"AMIGOS, ESTAMOS HARTOS de oír a los políticos prometer
una mejor distribución de la riqueza petrolera, como si
acaso fuese de ellos, cuando lo que les toca es simplemente
entregarnos nuestros cheques. Si necesitan ingresos, pues que
cobren sus impuestos. Un país se construye haciendo al
ciudadano responsable, no declarándolo irresponsable".
Así escribí hace dos semanas y como nunca me han rogado
seguir sobre el tema.
Los revolucionarios, los neoliberales, los ni-lo-uno-ni-lo-otro,
los indiferentes, los hombres, las mujeres, los viejos y los
jóvenes, todos estamos de acuerdo en que el dinero que
obtenemos en Venezuela a cambio de sacrificar nuestro recurso
no renovable es de los venezolanos.
Lo que sí podemos discutir es sobre cómo rayos
caímos, como pueblo entero, en eso de entregarle nuestro
dinero, enterito, a unos pico de plata que dicen saber administrarlo
mejor, sin siquiera reservarnos el derecho de pedirles una
verdadera rendición de cuentas. Algunos dirían
que por confiados y otros por estúpidos, pero por cuanto
ambos puede que tengan algo de razón, de acuerdo a
la enciclopedia, todos clasificaríamos como borregos.
El que nos dejemos engañar así tiene sus consecuencias.
La primera, quizás la más inocua de todas,
es que simplemente todo lo recibido por el petróleo
se pierde, sin dejarnos mucho más que las memorias
de una borrachera. Otra, algo peor, es que por ser petroleros
el mundo nos cree ricachones, con lo cual los gestores
de crédito gestio nan aún más recursos
para nuestros gobernantes, para que igualmente los desaparezcan,
pero en este caso dejándonos una resaca de deudas,
que vendrán a cobrarnos justamente cuando los precios
petroleros bajen.
Igualmente trágico, pero con viso de comedia,
es el ritual que debemos iniciar el mismo día que
elegimos a quien ilusionados creemos ser nuestro Rey
Salomón, sólo para al poco rato descubrir
de nuevo la triste realidad, no quedándonos otra
cosa que pasarnos el resto de su gobierno haciéndole
reverencias, a ver si logramos que nos devuelva algo
de lo que era nuestro para comenzar.
No obstante, lo peor ocurre cuando vivimos una bonanza
petrolera, como la actual, pues entonces nuestro simplón
de turno, aparte de ser un mal administrador, como
los demás, además llega a creerse lo de
ser el Rey Salomón, o más aún. Amigos,
una vez leí un anónimo definir la locura
como el repetir vez tras vez lo mismo, esperando distintos
resultados... ¿Hasta cuándo Venezuela?
Kurowski@telcel.net.ve