La Navidad, tiempo de alegría, de paz, de reconciliación,
de amor, es, por ello, oportunidad propicia para pensar en
los seres que sufren: en los enfermos, en los que evocan el
recuerdo de los seres queridos que se han marchado, en los
que viven las pascuas entre rejas, en los niños que no
tienen la alegría del juguete esperado de manos del Niño
Jesús. Pero, a esta lista, hay que añadir a los
más fieles amigos del hombre que no están puestos
allí para su simple solaz, recreo y complacencia, sino
para servirles de ejemplo, de maestros en el compartir, en
la fidelidad, en la paciencia, en la discreción e inclusive,
en el elocuente silencio, inequívoco signo de su inteligencia.
Me refiero, en particular, a los perros que, a diferencia
de los humanos, al menos los de estas latitudes, no encuentran
paz en Navidad, asediados por el tormento de los cohetes,
de los "tumba-ranchos", de los "mata-suegras" y de otras especies
festivo-delictivas, de manifiesto peligro y reiterados y graves
daños, en particular para los niños, producto de
una tradición que debería desaparecer, pero que,
antes por el contrario, a pesar de las prohibiciones legales,
se imponen en todos los niveles, en el contexto de un multimillonario
negocio con privilegiados beneficiarios y amplísima distribución
en tarantines que aparecen a todo lo largo y ancho de nuestras
ciudades.
Los inquietos y nobles perros, en este caso, haciéndose
eco del sufrimiento de enfermos y ancianos que padecen por
el inclemente martirio de los artefactos inventados en flagrante
contradicción con el espíritu navideño de paz,
expresan su angustia y desespero con sus movimientos y ladridos
que a duras penas logran contenerse o paliarse, sufriendo
muchos de ellos daños irreparables en su salud.
En este caso, los fieles y consecuentes amigos del hombre
que, precisamente, por su sabiduría, no hablan, para
no equivocarse tanto como sus compañeros y "presuntos"
amos, enarbolan la bandera de la protesta que canaliza su
angustia e inconformidad con prácticas que sólo
se comparan con el ruido infernal de un conflicto bélico.
Es oportuno recordar, por otra parte, que nuestras leyes
y, en particular, los dispositivos penales vigentes, no sólo
sancionan las descargas de armas de fuego, la quema de fuegos
de artificios u otras explosiones en lugares habitados, sin
los permisos correspondientes, sino que además castigan
los malos tratos y crueldades con los animales.
Dios quiera que en este fin de año, en plenas fiestas
navideñas, pensemos también en quienes sufren y
quisieran tener paz y tranquilidad en el paréntesis del
año que nos acerca a los más caros valores del ser
humano. Entre estos seres, están los afectuosos animales
que comparten con nosotros la vida diaria, paradójicamente
alterada por una tradición que debe remontarse a las
etapas más primitivas de la vida del hombre y que pone
a prueba su resistencia a los ruidos contaminantes y molestos,
muy lejos todo ello del espectáculo creativo de hermosas
demostraciones de ingenio pirotécnico o de fuegos de
artificio que contribuyen con su colorido y figuras a dibujar
un tiempo de gratos recuerdos, de promesas y de augurios por
un ¡Feliz año nuevo!
arteagasanchez@cantv.net