ALLAN WAGNER
ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL
Es ya conocida la decisión del Gobierno de la República
Bolivariana de Venezuela de retirarse de la Comunidad Andina
y, a pedido de ese país, se debe reunir la Comisión
para formalizar su denuncia del Acuerdo de Cartagena.
De otro lado, en días pasados el presidente de Bolivia
ha tenido duras expresiones sobre la Comunidad Andina y su
secretario general que _como señalé en un comunicado_
quiero creer que se deben a que el presidente Evo Morales
se encuentra mal informado. De otro lado, el presidente Morales
acaba de tomar una iniciativa para propiciar una reunión
de presidentes andinos, cuyos resultados aguardamos con expectativa.
El caso es que, por estos hechos, se ciernen sombras sobre
el futuro de nuestro proceso de integración subregional.
Estimo que la situación que estamos atravesando se
debe a profundas discrepancias entre los países miembros
sobre el modelo de desarrollo que mejor responda a las necesidades
sociales y sobre el tipo de inserción internacional
que debe corresponder a esos objetivos. Pero también
se debe a concepciones particulares sobre la organización
del Estado y sobre sus relaciones con la sociedad, así
como a visiones diversas sobre las relaciones internacionales
y regionales y, por tanto, sobre la naturaleza y finalidades
de nuestros procesos de integración andina y suramericana.
En efecto, ante los limitados resultados obtenidos en
materia de bienestar para nuestros pueblos de las políticas
preconizadas por el denominado Consenso de Washington
y ante la necesidad de asegurar la gobernabilidad democrática
de nuestros países, podemos decir que se ha iniciado
en la región latinoamericana un "tiempo social",
es decir, una nueva etapa en la que las agendas políticas
nacionales tendrán como preocupación prioritaria
la obtención de resultados tangibles, en lapsos políticamente
aceptables, en materia de reducción de la pobreza
y de la desigualdad que prevalecen en nuestras sociedades.
Surgen, así, diversas propuestas sobre cómo
mejorar o incluso cambiar el modelo económico para
alcanzar esas metas sociales, pero también para
lograr un Estado y una sociedad más incluyentes.
En ese contexto, el modelo de integración regional
también se ve sometido a cuestionamientos e interrogantes,
por ser el espacio más próximo de nuestras
relaciones externas.
Pero allí no radica el problema principal. La
crisis surge y se alimenta cuando esas discrepancias
no se procesan a través del diálogo respetuoso
y fraterno para la mutua comprensión de necesidades
y aspiraciones, sino cuando los encuentros se difieren
y los medios de comunicación se utilizan como
vehículos de la desazón y la desconfianza.
Es preciso retomar el camino del diálogo y
del consenso, dentro de un espacio plural y tolerante
donde primen la cooperación y una solidaridad
efectiva y no meramente retórica. Todo ello
basado en el convencimiento de que la unidad sólo
podrá construirse a partir de lo que, con tanto
esfuerzo, hemos labrado a través de los años
y no mediante la aniquilación de un patrimonio
comunitario que, sin duda, aporta fortalezas para
lograr un desarrollo y una inserción internacional
más provechosos y socialmente incluyentes.
Reitero un llamado urgente a los presidentes
de la región para que asuman el liderazgo
que les corresponde a fin de construir un consenso
andino, suramericano y latinoamericano para el
desarrollo y la inserción internacional con
inclusión social, sobre la base de los principios
del pluralismo y el respeto mutuo, con el inequívoco
propósito de asegurar el bienestar y unidad
que nuestros pueblos reclaman.
Sec. Gen. de la Comunidad Andina