Hernáiz, filósofa de
profesión y quizás la cara más visible del
movimiento local, junto con su compañera, Ana Rojas,
puntualiza que la pelea no es sólo por las lesbianas,
sino por todos los componentes de las minorías sexuales,
el colectivo GLBT (gays, lesbianas, bisexuales y transgéneros)
que juntos representan aproximadamente 25% de la población
mundial. "Somos casi 1.600 millones de seres humanos", señala
Elena "y si pateamos juntos el piso, el planeta tiembla",
indica, en clave maoísta.

"Las mujeres homosexuales viven en silencio, tanto propio como social y de las autoridades, pero un puñado de ellas lleva con orgullo una lucha por sus derechos"

Todos somos minoría
Elena no siempre fue una activista de los derechos de las
lesbianas. De hecho, llegó a casarse con un hombre, e
intentar tener un hijo, que perdió en el vientre; luego,
junto con su esposo, adoptó a un bebé, antes de
reconocer su diversidad y enamorarse de Ana, con la que ha
compartido dos décadas de vida. Hoy, Ana, Elena y el
hijo de ésta, Javier Eduardo, que ya tiene 22 años
y padece autismo, forman lo que se conoce como una familia
homoparental. Reconoce que la decisión de declararse
lesbiana fue dura: "No soy la primera ni la última. Pero
la presión social y familiar es fuerte".
El paso a activista de sus derechos, y los de otras minorías,
lo motivó su hijo. "Javier Eduardo padece autismo. Pero
además, es adoptado; ya forma parte de dos minorías.
Y además es hijo de dos lesbianas, o sea, ya pertenece
a otro grupo. Es decir, en una misma casa hay tantas categorías
que no terminaríamos de echar el cuento.
Que nuestra diversidad sea sexual, yo pregunto: ¿A quién
le importa si haces el amor con medias o sin ellas? Eso no
es problema de nadie". Por ello, su fundación, aunque
centrada en los derechos de las lesbianas -fundamentalmente
a ser ellas mismas, y a tener la oportunidad de llegar a formar
parejas legalmente aceptadas- también se ocupa de los
derechos de cualquier minoría.
La Fundación tiene una página web, una emisora
de radio digital y un boletín, que distribuye periódicamente.
Todo sin ayuda, salvo una pequeña beca del exterior.
"Nos duele", afirma Elena, "que la mayoría de la gente
que colabora con nosotros sea heterosexual.
Aquí hay mucho miedo de manifestar lo que se es". Y
señala que en su programa de radio en Internet han escuchado
historias asombrosas, como la de una joven centroamericana
de 26 años que evaluaba ingresar en un convento porque
no podía asumir su lesbianismo. "Le dijimos: Hija, tienes
26 años, estás en el siglo XXI. ¡Sal del clóset!
Parece increíble, pero estas cosas siguen sucediendo".
Sutil venganza
Una de las pocas -quizás la única- que ha estudiado
el fenómeno local del lesbianismo es Gisela Kozak, profesora
de la Escuela de Letras de la UCV. En una ponencia próxima
a presentarse internacionalmente (El lesbianismo en Venezuela),
señala que en estos predios, como en el resto de Latinoamérica,
la Historia es sólo la historia oficial. Pero tiene giros
caprichosos, como el de Teresa de la Parra, la afamada escritora
de Ifigenia, novela llena de pasajes suavemente lésbicos,
sobre cuya sexualidad siempre se tejieron interrogantes que
nunca llegaron a las páginas de sus biografías.
"No deja de ser una ironía que los restos mortales de
tan peculiar mujer -aristocrática al estilo de Oscar
Wilde, homosexual como él- reposen en el Panteón
Nacional junto con Simón Bolívar y otras figuras
del duro y varonil procerato venezolano", señala Kozak.
En estos tiempos "bolivarianos" (coinciden Kozak y Hernáiz)
la actitud hacia la homosexualidad es laissez faire, o sea,
sin represión, pero sin ayuda.
En todo caso, indica la profesora, el movimiento lésbico
venezolano tiene menos de cinco años, y el número
de activistas por sus derechos se puede contar con los dedos
de una mano, en la que están Ana, Elena y la propia Gisela.
Y en lo inmediato de estas reivindicaciones, dos destacan
claramente: Lograr igualdad de derechos ante la ley y romper
el cerco social a las lesbianas: sobre todo, quebrar la autocensura
de la misma comunidad. "Casarnos no es un capricho",
indica Elena. "Ana no me puede heredar, no podemos compartir
un seguro médico ni adoptar otro hijo; no hay igualdad
de derechos, a pesar de que pagamos impuestos, somos ciudadanas
cómo cualquier otro. Es mi mujer, la mujer que amo. ¿Por
qué no puedo hacer esto? ¿Por algo que es privado?",
se pregunta.
Sobre el tema del silencio, señala la activista que
romperlo es más un complejo que una realidad. "A veces
andamos en la calle, Ana y yo, y algunos nos dicen: Ahí
van las dos raras que salen en televisión. Yo le
respondo: Sí, nosotras somos, qué tal, y les extendemos
la mano. Y nos la dan, y nos dicen que mucho gusto. Somos
nosotras las que tenemos que romper el tabú", afirma.
Y así, siguen con sus vidas. Quienes las rechazan, lo
hacen sin razones.