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Caracas, domingo 24 de septiembre, 2006  
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Manuel Caballero // Si hablas como un hampón ...

Un hombre castigaría a su hijo si empleara palabrotas que sólo se oyen en los burdeles

En uno de los mejores papeles interpretados por el inmenso Jean Gabin, él encarna un truhán que, junto con un cómplice, acaba de hacerse con un envidiable botín después de haber cometido un asalto perfecto a un gran banco. Para celebrarlo, se van a comer a La tour d'argent, el restaurante más caro de París. Van vestidos con elegancia pero sin ostentación: no llevan en la muñeca relojes Rolex, que a lo mejor ni existían, ni trajes Armani ni corbatas de cientos de miles de francos ni zapatos de cuero de cocodrilo, ni viajan en palacios volantes (en general rehuían tomar un avión o, como ellos solían llamarlo, un zinc).

En general, le comenta su compañero de mesa, nada los distingue de los ricachos "de cuna" que cenan allí. "Max" (Jean Gabin) le explica: "En verdad somos como ellos, hasta que abrimos la boca: ahí se nos sale el truhán".

Un latinajo.- Una cláusula de estilo suele comenzar un párrafo como el que sigue con un latinajo: mutatis mutandi. Pero a medida que pasan los días, nos damos cuenta de que eso no cabe, con el personaje al cual nos vamos a referir y que hoy todo el mundo conoce como el locatario de Miraflores. El tono que le daría a su presidencia lo anunció el 4 de febrero de 1999 en el Paseo de Los Próceres.

Dijo allí que si fuera un desempleado padre de cuatro muchachos, él también tomaría un arma para cometer un atraco. Eso no hubiese sido grave: se dice en todas las taguaras después de la cuarta cerveza. Pero el problema es que no lo estaba diciendo un borrachito( (y ni siquiera un hombre acusado en su momento por Aristóbulo Istúriz de "fumarse una lumpia" o sea un cigarro de marihuana) sino quien acababa de colgarse en el pecho la banda presidencial.

Como hemos dicho otras veces, eso fue tomado por el hampa como una patente de corso para cometer sus fechorías. Los truhanes se convirtieron de la noche a la mañana en padres responsables que aducían cuando los agarraban con las manos en la masa : "¡tengo hijos!".

El desmadre del hampa.- Hay algo más. En su apoyo al desmadre del hampa que ha causado en ocho años más muertes que en Líbano o Afganistán o Irak, hay mucho de solidaridad, llamémosla así, gremial. Esta no es una acusación, mucho menos un insulto, gratuitos: ese mismo personaje, en junio de 2003, declaró a la letra que ¿ "un militar que se preste para dar un golpe es un delincuente". Esta frase, en boca del hombre del cuatro de febrero de 1992, es una confesión de parte que, como reza uno de los más viejos y populares principios jurídicos, releva de pruebas.

De modo pues que el lenguaje hamponil del Héroe del Museo Militar no es postizo: le viene de muy adentro, y aunque se vista de seda, sirve para descubrirlo apenas abre el hocico. ¿Por qué asombrarse entonces de que al reunirse con otro truhán de sus prójimos entre gallos y medianoche (o sea, con el agravante de nocturnidad) se le suelte la lengua y amenace, en un forma casi nada velada, con sodomizar a la oposición? ¿No es este el mismo hombre que impone "formar cadena" para relatarle a sus fanáticos borregos que su nieto lo tiene tan largo como su presidente de abuelo?

El hampa militar.- Durante muchos años, ese lenguaje era compartido por el hampa y los militares. Pero gracias al desarrollo educacional durante los buenos y malos gobiernos de la república civil, los militares aprendieron a leer y escribir, a comer con cubiertos, a no hablar con la boca llena y a no eructar como Sanchos Panzas; y sobre todo, a respetar sus juramentos. Cierto, como en todas las aulas, había su cuota de truhanes enviados allí por unos padres que no lograban enderezarlos, y que preferían las malas compañías, las pequeñas truhanerías, el cacicazgo y la parranda a un estudio serio y sistemático. Y por supuesto, eran los cultores de la lengua de germanía, la que los hermanaba a unos hampones cuya única diferencia con aquellos es que estos vestían de paisano: no en vano decía el rector magnífico Francisco de Venanzi, que los tales no eran militares sino gangsters de uniforme. Por supuesto que si en un atraco exitoso, se alzaban hasta las alturas del poder, sus héroes, si no podían ser siempre sus contemporáneos, eran los truhanes de épocas anteriores, como ese Maisanta ladrón de ganado hoy elevado a genio tutelar de la truhanería gobernante.

Simple curiosidad.- Si alguien, por fanatismo o simple curiosidad, se pusiese a seguirlo en todos sus discursos, podrán constatar que no hay prácticamente uno solo de ellos que no contenga una frase o una palabra venida directamente, fresquecita, de los bajos fondos. Lo que revela, al revés de lo que sus áulicos pretenden, un hondo desprecio por ese pueblo al que se empeñan en confundir con el hampa. Porque una cosa es el lenguaje llano, coloquial, y muy otra el caló de los malandros. Así como nadie quiere vivir toda la vida en la miseria, el padre pobre se empeña en enseñar a su hijo a expresarse con propiedad; y lo castigaría severamente si lo escuchara decir algunas de esas palabrotas que sólo se escuchan en los burdeles y en "Aló, Presidente!".

Lo peor de todo es que lo que el Sultán hace y dice, sus eunucos lo repiten. Ya hemos escuchado al mayor malandro de Caracas hacerlo. Pero hasta un personaje que los chilenos consideraba en sus tiempos un "siútico", el hoy vicepresidente de esta Corte de los Milagros aposentada en Miraflores, no desdeña emplear el mismo lenguaje. Si hablas como hampón, actúas como hampón, te reúnes con forajidos ¿Qué puedes ser? ¿El arcángel Gabriel?

hemeze@cantv.net



 
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