Asumir responsabilidades fuera del hogar obliga a revisar el panorama económico desde otro punto de vista
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Rosa
María Rey*
Viernes,
3:00 pm. Carlota, veinteañera, cuadra la rumba de la
noche. "Mis prioridades son peluquería y diversión.
Prefiero dejar de comer a dejar de salir... y estar bella".
Lina, cuarentona, química en un salón de belleza
y madre de una niña diabética. "Para mí lo
importante son las medicinas de mi hija, su comida y educación.
Sueño con comprarme una vivienda, pero el sueldo no me
alcanza".
Sonia, odontóloga, un hijo: "Mi esposo mantiene la casa
porque gana más, y yo pago la ropa y el colegio del nené.
Me encantaría comprarme vestidos todos los meses, pero
el niño tiene la prioridad".
¿Qué tienen en común estas mujeres de diferentes
edades y trayectorias? Que sus erogaciones de dinero están
orientadas a satisfacer necesidades de corto plazo, y eso
financieramente se considera gasto. ¿Qué las diferencia
de cualquier hombre? Que ellos, en general, invierten.
A estas alturas, alguna lectora se sentirá ofendida,
pues dirá que sólo compra lo necesario, y más
de un lector identificado, ya que por fin se le reconoce su
sentido de previsión; así que ¿cuál es
la diferencia entre esos conceptos? Simplemente el tiempo
de duración de lo que se está adquiriendo. En finanzas,
una inversión es una adquisición de un bien que
va a dar beneficios más de un año, es decir, a largo
plazo. Un gasto es un consumo de corto plazo. ¿Es mejor
el primero que el segundo? Aunque en la calle se dice que
sí, no siempre es cierto. ¿Comprar una casa es preferible
a comer todos los días? ¿Adquirir un carro tiene
prioridad sobre un tratamiento médico crónico?
Entonces, ¿por qué las mujeres tienden a pensar
a corto y no largo plazo? Por varias razones: llevan relativamente
poco tiempo en el mercado laboral y antes se dedicaban sólo
a atender la casa; ahora salen a trabajar... pero siguen siendo
las gerentes del día a día doméstico. Además,
tradicionalmente han delegado en sus parejas el manejo del
futuro, y porque en muchos casos las mujeres devengan sueldos
menores que los hombres, y después de pagar los gastos
mensuales... no sobra gran cosa.
Aunque existe una excepción: la casa es importante para
una mujer porque evolutivamente es el sitio donde se cobija
a los hijos y por tanto, una vez cubierto el día a día,
su gran ilusión es la posesión de una vivienda.
Y es de tal magnitud la adhesión a esa idea que cuando
una pareja se separa, él prefiere el efectivo y el carro,
y ella la casa y el mobiliario... lo cual genera otro problema.
Muchas veces la mujer se queda con un caserón insostenible
mientras que el hombre puede tener dinero suficiente para
adquirir algo más. Conclusión: antes de firmar los
papeles del divorcio, llore en un bar con su mejor amiga,
y luego, vendan las propiedades familiares y dividan el efectivo.
Entonces, ¿cómo puede una mujer pensar en el largo
plazo? No empiece todavía a comer chocolate para pasar
la depresión. Hay soluciones (financieras) a este problema,
y a continuación se presentan algunas de ellas.
Empecemos por el principio: Para poder invertir hay que tener
dinero excedentario, léase ahorros, y para eso hay que
generar ingresos mayores que gastos.
¿Cómo generar ingresos adicionales?
La primera alternativa es pedir un aumento de sueldo. Sí,
es obvio... y en general, no tan fácil de conseguir.
Otra, "matar tigres", cosa en la que hay que reconocer que
la mujer venezolana es una suprema experta en el área:
vender tortas caseras, cosméticos, bisutería o ropa
en el trabajo...
Una más: comprar bienes que generen renta, tales como
adquirir un inmueble y alquilarlo. Tenga siempre claro que
si el único fin es "engordarlo", le va a generar gastos
(condominio y demás), y no va a dar para pagar el mercado
semanal.
Y no, las joyas no suelen ser una buena inversión; tampoco
las vajillas costosas o una licuadora con diseño de autor.
Cómprelas por placer; disfrace la adquisición con
cualquier argumento financiero, pero tenga en cuenta que si
llega a necesitar el dinero, en Venezuela es difícil
calcular un precio de venta adecuado y más aún encontrar
quién las compre.
¿Cómo
disminuir gastos?
¿Esto parece aún más difícil que la anterior,
verdad? Bueno, no acuda a un "reconstituyente espirituoso"...
aún. Una sugerencia: Haga un presupuesto de gastos.
Sí, ya sabemos, lo tiene en la cabeza, pero en papel
queda más claro, y siempre hay algo que se puede mejorar.
Por ejemplo, ¿necesita las cuatro tarjetas de crédito
y pagar las cuotas de renovación de todas? Si pide un
aumento del cupo, ¿no bastaría con dos?
Así que haga un presupuesto, fíjese metas financieras,
y tome en cuenta que "no se puede tener todo en la vida".
Léase: si "necesita" una liposucción, no puede ir
a un gimnasio caro.
Con los niños en un colegio bilingüe, los muebles
tienen que durar más de un año (a menos claro, que
esté casada con un jeque árabe, y si fuera así
no estaría viviendo en Venezuela). Entonces decida usted
qué es lo prioritario en su vida y a partir de ahí
distribuya sus gastos.
Y siempre tenga en cuenta, estimada amiga, que los príncipes
adinerados son una especie en extinción, y en la vida
real no queda más remedio que asumir que depende de uno
mismo la generación del bienestar personal. ¡Fíjese
metas financieras y trate de cumplirlas!
(*) Profesora del Centro de Finanzas del IESA
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