie porque saben que para ellos la vida siempre será corta (ARCHIVO)
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  DIARIO
domingo 1 de abril de 2007  12:00 AM

Se estrenó muy joven: "El hombre estaba de espalda, le tocamos la espalda, él se volteó y le dijimos que... ¿viste como te pescamos?; y le dimos dieciséis tiros".

Más balas que años de vida: Héctor tenía apenas 15 cuando se convirtió en asesino.

Dice que algo parecido a la conciencia no lo dejó dormir bien. Pero eso fue apenas un rato. En su memoria construida de escenas violentas quedó fijado un 6 de noviembre como el día de su primera vez. Para la segunda no esperó mucho: "¿el veintisiete de diciembre tuve otro, estábanos¿ varios muchachos en un sector que se llamaba... de La Vega, que es la capilla, este¿ ellos me habían dicho que si yo tenía problema con un fulano, entonces yo dije que sí, me dijo que estaba al frente, traqué la pistola, fui hacia él y... este... le dije unas palabras y le di nueve tiros en la cara".

Ya con el siguiente no hubo espacio para el remordimiento. Más bien lo contrario. "El tercer homicidio mío fue un chamo que me quería quitar una pistola". En la historia, contada de una manera confusa, intervienen un amigo y una mujer: "la jeva lo mando a matá". Héctor despachó al infortunado por ambas cosas: "por lo que nos quería hacer" y "porque la jeva estaba ostiná de él". Y se montó su propia película: "¿y la jeva pichó al marío y lo agarré y le di siete tiros en la cara; hasta fui al velorio (¿) Lo vi, le di el sentido pésame a uno y todo".

El cuarto era un cualquiera, "un chamo que era de Los Teques" y que "tuvo un problema con nosotros". Así: un problema. "Bajé, entonces le di un poco de tiros en la cabeza y a raíz de ahí, bueno, seguí, seguí teniendo homicidios...".

Héctor -no es su nombre verdadero, por supuesto- contó esto mientras estaba recluido en un centro del ahora desaparecido Instituto Nacional del Menor. Próximo a cumplir los 18 años, esperaba evadir la cárcel de los mayores presentándose como un muchacho con serias intenciones de reformarse. Pero su discurso delataba que difícilmente iba a poder adaptarse a otra "normalidad" que no fuera la de la delincuencia y los "problemas" que se resuelven a balazos.

Héctor le contó su vida a Mirla Pérez, trabajadora social que forma parte del Centro de Investigaciones Populares y su relato está recogido en un documento de alto impacto que intenta explicar qué diablos es lo que hay en las cabezas de los delincuentes venezolanos,analizando sus discursos y los significados que manejan a la hora de describir sus vivencias.

Ese trabajo, coordinado por el salesiano, psicólogo, doctor en Ciencias Sociales y profesor universitario Alejandro Moreno, se publicó este año (por la Universidad del Zulia) en dos tomos reunidos bajo un título escalofriante: "Y salimos a matar gente".

Así son
"Sobre la violencia en Venezuela se ha investigado mucho en términos cuantitativos. Pero nosotros nos preguntamos cómo es el delincuente asesino, el violento, la violencia llevada al extremo. ¿Cómo es el delincuente violento asesino popular venezolano? ¿Cuáles son las fuerzas internas que lo motivan y dirigen a este tipo de personas hacia ese tipo de conductas?". Eso, explica Moreno, lo hacen a través de las historias de vida de 15 homicidas criollos: "La persona está en su historia y al narrarla no nos interesan tanto los datos sino los significados que da a la realidad, incluso sin darse cuenta. Al narrar sus historias ellos nos están diciendo los significados que rigen su conducta". Bajo ese esquema de trabajo se reunieron los testimonios y se transcribieron en crudo, con todos los errores y todos los giros y vaivenes del relato oral y a partir de lo dicho por ellos, el equipo de investigación elaboró un completo perfil del delincuente que dibuja incluso cómo se diferencia el maleante viejo del joven impetuoso que sale a matar en estos tiempos.

"Aquí se caen muchos mitos. Y uno es que la pobreza no tiene nada que ver con la delincuencia. Es decir, tiene que ver en cuanto a que son pobres, pero no es por pobres por lo que delinquen. ¿Por qué lo hacen? Delinquen porque quieren sobresalir, quieren adquirir lo que ellos llaman respeto. Y respeto es imposición, miedo. Eso aplica para todos los delincuentes, pero los viejos lo consiguieron en su época de una manera y los nuevos de otra. A los nuevos no les interesa la comunidad sino solamente la acción violenta", ilustra Moreno.

Héctor, nuevamente, es paradigmático: "O sea, ya los problemas poco a poco como que se iban agrandando ¿ve? Y este... empecé a darle tiros a los... a la gente, pero no a la gente así que me daba la gana sino a los chamos que tenían problemas conmigo, con los chamos que me habían partío la nariz y una vez le di un tiro a... u... unos tiros a un chamo que me había dao una cachetá, o sea, eso de mantenerme sometío delante de un poco de gente, ¿no? porque era mayor que yo (...) Entonces, bueno, me empecé fue a darle tiro a la gente... a ese chamo le di cuatro tiros y me tuve que ir pirao".

A su primera entrada al INAM, con quince años de edad, a Héctor ya lo culpaban de haber cometido seis homicidios. Lo agarran junto a un compañero de faena, mayor de edad: "él se cayó con quince homicidios, a él lo mandaron para el Rodeo, a mí me mandaron para acá". A la semana se escapó. Y lo hizo cada vez que quiso.

Rápidamente Héctor se convierte en un modelo a imitar y cuenta que un niño aún más joven se empeña en probarle su valor en el terreno: "El chamo me quería demostrar que él también podía matar (...) que él podía hacer cosas que también yo hacía".

Los emergentes
El estudio comandado por Moreno establece las diferentes concepciones y "formas" que hacen parte del mundo del violento: del malandro viejo y del malandro nuevo. Sobre el asesinato, en la "forma antigua" no se presenta como una hazaña ni como muestra de valentía. Se siente así, aclara Moreno, pero a la hora de contarlo el énfasis apunta a la astucia o a la maestría en el momento de acabar con el otro. "Lo narran como una necesidad, como 'no tuve más remedio que hacerlo'. Es lo que dicen, pero resulta que pueden ser como 15 asesinatos los que te cuentan y en todos los casos resultaba que no tenían más opción que matar".

En las conclusiones se lee cómo es el asunto con los niños pistoleros: "...el asesinato es una hazaña gloriosa por el asesinato mismo. El énfasis está en la capacidad de asesinar y asesinar mucho. El número de asesinatos con relación al tiempo es muy importante. Cuantos más muertos tenga encima y más joven sea el sujeto, más digno de admiración y más valioso es. Eso equipara a los más jóvenes con los más 'cartelúos' e, incluso, puede ponerlos por encima. Para los nuevos el asesinato es un logro y de él se glorían. La violencia asesina es en éstos descarada, totalmente fría, inmotivada o con motivaciones absolutamente banales, casi mecánica, producto de un dispositivo que actúa automáticamente".

La muerte, para ellos, es una decisión simple: se ejecuta y listo. "Por eso es que dan pánico: no sabes por qué te van a agredir, no sabes por qué van a querer matarte", completa Moreno.

Las diferencias entre viejos y jóvenes son marcadas en todos los ámbitos. Y no precisamente para bien de los demás. "En la 'forma antigua' estaban delimitados los campos de acción de modo que ninguno se sobreponía a otro ni se confundía con él", dice el texto: "El ámbito del robo y el del atraco no eran los ámbitos del asesinato o de la herida grave. En la 'forma nueva' el robo, el atraco y el asesinato se sobreponen o van juntos: te robo y te mato (...) La violencia se ha vuelto más sangrienta, más agresiva, más implacable. Los nuevos no tienen ya ningún control, ningún límite, ninguna emoción".

En su comunidad, el hampón de antes cuidaba ciertas formas para evitar ser repudiado por sus vecinos. Al joven eso le tiene sin cuidado. El nuevo ha perdido todo respeto. Más bien entiende que es a él a quien deben respetar.

"La aceptación está sustituida por su capacidad brutal y directa de imponerse, de ejercer el poder total sobre cualquiera, la pura 'gana'. El poder como instinto de muerte en estado puro. Si para los 'antiguos' el otro contaba por lo menos algo, para éstos, el otro está completamente anulado. Sólo se preocupan de sí mismos. Son asesinos integrales".

Alguna forma de convivencia cultivaba 'el viejo': desde la familiar hasta la banda. El de ahora, nada de eso: "Puede juntarse circunstancialmente en parejas o tríos, y poco más, pero fundamentalmente actúa por su cuenta (...) El 'nuevo' es sobre todo, un solitario". Tampoco tiene relación alguna con el trabajo, "sólo delinque". Y a diferencia de los viejos y de las generaciones intermedias, no tiene punto de conexión ni arreglo con la Policía. Extraña es su relación con los bienes materiales: sólo buscan el poder. Y su día a día es vertiginoso: "Están dentro de la cultura de la acción. Saben que van a morir jóvenes y viven cada día sin límites".

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