¿Qué fuerzas impulsan a los maleantes nacidos en los sectores populares? Una investigación revela el perfil y los significados que manejan los asesinos. Los más jóvenes son los más peligrosos Por Oscar Medina
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Se estrenó muy joven: "El hombre estaba de espalda,
le tocamos la espalda, él se volteó y le dijimos
que... ¿viste como te pescamos?; y le dimos dieciséis
tiros".
Más balas que años de vida: Héctor tenía
apenas 15 cuando se convirtió en asesino.
Dice que algo parecido a la conciencia no lo dejó dormir
bien. Pero eso fue apenas un rato. En su memoria construida
de escenas violentas quedó fijado un 6 de noviembre como
el día de su primera vez. Para la segunda no esperó
mucho: "¿el veintisiete de diciembre tuve otro, estábanos¿
varios muchachos en un sector que se llamaba... de La Vega,
que es la capilla, este¿ ellos me habían dicho que
si yo tenía problema con un fulano, entonces yo dije
que sí, me dijo que estaba al frente, traqué la
pistola, fui hacia él y... este... le dije unas palabras
y le di nueve tiros en la cara".
Ya con el siguiente no hubo espacio para el remordimiento.
Más bien lo contrario. "El tercer homicidio mío
fue un chamo que me quería quitar una pistola". En la
historia, contada de una manera confusa, intervienen un amigo
y una mujer: "la jeva lo mando a matá". Héctor despachó
al infortunado por ambas cosas: "por lo que nos quería
hacer" y "porque la jeva estaba ostiná de él". Y
se montó su propia película: "¿y la jeva pichó
al marío y lo agarré y le di siete tiros en la cara;
hasta fui al velorio (¿) Lo vi, le di el sentido pésame
a uno y todo".
El cuarto era un cualquiera, "un chamo que era de Los Teques"
y que "tuvo un problema con nosotros". Así: un problema.
"Bajé, entonces le di un poco de tiros en la cabeza y
a raíz de ahí, bueno, seguí, seguí teniendo
homicidios...".
Héctor -no es su nombre verdadero, por supuesto- contó
esto mientras estaba recluido en un centro del ahora desaparecido
Instituto Nacional del Menor. Próximo a cumplir los 18
años, esperaba evadir la cárcel de los mayores presentándose
como un muchacho con serias intenciones de reformarse. Pero
su discurso delataba que difícilmente iba a poder adaptarse
a otra "normalidad" que no fuera la de la delincuencia y los
"problemas" que se resuelven a balazos.
Héctor le contó su vida a Mirla Pérez, trabajadora
social que forma parte del Centro de Investigaciones Populares
y su relato está recogido en un documento de alto impacto
que intenta explicar qué diablos es lo que hay en las
cabezas de los delincuentes venezolanos,analizando sus discursos
y los significados que manejan a la hora de describir sus
vivencias.
Ese trabajo, coordinado por el salesiano, psicólogo,
doctor en Ciencias Sociales y profesor universitario Alejandro
Moreno, se publicó este año (por la Universidad
del Zulia) en dos tomos reunidos bajo un título escalofriante:
"Y salimos a matar gente".
Así son
"Sobre la violencia en Venezuela se ha investigado mucho en
términos cuantitativos. Pero nosotros nos preguntamos cómo
es el delincuente asesino, el violento, la violencia llevada
al extremo. ¿Cómo es el delincuente violento asesino
popular venezolano? ¿Cuáles son las fuerzas internas
que lo motivan y dirigen a este tipo de personas hacia ese tipo
de conductas?". Eso, explica Moreno, lo hacen a través
de las historias de vida de 15 homicidas criollos: "La persona
está en su historia y al narrarla no nos interesan tanto
los datos sino los significados que da a la realidad, incluso
sin darse cuenta. Al narrar sus historias ellos nos están
diciendo los significados que rigen su conducta".
Bajo ese esquema de trabajo se reunieron los testimonios
y se transcribieron en crudo, con todos los errores y todos
los giros y vaivenes del relato oral y a partir de lo dicho
por ellos, el equipo de investigación elaboró un
completo perfil del delincuente que dibuja incluso cómo
se diferencia el maleante viejo del joven impetuoso que sale
a matar en estos tiempos.
"Aquí se caen muchos mitos. Y uno es que la pobreza
no tiene nada que ver con la delincuencia. Es decir, tiene
que ver en cuanto a que son pobres, pero no es por pobres
por lo que delinquen. ¿Por qué lo hacen? Delinquen
porque quieren sobresalir, quieren adquirir lo que ellos llaman
respeto. Y respeto es imposición, miedo. Eso aplica para
todos los delincuentes, pero los viejos lo consiguieron en
su época de una manera y los nuevos de otra. A los nuevos
no les interesa la comunidad sino solamente la acción
violenta", ilustra Moreno.
Héctor, nuevamente, es paradigmático: "O sea, ya
los problemas poco a poco como que se iban agrandando ¿ve?
Y este... empecé a darle tiros a los... a la gente, pero
no a la gente así que me daba la gana sino a los chamos
que tenían problemas conmigo, con los chamos que me habían
partío la nariz y una vez le di un tiro a... u... unos
tiros a un chamo que me había dao una cachetá, o
sea, eso de mantenerme sometío delante de un poco de
gente, ¿no? porque era mayor que yo (...) Entonces, bueno,
me empecé fue a darle tiro a la gente... a ese chamo
le di cuatro tiros y me tuve que ir pirao".
A su primera entrada al INAM, con quince años de edad,
a Héctor ya lo culpaban de haber cometido seis homicidios.
Lo agarran junto a un compañero de faena, mayor de edad:
"él se cayó con quince homicidios, a él lo
mandaron para el Rodeo, a mí me mandaron para acá".
A la semana se escapó. Y lo hizo cada vez que quiso.
Rápidamente Héctor se convierte en un modelo a
imitar y cuenta que un niño aún más joven se
empeña en probarle su valor en el terreno: "El chamo
me quería demostrar que él también podía
matar (...) que él podía hacer cosas que también
yo hacía".
Los emergentes
El estudio comandado por Moreno establece las diferentes concepciones
y "formas" que hacen parte del mundo del violento: del malandro
viejo y del malandro nuevo.
Sobre el asesinato, en la "forma antigua" no se presenta
como una hazaña ni como muestra de valentía. Se
siente así, aclara Moreno, pero a la hora de contarlo
el énfasis apunta a la astucia o a la maestría en
el momento de acabar con el otro. "Lo narran como una necesidad,
como 'no tuve más remedio que hacerlo'. Es lo que dicen,
pero resulta que pueden ser como 15 asesinatos los que te
cuentan y en todos los casos resultaba que no tenían
más opción que matar".
En las conclusiones se lee cómo es el asunto con los
niños pistoleros: "...el asesinato es una hazaña
gloriosa por el asesinato mismo. El énfasis está
en la capacidad de asesinar y asesinar mucho. El número
de asesinatos con relación al tiempo es muy importante.
Cuantos más muertos tenga encima y más joven sea
el sujeto, más digno de admiración y más valioso
es. Eso equipara a los más jóvenes con los más
'cartelúos' e, incluso, puede ponerlos por encima. Para
los nuevos el asesinato es un logro y de él se glorían.
La violencia asesina es en éstos descarada, totalmente
fría, inmotivada o con motivaciones absolutamente banales,
casi mecánica, producto de un dispositivo que actúa
automáticamente".
La muerte, para ellos, es una decisión simple: se ejecuta
y listo. "Por eso es que dan pánico: no sabes por qué
te van a agredir, no sabes por qué van a querer matarte",
completa Moreno.
Las diferencias entre viejos y jóvenes son marcadas
en todos los ámbitos. Y no precisamente para bien de
los demás. "En la 'forma antigua' estaban delimitados
los campos de acción de modo que ninguno se sobreponía
a otro ni se confundía con él", dice el texto: "El
ámbito del robo y el del atraco no eran los ámbitos
del asesinato o de la herida grave. En la 'forma nueva' el
robo, el atraco y el asesinato se sobreponen o van juntos:
te robo y te mato (...) La violencia se ha vuelto más
sangrienta, más agresiva, más implacable. Los nuevos
no tienen ya ningún control, ningún límite,
ninguna emoción".
En su comunidad, el hampón de antes cuidaba ciertas
formas para evitar ser repudiado por sus vecinos. Al joven
eso le tiene sin cuidado. El nuevo ha perdido todo respeto.
Más bien entiende que es a él a quien deben respetar.
"La aceptación está sustituida por su capacidad
brutal y directa de imponerse, de ejercer el poder total sobre
cualquiera, la pura 'gana'. El poder como instinto de muerte
en estado puro. Si para los 'antiguos' el otro contaba por
lo menos algo, para éstos, el otro está completamente
anulado. Sólo se preocupan de sí mismos. Son asesinos
integrales".
Alguna forma de convivencia cultivaba 'el viejo': desde la
familiar hasta la banda. El de ahora, nada de eso: "Puede
juntarse circunstancialmente en parejas o tríos, y poco
más, pero fundamentalmente actúa por su cuenta (...)
El 'nuevo' es sobre todo, un solitario". Tampoco tiene relación
alguna con el trabajo, "sólo delinque". Y a diferencia
de los viejos y de las generaciones intermedias, no tiene
punto de conexión ni arreglo con la Policía. Extraña
es su relación con los bienes materiales: sólo buscan
el poder. Y su día a día es vertiginoso: "Están
dentro de la cultura de la acción. Saben que van a morir
jóvenes y viven cada día sin límites".
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