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CARACAS, lunes 24 de abril, 2006 | Actualizado hace
 
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Con el puño de su letra

En la literatura, las mujeres llevan un paso adelante

“No hay una literatura femenina, igual que no hay una literatura negra o una literatura francesa. Hay hombres, mujeres, negros y franceses que escriben, más nada”.
  NUEVOMEDIA
lunes 24 de abril de 2006  06:06 PM

Javier Brassesco

Cuando Joanne Katherine Rowling entregó a la imprenta por primera vez la historia de un huérfano que ella llamó Harry Potter, se le aconsejó que firmara sólo con sus iniciales, pues así los niños no tendrían tanto recelo al saber que la historia la había escrito una mujer.

Casi en el siglo XXI se repetía la historia de Richmal Crompton, autora de Guillermo Brown y cuya condición de mujer fue descubierta sólo después de su muerte, pues ella siempre "olvidó" colocar su nombre en los libros. O el de Isak Dinesen (autora del libro Memorias de Africa, que inspiró a la película que protagonizaron Robert Redford y Meryl Streep), quien en realidad era la baronesa Karen Christence Blixen-Finecke. O el de otra baronesa, Dudevant, cuyo verdadero nombre (Amandine Lucille) no dice nada a nadie pues pasó a la posteridad como George Sand. O el de Jane Austen, que firmaba sus libros como "Una dama". O el de la autora de una obra esencial en el modernismo literario (Solitude, 1905), Caterina Alberti Paradís, quien pasó a la historia como Víctor Catala. O las tres hermanas Bronte, Emily Charlotte y Anne, quienes firmaron sus obras como Ellis, Currer y Acton. La lista es infinita.

Ahora bien ¿puede hablarse de una literatura "femenina" con características propias? En general, cuando se utiliza ese término la gente suele pensar en obras como las de Corín Tellado: estilo directo, mínima descripción y énfasis en los avatares sentimentales de sus personajes. Textos puramente sensuales como los primeros que escribió Juana Dibarourou.

Pero la cosa no es tan fácil como pudiera parecer. El negrísimo humor de Emily Dickinson no es para nada "femenino", no en la acepción tradicional, como tampoco lo son los escabrosos versos de Juana Inés de la Cruz. Austen coincidió con el auge del movimiento romántico en la literatura inglesa, pero su obra, en donde siempre terminan felices los personajes moderados y racionales, tiene poco de romanticismo clásico.

Patricia Cornwell es una de las adalides actuales de la novela negra, que suele ser considerada un género masculino. Además Cornwell, tan famosa como su personaje, la médico forense Kay Scarpetta, se puede inscribir en otra categoría en donde las mujeres están de tú a tú con los hombres, y esa es la novela policíaca. Y si hay alguien escéptico en este punto, bastaría con que se le recordasen los nombres de dos "monstruos" como Agatha Christie y Patricia Highsmith. Los ensayos de Susan Sontag tienen una profundidad que no muchos hombres han alcanzado, y Marguerite Yourcenar escribió aforismos que recuerdan al mejor Cioran. Virginia Woolf, apenas dos años después de la publicación del Ulises de Joyce, dio toda una clase de monólogo interior y fluir de la conciencia en El cuarto de Jacob (1924). Casi trescientos años antes que ella, madame de Lafayette escribió La princesa de Cleves, una de las primeras obras de introspección psicológica. Frankenstein fue escrito por una mujer, Mary Shelley. De la rusa Ana Ajmátova siempre se dice que es una mezcla de tres hombres: Pushkin, Annensky y Dostoievski, nada menos. Y la audacia erótica de Alfonsina Storni la han tenido muy pocos hombres en la historia de las letras.

Y también se podrían encontrar ejemplos del otro lado: ¿Existe una obra más "femenina" que De profundis, de Oscar Wilde? De pronto alguien puede aducir que el preso de Reading era homosexual, y entonces podríamos hablar de El Principito, escrito por un hombre de acción, Antoine Saint Exupery, o de Werther, de Goethe, cumbre del romanticismo. Y pocos autores contemporáneos tienen la sensibilidad de Paul Auster. Pase: el norteamericano siempre escribe desde la perspectiva de un hombre (excepto en El país de las últimas cosas y en Tombuctú, cuando el que "hablaba" era un perro), pero recuérdese que fue Gustave Flaubert quien nos habló desde Madame Bovary.

Tal vez las diferencias, si las hay, nazcan de las experiencias de unos y otros, como creía Virginia Woolf: "La diferencia esencial no radica en que los hombres escriban sobre batallas y las mujeres sobre el nacimiento de los hijos, sino en que cada sexo se describe a sí mismo".

Pero no hay una literatura femenina, igual que no hay una literatura negra o una literatura francesa. Hay hombres, mujeres, negros y franceses que escriben, más nada. Y desde que en el siglo XII Hildebranda de Bingen firmara sus libros místicos, cada vez es menos raro ver autores femeninos. Por comodidad o por manía de poner etiquetas muchos hablan de "literatura femenina", pero nadie es en realidad capaz de afirmar con contundencia si un texto cualquiera ha sido escrito por un hombre o una mujer. Las cosas no son tan simples. Siempre se dice que el arte no tiene raza, y es verdad, pero tampoco tiene color ni mucho menos sexo.

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