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CARACAS, lunes 24 de abril, 2006 | Actualizado hace
 
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¿Bellas por obligación?

Una fama internacional ha terminado por generar un estereotipo de belleza que no existe del todo

“La fama de bellas que acompaña a las venezolanas ha producido la creencia en el exterior de que todas son así... también se piensa, incluso aquí, que hay una obsesión colectiva porque así sea”.
  NUEVOMEDIA
lunes 24 de abril de 2006  08:12 PM

Leoncio Barrios*

Las mujeres venezolanas tienen fama de bellas. Esa fama no sólo ha sido dada por los sucesivos éxitos en los diversos concursos internacionales de belleza sino también por lo que se puede ver cotidianamente en las calles, en el metro, en los centros comerciales, en los salones de clase y en cualquier otro sitio donde se encuentren mujeres venezolanas de cualquier clase social, raza y edad.


La  fama de bellas de las venezolanas ha producido en el exterior el estereotipo de que todas son así, y aunque, desafortunadamente, esto no es verdad, también se piensa, tanto afuera como aquí, que hay una obsesión colectiva porque así sea. De allí se deriva el imaginario de que las mujeres venezolanas tienen como preocupación central de sus vidas alcanzar los patrones estéticos impuestos por los medios de comunicación, en general, y los concursos de belleza, en particular. Esto, por supuesto, tampoco es así, a pesar de lo abarrotados que pueden estar los gimnasios, las peluquerías, la alta demanda de las cirugías plásticas y las ventas de los artificios que resalten esas dotes físicas.


Un paseo por cualquier centro comercial  nos puede llevar a esa conclusión. El obvio cuido de la inmensa mayoría de las mujeres en la forma de vestirse, peinarse,  maquillarse y, por supuesto, en la atención que prestan al cuerpo, y el orgullo con el que muestran los senos y los glúteos (muchos de evidente artificialidad), nos dice que estamos en un lugar singular. Y no porque sea este el único lugar del mundo donde se puede ver un paisaje humano con estas características, ya que en Sao Paulo, Bogotá, Milán o cualquier ciudad de Estados Unidos, es posible verlo. La diferencia está en lo que se llama el "no sé qué" de las venezolanas.


Un "no sé qué" que se pone de manifiesto en la expresión corporal, en el mirar,  el sonreír y, sin duda, el caminar. Ellas, aquí, lo hacen con un ritmo único, no necesariamente aprendido en clases de pasarela, sino que es parte de la maravillosa herencia cultural , legado la negritud, en excelente mezcla con la cadencia indígena y el salero español. 
Todo eso se sintetiza en una sensualidad, un swing natural, que forma parte de una manera de comportarnos (no sólo las mujeres), absolutamente seductora, sin que necesariamente implique objetivos eróticos, sino simplemente se es así.


Parte de ese panorama es el que uno observa en los pasillos de los centros comerciales, en las compañeras de trabajo, en las vecinas, las amigas o familiares: la pasión por el bisturí estético y cualquier otro tipo de intervención que pueda contribuir a verse mejor físicamente, ser más atractiva y con ello la fantasía de ser aceptada y querida por los demás. Esto pudiera ser conveniente para aspectos como la autoestima, la imagen corporal e inclusive para la salud física y mental, pero se problematiza cuando se convierte en la razón fundamental de la vida, se realiza compulsivamente y más que amor hacia sí misma puede expresar dificultades hacia su propio cuerpo e inclusive ser una forma de autoagresión por no aceptarse como es.


Nuestra sociedad tiene una alta responsabilidad en esto y particularmente los medios de comunicación, que lo hacen saber cotidianamente: las únicas que tienen opción de ser admiradas son las jóvenes de bello rostro y  90-60-90. Las otras son desechables. El himno de los medios hacia las mujeres se titula "la eliminación de las feas".


Todo esto ha llevado a creer que vivimos en un país de mujeres anoréxicas, que dejan de comer para mantenerse delgadas; bulímicas, que vomitan para expulsar lo que puede engordarlas y compulsivas con las dietas, ejercicios y cirugías etéticas. Esto, junto a unas familias afanadas para que sus hijas alcancen fama y dinero a través de la belleza y una sociedad que presiona para que esto sea así, sancionando a todas aquellas que no lo logran y convirtiéndolas en grandes fracasadas sociales. 


Un periodista británico con quien hablaba sobre el tema quería convencerme de que en Venezuela esto era así, que este es un país de bellas obsesivas, especie de Frankenstein femenino y tropical,  que las familias, la sociedad venezolana las inducía a eso.  Existen algunas, no hay duda, quizás muchas, que son de esa manera y que pagan muy alto el costo de lograr el estándar de belleza -le dije- pero también puedo decir que muchísimas de esas familias que invierten y sueñan en tener una hija bella, hacen lo mismo para que estudie, sea trabajadora, responsable y exitosa en otros planos de la vida. Por supuesto, tenía hechos para demostrárselo.


Aquella fue una oportunidad para combatir otras creencias que terminan de formar el estereotipo de la mujer venezolana y es que como bellas, deberían ser brutas, vacías, superficiales y, para colmo, desgraciadas (por aquello de que la suerte de las feas las bonitas la desean…) y si bien hay muchas así, no todas lo son.


En las aulas universitarias de Venezuela, en las salas de reuniones de importantes empresas, en las calles de las zonas industriales y en los actos políticos, tanto del Gobierno como de la oposición, se pueden encontrar rostros y cuerpos de bellas mujeres que participan, piensan y deciden sobre importantes asuntos y nos ayudan, en la práctica, a romper con parte del estereotipo.


(*) psicólogo social


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