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“La igualdad de derechos y oportunidades no requiere una misma identidad ni exige la eliminación de las diferencias... Sólo el respeto a la diversidad es garante de la equidad”
El argumento continuó como hilo conductor del feminismo
en el siglo XX. En un polémico ensayo leído ante
la Sociedad de Artes de Cambridge, en 1928, la escritora inglesa
Virginia Woolf afirmó que una mujer debía tener
una vivienda propia y dinero para poder disponer del
espíritu libre necesario para la creación cultural.
Según Woolf, "la libertad intelectual depende de cosas
materiales... Y las mujeres han sido siempre pobres, no durante
cien años solamente, sino desde el comienzo de los tiempos".
La transformación femenina debía comenzar con la
obtención de una propiedad y una renta anual mínima
en dinero efectivo. Esas primeras feministas no carecían
de razón. La asociación entre masculinidad y dominio
económico está en la base de la sociedad patriarcal
y es la moneda de cuenta del machismo. Una identidad colectiva
tan precaria que, para subir la autoestima del macho, necesita
rebajar e injuriar a la mujer, no se mantiene por sí
sola. Precisa un soporte: el atractivo económico.
"El dinero hace al macho". Algunos biólogos han visto en esto un vestigio del proceso
de evolución por selección sexual. En muchas especies
del reino animal, el macho da comida a la hembra como forma
de cortejo. En algunos tipos de mosca, el macho le entrega
a la hembra la presa de su caza antes de la cópula. Entre
los primates, las hembras tienen preferencia sexual por los
machos de alto rango capaces de protegerlas de los depredadores
y de otros grupos de hembras que compiten por alimentos. En
los humanos, la división sexual del trabajo especializó
al hombre en la guerra y la caza, actividades que, por
lo menos hasta la revolución de la agricultura, le dieron
una posición privilegiada. Al encargarse del suministro
de las proteínas entre carnívoros nómadas,
el macho descolló como proveedor de la especie. Esa imagen
parece haber permanecido en la base de la relación entre
los sexos durante gran parte de la historia humana. La solapada sexualidad monetaria es un caldero de conflictos
en la actualidad. En un mundo donde los atractivos económicos
han dejado de ser posesión exclusiva del hombre y donde,
según el ritmo que vemos, el orden probablemente se invertirá,
el machismo ha perdido uno sus principales soportes y han
quedado sin respaldo algunos patrones con que los hombres
construían su identidad. Estos cambios de psicología
colectiva no deben ser subestimados. Más allá de
las devastadoras guerras mundiales o de las grandes revoluciones
políticas, más allá de la globalización
o de las vertiginosas innovaciones en telecomunicaciones,
informática e ingeniería genética, el
fenómeno cultural más significativo desde el punto
de vista antropológico, el hecho social de mayor envergadura
en los tiempos contemporáneos, fue la abismal transformación
de la mujer en el siglo XX, la asombrosa mutación de
la psicología femenina que inevitablemente obliga a redefinir
lo masculino. La hembra del Homo sapiens es el ser vivo al
que más se le ha exigido y que más presión
ha soportado en la búsqueda de una nueva identidad. En un principio, la lucha por la igualdad de la mujer pretendió
borrar diferencias de género, desdibujar la red
de características fisiológicas, rasgos de personalidad,
patrones de comportamiento y símbolos que distinguían
los sexos. Hoy comprendemos que la igualdad de derechos y
oportunidades no requiere una misma identidad ni exige la
eliminación de las diferencias. Por el contrario, sólo
el respeto a la diversidad es garante de la equidad, la justicia
y la libertad. Pero para llegar a esta conclusión, se
requirió un esfuerzo científico para demostrar que
las diferencias entre sexos son demasiado conspicuas como
para poder obviarlas; que hay suficientes evidencias de la
superioridad de la mujer en habilidad verbal o del hombre
en agresividad pero que, además, las diferencias
hormonales entre los sexos no sólo implican distinciones
en el funcionamiento cerebral sino que constituyen la base
de reacciones emocionales y comportamientos más complejos
que definen las diferencias de género. A pesar de que
la discriminación de la mujer persiste en la mayor parte
del mundo, una nueva conciencia se ha apoderado de la humanidad.
Tanto hombres como mujeres tenemos elementos masculinos y
femeninos. Del desarrollo y diferenciación de ambos depende
la cooperación entre géneros y el progreso equilibrado
de la especie. (*) Psicólogo |




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