Para millones de iraquíes que sufrieron los asesinatos,
torturas, violaciones y denegación de todo derecho humano
y ciudadano, Saddam Hussein fue un ser despreciable. Pero
tuvieron la oportunidad de hacer justicia y aunque su ejecución
no les devuelva sus muertos, ni la virginidad a las niñas
y mujeres violadas, ni la piel desgarrada por la tortura,
podrán ahora tratar de rehacer sus vidas sabiendo que
el tirano se encuentra en los infiernos en compañía
de Stalin, Hitler, Mussolini, Pol Pot, Kim Il Sung y en breve
también podrá contar con la siempre grata conversa
de Fidel.
Saddam fue juzgado por iraquíes, bajo sus propias leyes
y sentenciado por jueces de sus misma nacionalidad y religión,
pero para Chávez, Saddam fue otro de sus hermanos del
alma que lo llevó a pasear por Bagdad manejando su propio
Mercedes y cuya muerte lamentó profundamente y en público
dejó claro la gran "injusticia" que se había cometido.
Claro, es lógico que sintiéndose su gemelo moral,
le entrase un escalofrío al verse en el espejo de la
verdadera justicia de los pueblos.
Muerto uno, Chávez tiene uno de repuesto en su otro
alter ego, Ahmadinejad, también odiado por su pueblo
y que se mantiene en el poder bajo la sombra del totalitarismo
islámico que convirtió a la gran Persia en un engendro
del demonio fabricando bombas atómicas y demostrando
su barbarie en los actos terroristas de sus empleados del
sanguinario Hezbolá.
Por lo menos Chávez es constante en la escogencia de
sus amistades y sus enseñanzas seguramente le han servido
para purificar su hojalatería ideológica, mezcla
indigesta del comunismo fascista, cristianismo primitivo,
islamismo radical e indigenismo, apuntando con toda certeza
hacia el totalitarismo del siglo XXI. ¡Será!
Seppel@cantv.net