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Esperanza perdida
Nuestra gran esperanza política femenina, Irene Sáez,
no contenta con la corona de reina del universo quiso
ser presidenta de Venezuela. Su belleza y una gestión
tan pulcra como eficiente la llevaron a la cumbre. Los electores
la vieron como alternativa para el cambio político
y ella lo encarnó con garbo e irresistible sonrisa. ¿Por
qué, entonces, se vino abajo para darle paso a la opción
de Hugo Chávez? Por nada vinculado a su condición
de mujer, sino por un error político: se dejó apoyar
por un partido que representaba la antítesis de lo que
eventualmente sería su gobierno e Irene cayó, no
por mujer, sino por una equivocación de hombre.
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Citemos, como el ejemplo de moda, la trayectoria de una noble
mujer, Michelle Bachelet, quien para acentuar el estereotipo
reinante ha llegado a la Presidencia de Chile sin la sombra
masculina por detrás, esa presencia estorbosa en los
dominios de las damas dominantes, por muy insignificante que
pueda ser el príncipe consorte, pues el machismo exacerbado
suele pensar y decir, cada vez menos y cada vez más bajito,
que en los momentos culminantes de la vida íntima hasta
la más soberbia personalidad femenina suele caer
subyugada por la fuerza del macho cabrío, cuando, en
realidad, muchas veces ocurre todo lo contrario.
Pues bien, Bachelet coronó sus aspiraciones sola
solita y para colmo, además de su condición de mujer,
exhibiendo atributos como el de divorciada, de madre soltera
y aparentemente atea, recetario que ni mandado a hacer
a la hora de elaborar la lista de todo lo que debía evitar,
hasta hace unas décadas, cualquier una mujer con aspiraciones
de convertirse en presidenta.
El simplismo y el lugar comunismo parecen constituir dos
premisas de esta tesis que, en el fondo, se ubica, exactamente,
en las antípodas del feminismo pendenciero que comenzó
a crucificar hombres antes que luchar por los derechos de
la mujer en los primeros años sesenta. Me explico: cuando
se afirma que la mujer está animada por una serie de
cualidades, precisamente, las femeninas, que la dotan mejor
que a los hombres para ejercer el mando y organizar a las
sociedades, se está aceptando tácitamente que la
mujer antes que tolerante, reflexiva y compasiva, más
débil, indecisa, complaciente.
Esa idea, además de estar equivocada entraña una
contradicción flagrante porque además de acentuar
los viejos prejuicios de género, inhabilitan de entrada
a las mujeres por una supuesta incapacidad intrínseca
para ejercer el gobierno o peor, la estimulan a conquistarlo
condenándola de antemano. Más aún, insiste
en una peor negación sobre las diferencias entre hombres
y mujeres cuando, en realidad, podemos ser distintos mas no
diferentes, porque la condición humana es una sola y
a pesar de las diferencias biológicas que antes que separarnos
nos complementan en una unidad a dos, somos iguales, igualitos
y por tanto estamos movidos por los mismos instintos, atavismos
y la misma propensión para la gloria como para la miseria.
Las diferencias que puede haber entre Bachelet y quien fuera
su contrincante en la campaña electoral, el señor
Sebastián Piñera, no respondían a sus respectivos
géneros y los resultados no se dieron con el triunfo
de ella porque fuera mujer. Las diferencias eran de carácter
ideológico, de propuestas (no obstante su curiosa similitud,
que no es este el tema) y de programas de gobierno.
Los chilenos votaron por Bachelet porque vieron en ella una
opción política más coherente. Ahora, no se
debe menospreciar tampoco los rasgos que la singularizan como
candidata y el hecho de que su condición de género
haya aportado una novedad y puesto a prueba el grado de decibeles
machistas entre los electores. Obviamente el resultado es
un claro indicador de que los prejuicios han ido desapareciendo
y que precisamente los pueblos consideran iguales a hombres
y mujeres a la hora de disputarse el poder, lo cual no quiere
decir que uno que otro haya tomado en cuenta la variable género
para hacer su escogencia.

“Ejemplos en la historia sobran para demostrar que las mujeres suelen ser tan o más implacables que los hombres a la hora de tomar decisiones trascendentales”.

Ejemplos en la historia sobran para demostrar que las mujeres
suelen ser tan o más implacables que los hombres
a la hora de tomar decisiones trascendentales y ahí están,
para citar sólo dos, los socorridos casos de la reina
Victoria de Inglaterra y de Margaret Thatcher. Pueden equivocarse
tan o más que los hombres y al mismo tiempo exhibir la
bondad o la crueldad según su carácter, su forma
de pensar y las circunstancias de su tiempo, pero no porque
sean especialmente buenas o singularmente malas. El sólo
hecho de que nos gobiernen no cambiará la historia porque
para bien o para desgracia de la humanidad las mujeres no
son ni mejores ni peores que los hombres. Sólo iguales.
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