En la tercera edad, la aceptación o no de este momento de la vida es una decisión individual
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Elkis Bejarano Delgado
Cuando Margott Bertorelli cumplió 47 años comenzó
a sentir un extraño y permanente calor en el cuerpo.
Se dio cuenta de que había comenzado su menopausia, por
lo que intentó entender cada una de las nuevas sensaciones
y sentimientos que aparecieron sin razón aparente. "Todo
fue cuestión de conocer qué estaba pasando. Sabía
lo que era, por lo que no batallé en su contra. Fui paciente
y esperé hasta que pasara. Ese fue el inicio de una nueva
manera de vivir, porque luego me jubilé. Fue como una
pérdida, por lo que me inscribí en talleres de manualidades,
y me fui de viaje. Todo comenzó a ser distinto".
El duelo al que hace referencia Bertorelli lo describe el
filósofo León Febres Cordero como la pérdida
que sufre una persona cuando le quitan su "qué hacer".
Y ese "qué hacer" es el que le da sentido a la vida durante
tantos años y que se transforma en la plataforma de relaciones
laborales y sociales. Ese que determina hasta la razón
de vida, y que es lo más difícil de recuperar.
Ahora, cuando Margott tiene 68 años, le ha sacado provecho
a su tercera edad y disfruta de las pocas ventajas que dan
en algunos lugares como el metro, el cine, el teatro y los
bancos. "Aprendí a vivir de otra manera. Entendí
el porqué estaba más lenta y tenía menos destrezas.
No hago cola en los bancos, pago la mitad de la entrada en
algunos sitios. Siempre pregunto si hay descuentos o preferencias
para nosotros. Fue como traspasar una puerta con dos opciones:
deprimirme o disfrutarlo".
Margott explica que antes siempre tenía dinero y hasta
prestaba a sus hijos y a su esposo. Pero esta abundancia económica
mermó junto a su empleo, por lo que intentó buscar
trabajo, pero a los pocos meses se dio cuenta de que no encontraría
un empleo formal. "Me dediqué a labores que pudiera hacer
en mi casa, como pasteles y vender desayunos, pero me cansé
de tanta responsabilidad".
Según el psicólogo clínico José Manuel
Molina, las mujeres profesionales que dejan de trabajar, bien
sea por jubilación o por imposibilidad física, viven
un proceso que pasa por el duelo, con la posterior adaptación
a un nuevo estilo de vida. "Las consecuencias inmediatas
de sentir que se está en la tercera edad pueden ser depresión
y ansiedad, que vienen acompañadas por un deterioro físico
y mental. En ese momento la mujer puede comenzar a sentirse
vieja, porque se aleja de sus funciones sociales y pierde
capacidad física".
Resalta que las profesionales tienen dificultad para la adaptación
a un nuevo tipo de vida, unas nuevas funciones y nuevas necesidades
que surgen a raíz de la jubilación o la pérdida
del trabajo. La persona tiene que ajustarse a un nuevo estilo
de vida para el que no está preparada. Asegura que influye
más el cambio social o cuando se pierde la rutina de
trabajo.
"También se deprimen cuando deben hacer mudanzas, es
decir, no pueden mantenerse por sí solas, y deben ir
a vivir a casa de un hijo o un familiar por condiciones económicas.
Es muy difícil para una persona que siempre ha sido independiente
y profesional encontrarse en un plano donde necesita a alguien
para subsistir".
Molina asegura que la aceptación o no de la tercera
edad es un proceso individual, porque depende de las herramientas
que posean las personas para evitar esos sentimientos. "Es
imposible que la gente no se sienta afectada, pero su recuperación
dependerá de las otras alternativas que tenga para seguir
viviendo. Es decir, de pasatiempos, actividad física,
buena alimentación, integración en grupos sociales
y otras variantes que den alternativas".
La continuidad de la vida laboral de las mujeres de la tercera
edad depende del nivel y tipo de instrucción. El experto
en recursos humanos profesor Rafael García Casanova asegura
que a pesar de no tener investigación en el tema su experiencia
le indica que las mujeres empleadas en los sectores privado
y público a los 60 o 65 años se jubilan, y se van
a su casa o montan un negocio particular. "Las mujeres profesionales
en el libre ejercicio al llegar a la edad de los sesenta algunas
sí se retiran, pero muchas abogadas, ingenieras, médicos,
psicólogas, farmacéuticas y educadoras continúan
ejerciendo. Empleadas en compañías públicas
y privadas se retiran a su casa o se convierten en asesoras,
y otras estudian carreras diferentes de tipo humanístico".
Esta opción de estudiar otra profesión es una de
las recomendaciones en que coinciden el psicólogo Molina
y la médica geriatra Dolores Penas, quien señala
que una de las maneras de evitar el envejecimiento es mantener
la actividad mental. "El envejecimiento es universal e individual,
porque a pesar de que le sucede a todas las mujeres, cada
una lo vive de manera distinta, por lo que no hay un esquema
fijo, sino que cada quien tiene su forma de envejecimiento.
Este se inicia cuando cesa el funcionamiento de los ovarios,
lo que lleva consigo la disminución del estrógeno,
y los órganos "estrógeno-dependientes" comienzan
a afectarse. Tal es el caso de la piel, el corazón, los
huesos y la parte genital".
Explica Penas que comienzan las alteraciones en la
estructura de la piel por lo que hay cabida para las arrugas,
hay un cambio en las arterias por lo que se comienza a ser
más propensa a las enfermedades cardíacas. "Otra
de las capacidades que perdemos es la agudeza visual, por
lo que es la etapa ideal para dejar de trabajar".
Margott señala que un día cruzó una puerta
que le ofrecía dos salidas. "Era quedarme en la depresión
y sentirme vieja; o salir, hacer cosas, hacer ejercicios,
ir al cine. Seguir viviendo y adaptándome a mi nueva
vida".
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