La cuestión de géneros en la creación produce miradas encontradas
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Susana Benko*
A primera vista, el título de este artículo parece
decir que sí. En Venezuela, al menos en el ámbito
cultural venezolano, no suele clasificarse la obra de las
artistas en términos de un arte femenino o un arte feminista.
Pensamos en el arte como concepto universal, que indistintamente
considera a sus actores, masculinos o femeninos, como personas
creadoras en igualdad de condiciones. Así generalmente
se asume en la práctica profesional. Lo vemos en las
apreciaciones de la crítica y en los estudios existentes
que sobre el arte venezolano se han realizado. Hasta donde
tengo conocimiento, no se ha construido una historia del arte
de nuestro país que parta de esta categorización,
que dé lugar a una visión sustentada en el principio
de la diferencia: que el arte de las mujeres pudiera ser distinto
al de los hombres. Habría que definir primero -desde
una reflexión del arte mismo- basándose en qué
se sustenta esta diferencia. Tal vez no se ha historiado de
esta manera porque la discriminación entre ambos sexos
en nuestra realidad social no ha tenido los niveles de violencia
que tiene en otros países. Este asunto generalmente va
asociado con otras discriminaciones de orden político,
racial o cultural que existen de manera alarmante en esos
lugares.
El tema tiene planteamientos muy interesantes. Los movimientos
feministas que se han dado, especialmente en Estados Unidos,
han dejado marcas imborrables que aun, estemos identificados
o no con la categorización de un arte femenino y/o feminista,
son de mucho interés. Estos movimientos han tocado aspectos
sensibles que no pueden obviarse en el seno del arte contemporáneo.
Es una realidad, todavía vigente, la lucha de las llamadas
"minorías", grupo en el que se inserta a las mujeres.
Son voces fuertes que han trastocado no sólo temáticamente
sus producciones artísticas, sino que han exigido un
vuelco en la manera de historiar el arte. No se trata de simples
reclamos que estas "minorías" realizan con base en complejos
de inferioridad no resueltos. Se trata -más allá
de la denuncia de la represión social, sexual,
política o cultural que han sufrido las mujeres a lo
largo de la Historia- de otra cosa: poner en tela de juicio
o al menos someter a revisión conceptos hasta entonces
inalterables tales como "universalidad", "femenino universal",
"identidad femenina" y, por supuesto, el tema de los géneros.
En este último es que radican los calificativos de arte
femenino y arte feminista.
Toda catalogación por géneros puede ser útil
como medio de identificación o bien como herramienta
metodológica para la elaboración de un discurso.
Pero también es un recurso reduccionista. Digamos que
el pecado es catalogar mal. De hecho, uno de los aspectos
que ha hecho crisis en el seno de las posturas feministas
ha sido llegar a la conclusión de que el supuesto femenino
"universal" estaba creando un determinismo biológico.
Por lo tanto, derivó en una deformación tajante
de los verdaderos objetivos y valores buscados por algunos
de estos movimientos. No obstante, lo importante es haber
dado pie a la reflexión de la artista con respecto a
su propia realidad e identidad. Esto significa para muchas
de ellas tener mayor implicación con su contexto social
-aun cuando abstraerse sigue siendo una expresión válida-
y tratar temas que parten de su propia experiencia de manera
abierta, sin prejuicio, algunos francamente íntimos como
es el cuerpo femenino y su comportamiento biológico,
entre otros. Se pretendía "descolonizar el cuerpo femenino"
y utilizar la experiencia como una estrategia que, en tanto
que identidad colectiva, se convierte en una actividad intelectual
y una fuerza política. De esta manera queda justificado,
desde el punto de vista del feminismo, que las artistas son
creadoras de un nuevo género artístico. Así
como existieron los movimientos de vanguardia, llámese
cubismo, dadá o surrealismo, existe para ellas un arte
femenino o feminista.
La postura opuesta también es difícil: concebir
el arte como ente abstracto, de carácter universal que
implique al ser humano en su totalidad. En términos absolutos,
ello dejaría de lado las consideraciones contextuales
en las cuales se produce una obra y, por lo tanto, la comprensión
real del sistema de valores que la define. Esta se nos redimensiona
si conocemos tales valores. Dejando a un lado las posturas
feministas radicales, es sensato hablar de un arte hecho por
mujeres y conocer sus motivaciones, que catalogarlo y reducirlo
a un arte femenino o feminista. No todas las artistas están
interesadas en esto. Hacen arte por causas y búsquedas
distintas, ajenas a este asunto. Y ello forma parte de la
pluralidad y diversidad en los intereses.
Esta reflexión deja al descubierto varios aspectos de
consideración en lo que concierne al arte contemporáneo:
por un lado, éste permite conocer los valores pertinentes
de una época y puede servir como vehículo para la
denuncia y la transformación humana. De ello deriva la
noción de género artístico no como un resultado
formal sino construido a partir de un hecho social. En consecuencia,
se abre el debate a nuevas posturas teóricas y aparecen
este tipo de categorizaciones que derivan de este diálogo
entre arte y sociedad.
(*) Artista plástica
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