Las ideologías y las propuestas son las que pesan, más allá del género, que claro está no es desdeñable
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Roberto Giusti
El lugar común subyacente reza que si quizás hubiesen
sido las mujeres quienes gobernaran el mundo y no los hombres,
es decir, si este fuera el reino femenino en la Tierra, muy
otra sería la situación de nuestro planeta acongojado
por toda clase de calamidades.
El espíritu sensible, la profunda calidad humana, la
naturaleza de madre bienhechora y una disposición mucho
más inclinada a la dulzura y al amor que la apenas dominada
animalidad que respiran los hombres por cada uno de sus poros,
no sólo habrían evitado la guerra como fatal constante
en la historia de la humanidad, con todas sus indeseables
secuelas, sino que nuestras vidas serían pacíficas,
apacibles, signadas por el entendimiento entre los opuestos,
gobernada por mayorías tolerantes y minorías no
totalmente insatisfechas de su suerte.
Muchos pueblos, incluidos los machistas por excelencia, es
decir, los latinoamericanos, habrían venido entendiendo
la nueva realidad y esa sería la causa de que en los
últimos lustros cada día más mujeres saltan
a la escena política en calidad de protagonistas para
luchar, como un hombre más, por el poder. En ellas reposaría
la noción, aparentemente compartida por electores y correligionarios,
de que el viejo atavismo del matriarcado, sobre el cual giraba
la vida de nuestros antepasados en el alba de la historia,
volverá con renovados bríos para traernos el sosiego
tan angustiosamente anhelado por las miles de millones de
víctimas de estos atribulados tiempos dominados
por la viril bestia humana.
Citemos, como el ejemplo de moda, la trayectoria de una noble
mujer, Michelle Bachelet, quien para acentuar el estereotipo
reinante ha llegado a la Presidencia de Chile sin la sombra
masculina por detrás, esa presencia estorbosa en los
dominios de las damas dominantes, por muy insignificante que
pueda ser el príncipe consorte, pues el machismo exacerbado
suele pensar y decir, cada vez menos y cada vez más bajito,
que en los momentos culminantes de la vida íntima hasta
la más soberbia personalidad femenina suele caer
subyugada por la fuerza del macho cabrío, cuando, en
realidad, muchas veces ocurre todo lo contrario.
Pues bien, Bachelet coronó sus aspiraciones sola
solita y para colmo, además de su condición de mujer,
exhibiendo atributos como el de divorciada, de madre soltera
y aparentemente atea, recetario que ni mandado a hacer
a la hora de elaborar la lista de todo lo que debía evitar,
hasta hace unas décadas, cualquier una mujer con aspiraciones
de convertirse en presidenta.
El simplismo y el lugar comunismo parecen constituir dos
premisas de esta tesis que, en el fondo, se ubica, exactamente,
en las antípodas del feminismo pendenciero que comenzó
a crucificar hombres antes que luchar por los derechos de
la mujer en los primeros años sesenta. Me explico: cuando
se afirma que la mujer está animada por una serie de
cualidades, precisamente, las femeninas, que la dotan mejor
que a los hombres para ejercer el mando y organizar a las
sociedades, se está aceptando tácitamente que la
mujer antes que tolerante, reflexiva y compasiva, más
débil, indecisa, complaciente.
Esa idea, además de estar equivocada entraña una
contradicción flagrante porque además de acentuar
los viejos prejuicios de género, inhabilitan de entrada
a las mujeres por una supuesta incapacidad intrínseca
para ejercer el gobierno o peor, la estimulan a conquistarlo
condenándola de antemano. Más aún, insiste
en una peor negación sobre las diferencias entre hombres
y mujeres cuando, en realidad, podemos ser distintos mas no
diferentes, porque la condición humana es una sola y
a pesar de las diferencias biológicas que antes que separarnos
nos complementan en una unidad a dos, somos iguales, igualitos
y por tanto estamos movidos por los mismos instintos, atavismos
y la misma propensión para la gloria como para la miseria.
Las diferencias que puede haber entre Bachelet y quien fuera
su contrincante en la campaña electoral, el señor
Sebastián Piñera, no respondían a sus respectivos
géneros y los resultados no se dieron con el triunfo
de ella porque fuera mujer. Las diferencias eran de carácter
ideológico, de propuestas (no obstante su curiosa similitud,
que no es este el tema) y de programas de gobierno.
Los chilenos votaron por Bachelet porque vieron en ella una
opción política más coherente. Ahora, no se
debe menospreciar tampoco los rasgos que la singularizan como
candidata y el hecho de que su condición de género
haya aportado una novedad y puesto a prueba el grado de decibeles
machistas entre los electores. Obviamente el resultado es
un claro indicador de que los prejuicios han ido desapareciendo
y que precisamente los pueblos consideran iguales a hombres
y mujeres a la hora de disputarse el poder, lo cual no quiere
decir que uno que otro haya tomado en cuenta la variable género
para hacer su escogencia.
Ejemplos en la historia sobran para demostrar que las mujeres
suelen ser tan o más implacables que los hombres
a la hora de tomar decisiones trascendentales y ahí están,
para citar sólo dos, los socorridos casos de la reina
Victoria de Inglaterra y de Margaret Thatcher. Pueden equivocarse
tan o más que los hombres y al mismo tiempo exhibir la
bondad o la crueldad según su carácter, su forma
de pensar y las circunstancias de su tiempo, pero no porque
sean especialmente buenas o singularmente malas. El sólo
hecho de que nos gobiernen no cambiará la historia porque
para bien o para desgracia de la humanidad las mujeres no
son ni mejores ni peores que los hombres. Sólo iguales.
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