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CARACAS, lunes 24 de abril, 2006 | Actualizado hace
 
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Arte femenino. ¿Un asunto de conceptos?

La cuestión de géneros en la creación produce miradas encontradas

“No se ha construido una historia del arte de nuestro país que parta de esta categorización, que dé lugar a una visión sustentada en el principio de la diferencia”.
  NUEVOMEDIA
lunes 24 de abril de 2006  05:05 PM

Susana Benko*

A primera vista, el título de este artículo parece decir que sí. En Venezuela, al menos en el ámbito cultural venezolano, no suele clasificarse la obra de las artistas en términos de un arte femenino o un arte feminista. Pensamos en el arte como concepto universal, que indistintamente considera a sus actores, masculinos o femeninos, como personas creadoras en igualdad de condiciones. Así generalmente se asume en la práctica profesional. Lo vemos en las apreciaciones de la crítica y en los estudios existentes que sobre el arte venezolano se han realizado. Hasta donde tengo conocimiento, no se ha construido una historia del arte de nuestro país que parta de esta categorización, que dé lugar a una visión sustentada en el principio de la diferencia: que el arte de las mujeres pudiera ser distinto al de los hombres. Habría que definir primero -desde una reflexión del arte mismo- basándose en qué se sustenta esta diferencia. Tal vez no se ha historiado de esta manera porque la discriminación entre ambos sexos en nuestra realidad social no ha tenido los niveles de violencia que tiene en otros países. Este asunto generalmente va asociado con otras discriminaciones de orden político, racial o cultural que existen de manera alarmante en esos lugares.

El tema tiene planteamientos muy interesantes. Los movimientos feministas que se han dado, especialmente en Estados Unidos, han dejado marcas imborrables que aun, estemos identificados o no con la categorización de un arte femenino y/o feminista, son de mucho interés. Estos movimientos han tocado aspectos sensibles que no pueden obviarse en el seno del arte contemporáneo. Es una realidad, todavía vigente, la lucha de las llamadas "minorías", grupo en el que se inserta a las mujeres. Son voces fuertes que han trastocado no sólo temáticamente sus producciones artísticas, sino que han exigido un vuelco en la manera de historiar el arte. No se trata de simples reclamos que estas "minorías" realizan con base en complejos de inferioridad no resueltos. Se trata -más allá de la denuncia de la represión social, sexual,  política o cultural que han sufrido las mujeres a lo largo de la Historia- de otra cosa: poner en tela de juicio o al menos someter a revisión conceptos hasta entonces inalterables tales como "universalidad", "femenino universal", "identidad femenina" y, por supuesto, el tema de los géneros. En este último es que radican los calificativos de arte femenino y arte feminista.

Toda catalogación por géneros puede ser útil como medio de identificación o bien como herramienta metodológica para la elaboración de un discurso. Pero también es un recurso reduccionista. Digamos que el pecado es catalogar mal. De hecho, uno de los aspectos que ha hecho crisis en el seno de las posturas feministas ha sido llegar a la conclusión de que el supuesto femenino "universal" estaba creando un determinismo biológico. Por lo tanto, derivó en una deformación tajante de los verdaderos objetivos y valores buscados por algunos de estos movimientos. No obstante, lo importante es haber dado pie a la reflexión de la artista con respecto a su propia realidad e identidad. Esto significa para muchas de ellas tener mayor implicación con su contexto social -aun cuando abstraerse sigue siendo una expresión válida- y tratar temas que parten de su propia experiencia de manera abierta, sin prejuicio, algunos francamente íntimos como es el cuerpo femenino y su comportamiento biológico, entre otros. Se pretendía "descolonizar el cuerpo femenino" y utilizar la experiencia como una estrategia que, en tanto que identidad colectiva, se convierte en una actividad intelectual y una fuerza política. De esta manera queda justificado, desde el punto de vista del feminismo, que las artistas son creadoras de un nuevo género artístico. Así como existieron los movimientos de vanguardia, llámese cubismo, dadá o surrealismo, existe para ellas un arte femenino o feminista.

La postura opuesta también es difícil: concebir el arte como ente abstracto, de carácter universal que implique al ser humano en su totalidad. En términos absolutos, ello dejaría de lado las consideraciones contextuales en las cuales se produce una obra y, por lo tanto, la comprensión real del sistema de valores que la define. Esta se nos redimensiona si conocemos tales valores. Dejando a un lado las posturas feministas radicales, es sensato hablar de un arte hecho por mujeres y conocer sus motivaciones, que catalogarlo y reducirlo a un arte femenino o feminista. No todas las artistas están interesadas en esto. Hacen arte por causas y búsquedas distintas, ajenas a este asunto. Y ello forma parte de la pluralidad y diversidad en los intereses. 

Esta reflexión deja al descubierto varios aspectos de consideración en lo que concierne al arte contemporáneo: por un lado, éste permite conocer los valores pertinentes de una época y puede servir como vehículo para la denuncia y la transformación humana. De ello deriva la noción de género artístico no como un resultado formal sino construido a partir de un hecho social. En consecuencia, se abre el debate a nuevas posturas teóricas y aparecen este tipo de categorizaciones que derivan de este diálogo entre arte y sociedad.

(*) Artista plástica

 

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