Una fama internacional ha terminado por generar un estereotipo de belleza que no existe del todo
|
|
Leoncio Barrios*
Las mujeres venezolanas tienen fama de bellas. Esa fama no
sólo ha sido dada por los sucesivos éxitos en los
diversos concursos internacionales de belleza sino también
por lo que se puede ver cotidianamente en las calles, en el
metro, en los centros comerciales, en los salones de clase
y en cualquier otro sitio donde se encuentren mujeres venezolanas
de cualquier clase social, raza y edad.
La fama de bellas de las venezolanas ha producido en
el exterior el estereotipo de que todas son así, y aunque,
desafortunadamente, esto no es verdad, también se piensa,
tanto afuera como aquí, que hay una obsesión colectiva
porque así sea. De allí se deriva el imaginario
de que las mujeres venezolanas tienen como preocupación
central de sus vidas alcanzar los patrones estéticos
impuestos por los medios de comunicación, en general,
y los concursos de belleza, en particular. Esto, por supuesto,
tampoco es así, a pesar de lo abarrotados que pueden
estar los gimnasios, las peluquerías, la alta demanda
de las cirugías plásticas y las ventas de los artificios
que resalten esas dotes físicas.
Un paseo por cualquier centro comercial nos puede llevar
a esa conclusión. El obvio cuido de la inmensa mayoría
de las mujeres en la forma de vestirse, peinarse, maquillarse
y, por supuesto, en la atención que prestan al cuerpo,
y el orgullo con el que muestran los senos y los glúteos
(muchos de evidente artificialidad), nos dice que estamos
en un lugar singular. Y no porque sea este el único lugar
del mundo donde se puede ver un paisaje humano con estas características,
ya que en Sao Paulo, Bogotá, Milán o cualquier ciudad
de Estados Unidos, es posible verlo. La diferencia está
en lo que se llama el "no sé qué" de las venezolanas.
Un "no sé qué" que se pone de manifiesto en la
expresión corporal, en el mirar, el sonreír
y, sin duda, el caminar. Ellas, aquí, lo hacen con un
ritmo único, no necesariamente aprendido en clases de
pasarela, sino que es parte de la maravillosa herencia cultural
, legado la negritud, en excelente mezcla con la cadencia
indígena y el salero español.
Todo eso se sintetiza en una sensualidad, un swing natural,
que forma parte de una manera de comportarnos (no sólo
las mujeres), absolutamente seductora, sin que necesariamente
implique objetivos eróticos, sino simplemente se es así.
Parte de ese panorama es el que uno observa en los pasillos
de los centros comerciales, en las compañeras de trabajo,
en las vecinas, las amigas o familiares: la pasión por
el bisturí estético y cualquier otro tipo de intervención
que pueda contribuir a verse mejor físicamente, ser más
atractiva y con ello la fantasía de ser aceptada y querida
por los demás. Esto pudiera ser conveniente para aspectos
como la autoestima, la imagen corporal e inclusive para la
salud física y mental, pero se problematiza cuando se
convierte en la razón fundamental de la vida, se realiza
compulsivamente y más que amor hacia sí misma puede
expresar dificultades hacia su propio cuerpo e inclusive ser
una forma de autoagresión por no aceptarse como es.
Nuestra sociedad tiene una alta responsabilidad en esto y
particularmente los medios de comunicación, que lo hacen
saber cotidianamente: las únicas que tienen opción
de ser admiradas son las jóvenes de bello rostro y
90-60-90. Las otras son desechables. El himno de los medios
hacia las mujeres se titula "la eliminación de las feas".
Todo esto ha llevado a creer que vivimos en un país
de mujeres anoréxicas, que dejan de comer para mantenerse
delgadas; bulímicas, que vomitan para expulsar lo que
puede engordarlas y compulsivas con las dietas, ejercicios
y cirugías etéticas. Esto, junto a unas familias
afanadas para que sus hijas alcancen fama y dinero a través
de la belleza y una sociedad que presiona para que esto sea
así, sancionando a todas aquellas que no lo logran y
convirtiéndolas en grandes fracasadas sociales.
Un periodista británico con quien hablaba sobre el tema
quería convencerme de que en Venezuela esto era así,
que este es un país de bellas obsesivas, especie de Frankenstein
femenino y tropical, que las familias, la sociedad venezolana
las inducía a eso. Existen algunas, no hay duda,
quizás muchas, que son de esa manera y que pagan muy
alto el costo de lograr el estándar de belleza -le dije-
pero también puedo decir que muchísimas de esas
familias que invierten y sueñan en tener una hija bella,
hacen lo mismo para que estudie, sea trabajadora, responsable
y exitosa en otros planos de la vida. Por supuesto, tenía
hechos para demostrárselo.
Aquella fue una oportunidad para combatir otras creencias
que terminan de formar el estereotipo de la mujer venezolana
y es que como bellas, deberían ser brutas, vacías,
superficiales y, para colmo, desgraciadas (por aquello de
que la suerte de las feas las bonitas la desean…) y si bien
hay muchas así, no todas lo son.
En las aulas universitarias de Venezuela, en las salas de
reuniones de importantes empresas, en las calles de las zonas
industriales y en los actos políticos, tanto del Gobierno
como de la oposición, se pueden encontrar rostros y cuerpos
de bellas mujeres que participan, piensan y deciden sobre
importantes asuntos y nos ayudan, en la práctica, a romper
con parte del estereotipo.
(*) psicólogo social
de EL UNIVERSAL. Si no lo eres, Regístrate aquí
El Universal no se hace responsable por las opiniones emitidas en este espacio. Los comentarios aquí publicados son responsabilidad de quién los escribe.
El Universal no permite la publicación de mensajes anónimos o bajo seudónimos.
El Universal se reserva el derecho de editar los textos y de eliminar aquellos que utilicen un lenguaje no apropiado y/o que vaya en contra de las leyes venezolanas.
Lo más...
Cómo anunciar |
Suscripciones |
Contáctenos |
Política de privacidad
Términos legales |
Condiciones de uso |
Mapa del Sitio |
Ayuda
El Universal - Todos los derechos reservados 2011

