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| ANALISIS / El miniimperialismo venezolano quema sus naves
Los frutos amargos de la desintegración

Luego desde Viena, Latinoamérica se debate entre la fragmentación y la polarización

Chávez besó la mano de la presidenta Michelle Bachelet en plena Cumbre
(Foto AFP)
ROBERTO GIUSTI3 |  DIARIO
domingo 14 de mayo de 2006  12:00 AM

ROBERTO GIUSTI

EL UNIVERSAL

América Latina ha recogido en Viena los amargos frutos de la desintegración que con tanta perseverancia y sigilo fue sembrando Hugo Chávez durante los últimos años. Mientras los países centroamericanos lograron avances significativos en las negociaciones con la Unión Europea para cristalizar un tratado de Cooperación Económica, incluida la creación de una zona de libre comercio, los miembros de Mercosur se vieron obligados a suspender una cumbre presidencial con los europeos y la Comunidad Andina de Naciones se limitó a anunciar una ronda de conversaciones entre sus socios para ponerlos de acuerdo sobre los términos de un eventual proceso de integración con el Viejo Continente. Adiós Europa Durante el desarrollo de la cuasi multitudinaria reunión de jefes de Estado y de Gobierno los presidentes que más llamaron la atención, huelga decir que en forma negativa, fueron el boliviano Evo Morales y el venezolano Hugo Chávez. El primero por su decisión de nacionalizar la industria de los hidrocarburos y el segundo porque a los ojos de casi todos los medios de comunicación europeos y latinoamericanos, ha sido el brazo ejecutor del decreto estatizador, elaborado con participación de abogados y técnicos de Pdvsa. Chávez y Morales se convirtieron en el centro de las críticas por una medida considerada como la peor señal para los inversionistas europeos, ante la violación de los acuerdos suscritos entre las compañías extranjeras, cuyas inversiones en Bolivia alcanzan 3 mil 500 millones de dólares. La más perjudicada, la brasileña Petrobrás, siente cómo se le pueden transformar en agua y sal los dos mil millones de dólares que le costó sólo el gasducto que lleva el producto a Sao Paulo, máxime cuando el gobierno de Morales se niega siquiera a considerar el pago de una indemnización. De manera que ahora no se trata de torpedear al ALCA o los tratados bilaterales de libre comercio entre los países del área con Estados Unidos, sino de frenar, como efectivamente lo hizo Chávez, las inmensas potencialidades de la inversión europea en el continente y la entrada libre a un mercado de casi 500 millones de consumidores. El Danubio no es azul En menos de un mes Chávez retiró su embajador de Lima, sacó a Venezuela de la Comunidad Andina de Naciones, desestabilizó a Mercosur en la Cumbre de La Asunción y remató la faena golpeando, con el caso boliviano, los intereses estratégicos de dos antiguos aliados que ahora se sienten traicionados por su "hermano venezolano: los presidentes Lula y Zapatero, acusados en sus países de haberse dejado embaucar por "el dictador en ciernes", como lo califica el columnista de El Mundo de Madrid, Jesús Cacho. En ese contexto, las perspectivas de una América Latina fragmentada y sacudida por toda clase de conflictos entre sus mandatarios resultaban más que lastimosas, sin nada para ofrecer y mucho menos para exigir en Viena. Sólo Chile y México, que han suscrito acuerdos bilaterales con la Unión Europea, se salvan de la debacle y siguen obteniendo beneficios del intercambio, al punto que Chile ha visto crecer sus exportaciones a Europa en 115% con ingresos de cinco mil millones de dólares desde el año 2003. Los traicionados La pregunta que surge a continuación es cómo van a reaccionar los demás miembros de la CAN y de Mercosur ante una estrategia chavista que se traduce en aumento del desempleo, de la pobreza y del aislamiento para todo el continente. ¿Van a seguir permitiendo que se consolide la política de polarización extrema accionada por el expansionismo venezolano gracias al barril sin fondo de los petrodólares? ¿Tendrán ya bien claro que ya no se pretende combatir a EEUU sino desestabilizar a sus respectivos estados nacionales? En principio ya está planteada una ruptura, si no de relaciones diplomáticas entre los dos países, sí del vínculo político y afectivo que unía a Chávez con Lula. Este último se siente traicionado porque ni Chávez ni Morales le informaron del paso que dieron el pasado 1 de Mayo. El alevoso mazazo dejó a Lula mal parado, criticado por su ingenuidad y su presunta blandenguería ante las pretensiones de un Chávez empeñado en desplazarlo de su posición como líder natural del continente. Ahora el brasileño se debate entre los burlones cuestionamientos de los medios, la presión de los accionistas de Petrobrás y posiblemente de las Fuerzas Armadas, aguijoneadas por el espectáculo de los militares bolivianos aposentándose en las instalaciones de Petrobrás, propiedad, según la revista Veja, "del pueblo bra sileño. Pero, con las elecciones ya muy cerca, también debe lidiar con el radicalismo de izquierda, que empuja en sentido contrario y parece haber desviado sus preferencias hacia Chávez, quien cultiva su liderazgo más allá de las fronteras con los sin tierra brasileños, los cartoneros argentinos y toda clase de indigenismo latinoamericano irredento. Una sensación similar debe estar experimentado el presidente del Gobierno español, quien combinó la promoción de inversiones privadas en las antiguas colonias con sus simpatías por los movimientos populistas y radicales latinoamericanos (Chávez era su favorito) como una forma de quitarle espacio en la región a EEUU. Ahora Rodríguez Zapatero observa impotente cómo los intereses estratégicos españoles se bambolean en las olas de la revolución latinoamericana. Está visto, la criada le salió respondona y no olvida los viejos agravios. Luego están los andinos y algunos países del Mercosur, resentidos no sólo por las maniobras desintegradoras de Hugo Chávez, sino expuestos a las consecuencias que les puede acarrear, en lo político, el avance de la marea roja. Inestabilidad, ingobernabiliad, violencia y una polarización que parecen copiadas al calco de la realidad venezolana de los últimos tiempos. Muerte del (mini) imperio Pero la amenaza del miniimperialismo venezolano no se manifiesta sólo por la vía del chantaje energético o la intromisión descarada en asuntos internos y en procesos electorales de países como México, Perú y Nicaragua, sino en la intención de imponer un modelo de integración que, en contraste con la concepción imperante en el mundo, privilegie lo político sobre lo económico, propenda a la cerrazón y no a la apertura y pretenda liquidar dos requerimientos básicos en toda estructura supranacional: el libre comercio y la existencia de democracias sólidamente establecidas. En otras palabras, la resurección de un fantasma como el sistema de integración soviética, el Comecon, estructura que lejos de fomentar el intercambio sobre la base de la competitividad y la inversión, financiaba, desde el centro imperial, las economías deficitarias e improductivas de sus satélites, a cambio de una total sujeción política. Quizás la particularidad del imperio soviético, que no explotaba a sus colonias, sino más bien las sostenía a expensas de sus recursos naturales, lo cual finalmente signó su desaparición, es el último objetivo de Chávez y de Castro. Un cometido impracticable porque es imposible equiparar a un pequeño país como Venezuela con la URSS. También porque el sistema está condenado a su desaparición, es inviable, no se puede sostener en el tiempo y posiblemente nunca pase de la fase de polarización y caos que se quiere imponer. Y finalmente porque el mundo exterior está descubriendo las verdaderas intenciones de quien consideraba hasta hace poco un locuaz demagogo con la bolsa llena pero inofensivo. A partir de allí surgen dos escenarios: que los países afectados por la ola chavista generen sus propios anticuerpos y, como está pasando en Perú y México, la desechen sus electores a fuerza de votos para refrendar la democracia. O que surjan, como reacción, gobiernos militares que una vez más nos devuelvan a ese otro pasado tan aborrecible como el representado por el chavismo.

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