Pese al legítimo deseo, la venezolana de este joven siglo XXI no ha cambiado tanto como parece
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Gioconda Espina*
Una aclaratoria previa: género no es sinónimo de
sexo. El género implica a los sexos, no es lo mismo que
sexo. Género es una relación -desigual e inequitativa
por cierto- entre hombres y mujeres. Dado que esta definición
rápida de género colocada por las feministas de
la igualdad en las agencias internacionales es considerada
excluyente por quienes son parte de las diversidades, habría
que precisar aquí que, en lugar de género, deberíamos
hablar de géneros, para incluir a las relaciones -también
desiguales e inequitativas- entre las personas en razón
de su sexo, orientación sexual, etnia, edad, pertenencia
de clase y cualquier otra característica que las
identifique socialmente.
Hablemos entonces del género en Venezuela, esto es del
lugar y los roles de las venezolanas a comienzos del siglo
XXI, que no cambiaron tanto como pareciera durante
el siglo pasado. Lugar y roles que nunca fueron los mismos
para mujeres y hombres en una hipotética arcadia wayúu
o warao, como pretenden algunos desinformados. De hecho,
no hay registro alguno que permita decir que hubo un tiempo
en que hombres y mujeres tuvieran los mismos derechos en alguna
parte. Lo que llamamos civilización ha sido desde el
comienzo una desigualdad entre los sexos y esa desigualdad,
fundada en las posibilidades de la mujer para alojar
en su cuerpo a su descendencia y luego alimentarla con su
propia leche, insiste en sostenerse hoy día, cuando
el planeta está más que suficientemente poblado
(aunque ciertamente está mal distribuida esa población
mundial) y la maternidad puede ser elegida, incluso
sin pasar por la relación con un hombre (vía adopción,
vía alguna de las nuevas tecnologías reproductivas).
El lugar de la mujer sigue siendo al frente de su familia
y de su casa, aunque ésta sea compartida y alquilada.
En cuanto a sus roles o funciones en ese lugar, están
derivados de la maternidad por la cual se la define como mujer.
Como madre, sigue siendo la responsable a diario de
que haya harina pan en la casa, del agua, del techo
de sus hijos y de sus viejos si los tiene vivos. Pero además,
y al contrario de las mujeres de la primera mitad del siglo
pasado, cada vez más han sido obligadas a
salir a la calle, porque sencillamente nadie puede mantener
un hogar con el sueldo mínimo del compañero o de
cualquier otra persona que trabaje en su grupo familiar.
Desde luego, me estoy refiriendo a la mayoría de las
venezolanas, es decir, a 80% de los pobres de todos los grados
cualquiera sea la escala de medición de la pobreza. No
al 20% restante que salimos a trabajar porque lo elegimos
o porque ya no es posible sostener la calidad de vida de la
familia con lo que la sosteníamos antes.
Es verdad que la doble jornada (administrando el hogar y
ganándose un salario) hoy es más visible y
muy respetada, al contrario de lo que pasaba antes del año
58, pero con visibilidad y respeto no se pagan cuentas. Ni
se resuelve ni se compensa la explotación extrema
de las mujeres más pobres de las ciudades grandes del
país. Y no se resolverá ni compensará hasta
que se instale en la conciencia de cada uno y cada una que
el trabajo doméstico sobre el que se monta el trabajo
asalariado de todo el grupo familiar no es competencia exclusiva
de las mujeres, pues todos los del grupo toman agua y se bañan
y comen alimentos que deben lavarse; todos requieren ropa
limpia; todos requieren techo para dormir y guarecerse al
retorno de la escuela o del trabajo. En la Constitución
del 99 se previó en el Art. 88 el pago de una pensión
a las amas de casa sin seguridad social alguna que hayan alcanzado
la edad de jubilación al frente de su hogar. Ese artículo
fue recogido en el Art. 17 de la Ley Orgánica de Seguridad
Social de 2002 y por la Ley de Servicios Sociales de 2005,
pero falta el decreto para que el beneficio sea otorgado con
objetividad y no por simpatía de las beneficiarias con
el llamado proceso, que es lo que acaba de decretar el Presidente.
Una última observación a propósito de la sobrecarga
de trabajo de las mujeres más pobres de la mayoría
pobre de Venezuela y que no han llegado a la edad de jubilación.
A pesar de todo el cansancio y las frustraciones, las mujeres
heterosexuales desean ser deseadas por los hombres, así
que todas sacan unas horas de la semana para encajar
en el modelo de mujer deseable que promueven los medios
de comunicación a los cuatro vientos. Ellas y ellos son
manipulados por el estándar de belleza femenina a la
que se someten unas y otros, sólo que en posiciones diferentes:
ellos como sujetos deseantes, que eligen (independientemente
de que sean feos, gordos, etc); ellas, como objetos del deseo
de ellos.
No creo que alguna tenga tiempo para leer las próximas
líneas pero igual quiero rendir homenaje a las
mujeres pobres que viven en los cerros de la ciudad, los Valles
del Tuy, Barlovento y Vargas pero trabajan en el valle de
Caracas. Desde mi balcón frente a la parada, las
veo trepándose a un bus atestado, cargadas de bolsas
de mercado. Puedo imaginarme su jornada de trabajo en casa
ajena o con un jefe amargado o vendiendo en las calles cuidándose
de rateros, policías abusadores, conductores salvajes,
lluvias, ventoleras y solazos inclementes, sin saber de los
hijos y los viejos y sin saber con qué van a encontrarse
al llegar: una gripe, una nevera vacía, ropa que lavar,
otro deslizamiento.
(*) Gioconda Espina es coordinadora
del Area de Estudios de la Mujer, Faces , UCV
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