En un mundo de hombres, las artes clásicas fueron bautizadas en honor a las hijas de Zeus
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Ana María Hernández
La música y la danza tienen nombre de mujer. Sus musas
respectivas, Euterpe y Terpsícore, hijas de Zeus, llevan
orgullosas la sensibilidad de su sexo. No en balde en castellano
nombramos en femenino a todas las musas, a las artes, la poesía,
la música, la comedia, la danza, la pintura, la arquitectura,
en síntesis, la belleza. Pese a todo ello no ha sido
fácil conquistar espacios para ella: ya que el hombre
decidió que el mundo lo conducía él, las directrices
erigidas por las mujeres no son fáciles de cumplir.
En el campo de la música, por ejemplo, sobran ejemplos
de talentos, como Teresa Carreño, Nannerl Mozart (la
hermana de Wolfgang Amadeus), Clara Schumann, Anna Magdalena
Bach, Alma Mahler. Sin embargo, no fue fácil para ellas,
al punto de que muchas quedaron sepultadas en el olvido.
Pese a todo, los signos de la contemporaneidad apuntan un
mayor despliegue y posibilidades de expresión del talento
femenino: la voz de la mujer se impone en muchas áreas,
la mirada femenina se toma en cuenta como punto de vista,
Venus cobra mayor fuerza en tanto arquetipo del inconsciente
colectivo, y aunque los movimientos feministas no tengan tanta
publicidad como en sus comienzos, aquellas pioneras de las
primeras décadas del siglo XX encuentran eco en seguidoras
actuales, y sonreirán satisfechas -estén donde estén-
porque sus esfuerzos y sacrificios rindieron resultados.
En estos años de comienzos del siglo XXI, cada vez más
la voz de las creadoras se hace sentir en campos como la música,
acaso territorio exclusivo para el hombre, especialmente en
ciertos aspectos, como en la dirección, la composición,
los arreglos, la ejecución instrumental.
Puede parecer a muchos que no hay diferencias entre estas
voces -la masculina y la femenina-, y sí, efectivamente
la hay, por una sencilla razón de Perogrullo: son dos
perspectivas de vida diferentes, son dos maneras de vivir
la vida, dos formas de enfrentar las experiencias mundanas
y, sin la menor duda, las espirituales. Hombre, fertilidad,
dador, fortaleza, padre. Madre, fertilizada, receptora, resistencia,
madre. Esta lista dicotómica da una idea de cuán
diferentes pueden ser las perspectivas que tenemos del mundo
los pertenecientes a uno u otro género.
Expresión y verdad
"Os aseguro que alguien se acordará de nosotras en el
futuro", dijo una vez la poetisa griega Safo de Lesbos, tres
mil años atrás. De ese tiempo a esta parte mucha
agua ha corrido bajo el puente. Distintas creadoras han buscado
mostrar sus inquietudes y necesidades expresivas. Aquellas
que lo lograron fueron excepcionales, y la primera que viene
a la memoria en la lejana antigüedad es la abadesa Hildegarda
de Bingen, consejera de varios papas en el siglo XII, la primera
persona que escribió un tratado medicinal en Occidente,
compositora, visionaria, mística y profundamente religiosa.
Otra mujer menos famosa fue Cristina de Pisa, escritora que
vivió en pleno Medievo, entre 1364 y 1430 aproximadamente.
Fue nada más y nada menos que la primera mujer que vivió
profesionalmente de lo que escribía, pues luego de quedar
huérfana de padre, viuda y además con tres hijos
pequeños, tuvo que defenderse en un mundo dominado exclusivamente
por los hombres.
En la actualidad, la directora y compositora argentina Marisol
Gentile señala que "en los últimos años han
sido redescubiertas a través de investigaciones recientes,
que llegaron a ubicar unas 5.000 compositoras, desde los tiempos
más remotos de la humanidad hasta este siglo". El centro
del problema es la visión androcentrista del mundo y,
particularmente, de la cultura; debido a que la fortaleza
física del hombre le impuso a la mujer resolver todo
lo marginal, lo secundario.
Agrega Gentile que los resultados de las investigaciones
ubican en el año 2450 antes de Cristo a la primera compositora
en el mundo, una cantante egipcia llamada Iti. "Entre los
árabes, tenemos a Jamila, quien condujo la primera orquesta
formada por 50 mujeres alrededor del año 720".
La maestra venezolana Isabel Palacios destaca su experiencia.
"Como artista he trabajado como un hombre. No he sentido nunca
las ventajas de ser mujer, a veces más bien son desventajas:
para dirigir una orquesta, aquí en Venezuela no es fácil.
Me tocó ser de las primeras que lo hizo, y eso no les
gusta mucho a los músicos. Hay un poco la costumbre
de que es el hombre quien dirige, y yo nunca quise ponerme
un flux ni un paltó levita femenino. Dirigí con
mi traje de mujer y no fue fácil".
Otra óptica presenta Mercedes Otero , compositora, guitarrista
y presidenta de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas.
Para ella es difícil hablar de su condición de artista
como mujer, "ahora que mis hijas están grandes, ya pasé
la edad del pastoreo. De repente dejé algunas cosas,
la orquesta es absorbente, es un trabajo de gestión cultural,
y hace cuatro años que no escribo una obra, me hace falta
hacerlo. Toco mi guitarra en defensa propia, y en ese sentido
esa cosa de la multiplicidad de la mujer nos hace posible
algunos logros, pero si nos descuidamos la factura no tarda
en llegar".
Se refiere a la dura decisión de restarle tiempo a los
hijos por el trabajo, por lo cual aparece "el fantasma de
la culpa. Pero siento que es un ejemplo para mis hijas. Porque
para mí la vida tiene sentido en función del colectivo,
un compromiso del devenir como artista, esa integridad como
si fuera un escape de mi mundo interior, es querer hacer exigencias
externas. Ese es el equilibrio".
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