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CARACAS, lunes 24 de abril, 2006 | Actualizado hace
 
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Una carrera contra el estereotipo

Acceder a puestos gerenciales no ha sido fácil para la mujer, entre la competencia laboral y la presión social

“Más allá de la capacidad intelectual y reconociendo las limitaciones de las generalizaciones, es diferente la actuación de un gerente si este es hombre o mujer”.
  NUEVOMEDIA
lunes 24 de abril de 2006  06:31 PM

Cira Romero Barboza*

Para quienes hoy desempeñamos cargos gerenciales en Venezuela, sorprende que la mujer gerente sea motivo de atención, dada la integración de la mujer a la fuerza laboral.

Sin embargo ello no significa ni la igualdad cultural entre ambos sexos en todos los estratos de nuestra sociedad ni el mismo estatus jurídico. La mujer gerente fue noticia quizás hace 30-35 años, cuando egresaban las primeras masters en Administración de Empresas del IESA e ingresaban a las empresas cargadas de herramientas y conocimientos que el común reconocía como atributos masculinos. Para aquellas que optaron por desarrollar una carrera gerencial el camino no fue fácil. Fue necesario superar obstáculos organizacionales, familiares y sociales. El estereotipo cultural asignaba para entonces a estas damas, de manera simultánea, el rol tradicional de ama de casa  y/o esposa y/o madre, además del reto de hacer una carrera gerencial rompiendo arquetipos y modelos. Recuerdo haber recibido críticas muy duras pues ¿cuándo podría ocuparme de mi casa e hijos, si me dedicaba de manera intensa a mi trabajo?

Otra lucha, aún no superada, fue la relativa a la igualdad en la remuneración. Siendo el mundo profesional y gerencial predominantemente masculino, la compensación femenina era discriminatoria bajo la premisa de que la mujer no era la responsable por la manutención del hogar y por tanto el salario masculino debía ser superior.

Si bien la lucha por la igualdad en el posicionamiento profesional y la remuneración  son hoy parte de la cotidianidad, lo interesante son las similitudes y diferencias en el desempeño gerencial entre la mujer o el hombre gerente, y si hay determinadas actividades gerenciales para las cuales la condición de género podrían establecer preferencias entre uno u otro.

Entre los innumerables conocimientos agregados durante los últimos 30-35 años, destaca la diferenciación entre las categorías de nuestra inteligencia. Hoy nos referimos a la inteligencia en forma desagregada: social, emocional e  intelectual. No hay duda sobre la igualdad de la inteligencia intelectual entre hombres y mujeres, pero reconocemos diferencias en la inteligencia social y la emocional. La inteligencia social combina la educación familiar, personalidad biológica y las pautas culturales que comúnmente se atribuyen al comportamiento según la condición de hombre o mujer. La sociedad -la familia es parte de ella- predefine pautas de comportamiento sujetas a la diferenciación de género y ello forma nuestra inteligencia o desempeño social. De la misma forma, la inteligencia emocional, la manera como sentimos, procesamos y expresamos sentimientos; cómo sentimos y nos percibimos a nosotros mismos y con respecto a los demás; cómo esos sentimientos condicionan y determinan pautas de comportamiento y la manera como reaccionamos y nos relacionamos, predefine nuestro desempeño como adultos y como trabajadores. 

Así, independientemente de la igualdad en la capacidad intelectual y reconociendo las limitaciones de las generalizaciones, es diferente la actuación de un gerente si este es hombre o mujer. Ello puede o no ser relevante en función del cargo a desempeñar. 
La diferencia tiene que ver esencialmente con la manera como se lideran los grupos de trabajo; cómo se afrontan las dificultades; cómo se enfrentan los éxitos y los fracasos; cómo se apoya a los miembros del equipo que enfrentan cualquier adversidad y en general a los factores que se relacionan directamente con la inteligencia social y la emocional.

El rol esencial de un gerente es la adecuación de recursos al alcance de objetivos. Ello es altamente complejo, dada la variedad y características de los recursos; las múltiples combinaciones de estrategias que suponen los procesos de adecuación; y las variantes entre metas y objetivos, mediciones de resultados, porcentajes de alcances, redefinición de objetivos y tantos elementos cambiantes de la dinámica organizacional.

Si bien la combinación de recursos a gerenciar puede ser factorialmente inmensa, esencialmente se gerencian y lideran personas y es por ello que, en general, la condición de género puede hacer una diferencia. En ambientes de trabajo de altísimo estrés, con presiones por resultados inmediatos, cómo se aborde la parte humana del equipo de trabajo puede condicionar significativamente los resultados.  Así, en general, la mujer gerente tiende a ser más solidaria en la dimensión humana del trabajador; puede fácilmente colocarse en el lugar del otro frente a un problema familiar; puede acompañar afectivamente las necesidades de un miembro de su equipo. El hombre gerente suele ser más escindido en lo referente a lo humano y lo laboral; tiende a no querer conocer  la problemática individual de su equipo -posiblemente porque no está seguro de que pueda ayudar- y suele ser menos compasivo y solidario. Sin embargo, estas diferenciaciones están tamizadas por las políticas de la organización de que se trate y por las personalidades individuales.

En el ámbito laboral las diferencias de estilo gerencial están moduladas por las políticas de recursos humanos, por lo cual es indiferente la condición de género para la designación de un cargo gerencial. ¡Olvide el género en su oferta de empleo pero revise exhaustivamente sus políticas laborales!

(*) Analista y escritora

 

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