Luego desde Viena, Latinoamérica se debate entre la fragmentación y la polarización
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(Foto AFP)
ROBERTO GIUSTI
EL UNIVERSAL
América Latina ha recogido en Viena los amargos frutos
de la desintegración que con tanta perseverancia y sigilo
fue sembrando Hugo Chávez durante los últimos años.
Mientras los países centroamericanos lograron avances
significativos en las negociaciones con la Unión Europea
para cristalizar un tratado de Cooperación Económica,
incluida la creación de una zona de libre comercio,
los miembros de Mercosur se vieron obligados a suspender
una cumbre presidencial con los europeos y la Comunidad
Andina de Naciones se limitó a anunciar una ronda de
conversaciones entre sus socios para ponerlos de acuerdo
sobre los términos de un eventual proceso de integración
con el Viejo Continente.
Adiós Europa
Durante el desarrollo de la cuasi multitudinaria
reunión de jefes de Estado y de Gobierno los
presidentes que más llamaron la atención,
huelga decir que en forma negativa, fueron el boliviano
Evo Morales y el venezolano Hugo Chávez. El primero
por su decisión de nacionalizar la industria
de los hidrocarburos y el segundo porque a los ojos
de casi todos los medios de comunicación europeos
y latinoamericanos, ha sido el brazo ejecutor del
decreto estatizador, elaborado con participación
de abogados y técnicos de Pdvsa.
Chávez y Morales se convirtieron en el centro
de las críticas por una medida considerada
como la peor señal para los inversionistas
europeos, ante la violación de los acuerdos
suscritos entre las compañías extranjeras,
cuyas inversiones en Bolivia alcanzan 3 mil 500
millones de dólares.
La más perjudicada, la brasileña Petrobrás,
siente cómo se le pueden transformar en agua
y sal los dos mil millones de dólares que
le costó sólo el gasducto que lleva
el producto a Sao Paulo, máxime cuando el
gobierno de Morales se niega siquiera a considerar
el pago de una indemnización.
De manera que ahora no se trata de torpedear
al ALCA o los tratados bilaterales de libre
comercio entre los países del área
con Estados Unidos, sino de frenar, como efectivamente
lo hizo Chávez, las inmensas potencialidades
de la inversión europea en el continente
y la entrada libre a un mercado de casi 500
millones de consumidores.
El Danubio no es azul
En menos de un mes Chávez retiró
su embajador de Lima, sacó a Venezuela
de la Comunidad Andina de Naciones, desestabilizó
a Mercosur en la Cumbre de La Asunción
y remató la faena golpeando, con
el caso boliviano, los intereses estratégicos
de dos antiguos aliados que ahora se sienten
traicionados por su "hermano venezolano:
los presidentes Lula y Zapatero, acusados
en sus países de haberse dejado embaucar
por "el dictador en ciernes", como lo
califica el columnista de El Mundo de
Madrid, Jesús Cacho.
En ese contexto, las perspectivas de
una América Latina fragmentada
y sacudida por toda clase de conflictos
entre sus mandatarios resultaban más
que lastimosas, sin nada para ofrecer
y mucho menos para exigir en Viena.
Sólo Chile y México, que han
suscrito acuerdos bilaterales con la
Unión Europea, se salvan de la
debacle y siguen obteniendo beneficios
del intercambio, al punto que Chile
ha visto crecer sus exportaciones a
Europa en 115% con ingresos de cinco
mil millones de dólares desde el
año 2003.
Los traicionados
La pregunta que surge a continuación
es cómo van a reaccionar
los demás miembros de la
CAN y de Mercosur ante una estrategia
chavista que se traduce en aumento
del desempleo, de la pobreza y
del aislamiento para todo el continente.
¿Van a seguir permitiendo
que se consolide la política
de polarización extrema accionada
por el expansionismo venezolano
gracias al barril sin fondo de
los petrodólares? ¿Tendrán
ya bien claro que ya no se pretende
combatir a EEUU sino desestabilizar
a sus respectivos estados nacionales?
En principio ya está planteada
una ruptura, si no de relaciones
diplomáticas entre los
dos países, sí del
vínculo político y
afectivo que unía a Chávez
con Lula. Este último se
siente traicionado porque ni
Chávez ni Morales le informaron
del paso que dieron el pasado
1 de Mayo.
El alevoso mazazo dejó
a Lula mal parado, criticado
por su ingenuidad y su presunta
blandenguería ante las
pretensiones de un Chávez
empeñado en desplazarlo
de su posición como líder
natural del continente.
Ahora el brasileño
se debate entre los burlones
cuestionamientos de los
medios, la presión
de los accionistas de Petrobrás
y posiblemente de las Fuerzas
Armadas, aguijoneadas por
el espectáculo de los
militares bolivianos aposentándose
en las instalaciones de
Petrobrás, propiedad,
según la revista Veja,
"del pueblo bra sileño.
Pero, con las elecciones
ya muy cerca, también
debe lidiar con el radicalismo
de izquierda, que empuja
en sentido contrario y
parece haber desviado
sus preferencias hacia
Chávez, quien cultiva
su liderazgo más
allá de las fronteras
con los sin tierra brasileños,
los cartoneros argentinos
y toda clase de indigenismo
latinoamericano irredento.
Una sensación
similar debe estar experimentado
el presidente del Gobierno
español, quien
combinó la promoción
de inversiones privadas
en las antiguas colonias
con sus simpatías
por los movimientos
populistas y radicales
latinoamericanos (Chávez
era su favorito) como
una forma de quitarle
espacio en la región
a EEUU. Ahora Rodríguez
Zapatero observa impotente
cómo los intereses
estratégicos españoles
se bambolean en las
olas de la revolución
latinoamericana. Está
visto, la criada le
salió respondona
y no olvida los viejos
agravios.
Luego están
los andinos y algunos
países del Mercosur,
resentidos no sólo
por las maniobras
desintegradoras de
Hugo Chávez,
sino expuestos a las
consecuencias que
les puede acarrear,
en lo político,
el avance de la marea
roja. Inestabilidad,
ingobernabiliad, violencia
y una polarización
que parecen copiadas
al calco de la realidad
venezolana de los
últimos tiempos.
Muerte del
(mini) imperio
Pero la
amenaza del
miniimperialismo
venezolano no
se manifiesta
sólo por
la vía
del chantaje
energético
o la intromisión
descarada en
asuntos internos
y en procesos
electorales
de países
como México,
Perú y
Nicaragua, sino
en la intención
de imponer un
modelo de integración
que, en contraste
con la concepción
imperante en
el mundo, privilegie
lo político
sobre lo económico,
propenda a la
cerrazón
y no a la apertura
y pretenda liquidar
dos requerimientos
básicos
en toda estructura
supranacional:
el libre comercio
y la existencia
de democracias
sólidamente
establecidas.
En otras
palabras,
la resurección
de un fantasma
como el sistema
de integración
soviética,
el Comecon,
estructura
que lejos
de fomentar
el intercambio
sobre la base
de la competitividad
y la inversión,
financiaba,
desde el centro
imperial,
las economías
deficitarias
e improductivas
de sus satélites,
a cambio de
una total
sujeción
política.
Quizás
la particularidad
del imperio
soviético,
que no explotaba
a sus colonias,
sino más
bien las
sostenía
a expensas
de sus recursos
naturales,
lo cual
finalmente
signó
su desaparición,
es el último
objetivo
de Chávez
y de Castro.
Un cometido
impracticable
porque
es imposible
equiparar
a un pequeño
país
como Venezuela
con la
URSS.
También
porque
el sistema
está
condenado
a su desaparición,
es inviable,
no se
puede
sostener
en el
tiempo
y posiblemente
nunca
pase de
la fase
de polarización
y caos
que se
quiere
imponer.
Y finalmente
porque
el mundo
exterior
está
descubriendo
las verdaderas
intenciones
de quien
consideraba
hasta
hace poco
un locuaz
demagogo
con la
bolsa
llena
pero inofensivo.
A partir
de allí
surgen
dos
escenarios:
que
los
países
afectados
por
la ola
chavista
generen
sus
propios
anticuerpos
y, como
está
pasando
en Perú
y México,
la desechen
sus
electores
a fuerza
de votos
para
refrendar
la democracia.
O que
surjan,
como
reacción,
gobiernos
militares
que
una
vez
más
nos
devuelvan
a ese
otro
pasado
tan
aborrecible
como
el representado
por
el chavismo.
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