En la literatura, las mujeres llevan un paso adelante
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Javier Brassesco
Cuando Joanne Katherine Rowling entregó a la imprenta
por primera vez la historia de un huérfano que ella llamó
Harry Potter, se le aconsejó que firmara sólo con
sus iniciales, pues así los niños no tendrían
tanto recelo al saber que la historia la había escrito
una mujer.
Casi en el siglo XXI se repetía la historia de Richmal
Crompton, autora de Guillermo Brown y cuya condición
de mujer fue descubierta sólo después de su muerte,
pues ella siempre "olvidó" colocar su nombre en los libros.
O el de Isak Dinesen (autora del libro Memorias de Africa,
que inspiró a la película que protagonizaron Robert
Redford y Meryl Streep), quien en realidad era la baronesa
Karen Christence Blixen-Finecke. O el de otra baronesa, Dudevant,
cuyo verdadero nombre (Amandine Lucille) no dice nada a nadie
pues pasó a la posteridad como George Sand. O el de Jane
Austen, que firmaba sus libros como "Una dama". O el de la
autora de una obra esencial en el modernismo literario (Solitude,
1905), Caterina Alberti Paradís, quien pasó a la
historia como Víctor Catala. O las tres hermanas Bronte,
Emily Charlotte y Anne, quienes firmaron sus obras como Ellis,
Currer y Acton. La lista es infinita.
Ahora bien ¿puede hablarse de una literatura "femenina"
con características propias? En general, cuando se utiliza
ese término la gente suele pensar en obras como las de
Corín Tellado: estilo directo, mínima descripción
y énfasis en los avatares sentimentales de sus personajes.
Textos puramente sensuales como los primeros que escribió
Juana Dibarourou.
Pero la cosa no es tan fácil como pudiera parecer. El
negrísimo humor de Emily Dickinson no es para nada "femenino",
no en la acepción tradicional, como tampoco lo son los
escabrosos versos de Juana Inés de la Cruz. Austen coincidió
con el auge del movimiento romántico en la literatura
inglesa, pero su obra, en donde siempre terminan felices los
personajes moderados y racionales, tiene poco de romanticismo
clásico.
Patricia Cornwell es una de las adalides actuales de la novela
negra, que suele ser considerada un género masculino.
Además Cornwell, tan famosa como su personaje, la médico
forense Kay Scarpetta, se puede inscribir en otra categoría
en donde las mujeres están de tú a tú con los
hombres, y esa es la novela policíaca. Y si hay alguien
escéptico en este punto, bastaría con que se le
recordasen los nombres de dos "monstruos" como Agatha Christie
y Patricia Highsmith. Los ensayos de Susan Sontag tienen una
profundidad que no muchos hombres han alcanzado, y Marguerite
Yourcenar escribió aforismos que recuerdan al mejor Cioran.
Virginia Woolf, apenas dos años después de la publicación
del Ulises de Joyce, dio toda una clase de monólogo interior
y fluir de la conciencia en El cuarto de Jacob (1924). Casi
trescientos años antes que ella, madame de Lafayette
escribió La princesa de Cleves, una de las primeras obras
de introspección psicológica. Frankenstein fue escrito
por una mujer, Mary Shelley. De la rusa Ana Ajmátova
siempre se dice que es una mezcla de tres hombres: Pushkin,
Annensky y Dostoievski, nada menos. Y la audacia erótica
de Alfonsina Storni la han tenido muy pocos hombres en la
historia de las letras.
Y también se podrían encontrar ejemplos del otro
lado: ¿Existe una obra más "femenina" que De profundis,
de Oscar Wilde? De pronto alguien puede aducir que el preso
de Reading era homosexual, y entonces podríamos hablar
de El Principito, escrito por un hombre de acción, Antoine
Saint Exupery, o de Werther, de Goethe, cumbre del romanticismo.
Y pocos autores contemporáneos tienen la sensibilidad
de Paul Auster. Pase: el norteamericano siempre escribe desde
la perspectiva de un hombre (excepto en El país de las
últimas cosas y en Tombuctú, cuando el que "hablaba"
era un perro), pero recuérdese que fue Gustave Flaubert
quien nos habló desde Madame Bovary.
Tal vez las diferencias, si las hay, nazcan de las experiencias
de unos y otros, como creía Virginia Woolf: "La diferencia
esencial no radica en que los hombres escriban sobre batallas
y las mujeres sobre el nacimiento de los hijos, sino en que
cada sexo se describe a sí mismo".
Pero no hay una literatura femenina, igual que no hay una
literatura negra o una literatura francesa. Hay hombres, mujeres,
negros y franceses que escriben, más nada. Y desde que
en el siglo XII Hildebranda de Bingen firmara sus libros místicos,
cada vez es menos raro ver autores femeninos. Por comodidad
o por manía de poner etiquetas muchos hablan de "literatura
femenina", pero nadie es en realidad capaz de afirmar con
contundencia si un texto cualquiera ha sido escrito por un
hombre o una mujer. Las cosas no son tan simples. Siempre
se dice que el arte no tiene raza, y es verdad, pero tampoco
tiene color ni mucho menos sexo.
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