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CARACAS, lunes 24 de abril, 2006 | Actualizado hace
 
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Tan malas como los hombres

Las ideologías y las propuestas son las que pesan, más allá del género, que claro está no es desdeñable

“Ejemplos en la historia sobran para demostrar que las mujeres suelen ser tan o más implacables que los hombres a la hora de tomar decisiones trascendentales”.
  NUEVOMEDIA
lunes 24 de abril de 2006  07:20 PM

Roberto Giusti

El lugar común subyacente reza que si quizás hubiesen sido las mujeres quienes gobernaran el mundo y no los hombres, es decir, si este fuera el reino femenino en la Tierra, muy otra sería la situación de nuestro planeta acongojado por toda clase de calamidades.

El espíritu sensible, la profunda calidad humana, la naturaleza de madre bienhechora y una disposición mucho más inclinada a la dulzura y al amor que la apenas dominada animalidad que respiran los hombres por cada uno de sus poros, no sólo habrían evitado la guerra como fatal constante en la historia de la humanidad, con todas sus indeseables secuelas, sino que nuestras vidas serían pacíficas, apacibles, signadas por el entendimiento entre los opuestos, gobernada por mayorías tolerantes y minorías no totalmente insatisfechas de su suerte.

Muchos pueblos, incluidos los machistas por excelencia, es decir, los latinoamericanos, habrían  venido entendiendo la nueva realidad y esa sería la causa de que en los últimos lustros cada día más mujeres saltan a la escena política en calidad de protagonistas para luchar, como un hombre más, por el poder. En ellas reposaría la noción, aparentemente compartida por electores y correligionarios, de que el viejo atavismo del matriarcado, sobre el cual giraba la vida de nuestros antepasados en el alba de la historia, volverá con renovados bríos para traernos el sosiego tan angustiosamente anhelado por las miles de millones de víctimas  de estos atribulados tiempos dominados por la viril bestia humana.
Citemos, como el ejemplo de moda, la trayectoria de una noble mujer, Michelle Bachelet, quien para acentuar el estereotipo reinante ha llegado a la Presidencia de Chile sin la sombra masculina por detrás, esa presencia estorbosa en los dominios de las damas dominantes, por muy insignificante que pueda ser el príncipe consorte, pues el machismo exacerbado suele pensar y decir, cada vez menos y cada vez más bajito, que en los momentos culminantes de la vida íntima hasta la más soberbia personalidad  femenina suele caer subyugada por la fuerza del macho cabrío, cuando, en realidad, muchas veces ocurre todo lo contrario.

 Pues bien, Bachelet coronó sus aspiraciones sola solita y para colmo, además de su condición de mujer,  exhibiendo atributos como el de divorciada, de madre soltera y aparentemente atea,  recetario que ni mandado a hacer a la hora de elaborar la lista de todo lo que debía evitar, hasta hace unas décadas, cualquier una mujer con aspiraciones de convertirse en presidenta.

El simplismo y el lugar comunismo parecen constituir dos premisas de esta tesis que, en el fondo, se ubica, exactamente, en las antípodas del feminismo pendenciero que comenzó a crucificar hombres antes que luchar por los derechos de la mujer en los primeros años sesenta. Me explico: cuando se afirma que la mujer está animada por una serie de cualidades, precisamente, las femeninas, que la dotan mejor que a los hombres para ejercer el mando y organizar a las sociedades, se está aceptando tácitamente que la mujer antes que tolerante, reflexiva y compasiva, más débil, indecisa, complaciente.

Esa idea, además de estar equivocada entraña una contradicción flagrante porque además de acentuar los viejos prejuicios de género, inhabilitan de entrada a las mujeres por una supuesta incapacidad intrínseca para ejercer el gobierno o peor, la estimulan a conquistarlo condenándola de antemano. Más aún, insiste en una peor negación sobre las diferencias entre hombres y mujeres cuando, en realidad, podemos ser distintos mas no diferentes, porque la condición humana es una sola y a pesar de las diferencias biológicas que antes que separarnos nos complementan en una unidad a dos, somos iguales, igualitos y por tanto estamos movidos por los mismos instintos, atavismos  y la misma propensión para la gloria como para la miseria.

Las diferencias que puede haber entre Bachelet y quien fuera su contrincante en la campaña electoral, el señor Sebastián Piñera, no respondían a sus respectivos géneros y los resultados no se dieron con el triunfo de ella porque fuera mujer. Las diferencias eran de carácter ideológico, de propuestas (no obstante su curiosa similitud, que no es este el tema) y de programas de gobierno.

Los chilenos votaron por Bachelet porque vieron en ella una opción política más coherente. Ahora, no se debe menospreciar tampoco los rasgos que la singularizan como candidata y el hecho de que su condición de género haya aportado una novedad y puesto a prueba el grado de decibeles machistas entre los electores. Obviamente el resultado es un claro indicador de que los prejuicios han ido desapareciendo y que precisamente los pueblos consideran iguales a hombres y mujeres a la hora de disputarse el poder, lo cual no quiere decir que uno que otro haya tomado en cuenta la variable género para hacer su escogencia. 

Ejemplos en la historia sobran para demostrar que las mujeres suelen ser tan o más  implacables que los hombres a la hora de tomar decisiones trascendentales y ahí están, para citar sólo dos, los socorridos casos de la reina Victoria de Inglaterra y de Margaret Thatcher. Pueden equivocarse tan o más que los hombres y al mismo tiempo exhibir la bondad o la crueldad según su carácter, su forma de pensar y las circunstancias de su tiempo, pero no porque sean especialmente buenas o singularmente malas. El sólo hecho de que nos gobiernen no cambiará la historia porque para bien o para desgracia de la humanidad las mujeres no son ni mejores ni peores que los hombres. Sólo iguales.


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