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CARACAS, lunes 24 de abril, 2006 | Actualizado hace
 
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La mutación del siglo XX

La competencia entre mujeres y hombres debería ser sustituida por la cooperación, la comunicación y la equidad

“La igualdad de derechos y oportunidades no requiere una misma identidad ni exige la eliminación de las diferencias... Sólo el respeto a la diversidad es garante de la equidad”
  NUEVOMEDIA
lunes 24 de abril de 2006  11:54 AM

 Axel Capriles*

"El amor es una guerra de sexos. Rivales implacables, el hombre y la mujer olvidan su hostilidad innata durante un corto lapso de vértigo y de ilusión para separarse de nuevo, más beligerantes que nunca en el combate. Pobres dementes que creéis sellar un pacto eterno entre dos enemigos, como si pudierais cambiar las leyes de la naturaleza".
Leopold Sacher-Masoch / "El legado de Caín"

En un influyente ensayo que marcó los inicios del feminismo en el siglo XIX, Harriet Taylor Mill, esposa del gran economista  John Stuart Mill, una mujer inválida que pasó casi toda su vida encerrada en su casa, llamó la atención sobre un hecho que hoy nos parece una verdad de perogrullo: el correcto desarrollo de la humanidad es imposible si la mitad de la población permanece en condición de sometimiento y dependencia, el progreso de la raza humana exige la emancipación de la mujer y la igualdad de sexos. Las reivindicaciones de las primeras feministas se enfocaron en el derecho a la propiedad y  la liberación económica, antes que en el voto u otros derechos sociales, porque consideraban que el dominio y la subyugación de la mujer eran consecuencias del monopolio de los empleos lucrativos y de la injusta apropiación del hombre de los medios de producción.


El argumento continuó como hilo conductor del feminismo en el siglo XX. En un polémico ensayo leído ante la Sociedad de Artes de Cambridge, en 1928, la escritora inglesa Virginia Woolf afirmó que una mujer debía tener una vivienda propia y  dinero para poder disponer del espíritu libre necesario para la creación cultural. Según Woolf, "la libertad intelectual depende de cosas materiales... Y las mujeres han sido siempre pobres, no durante cien años solamente, sino desde el comienzo de los tiempos". La transformación femenina debía comenzar con la obtención de una propiedad  y una renta anual mínima en dinero efectivo. Esas primeras feministas no carecían de razón. La asociación entre masculinidad y dominio económico está en la base de la sociedad patriarcal y es la moneda de cuenta del machismo. Una identidad colectiva tan precaria que, para subir la autoestima del macho, necesita rebajar e injuriar a la mujer, no se mantiene por sí sola. Precisa un  soporte: el atractivo económico. "El dinero hace al macho".


Algunos biólogos han visto en esto un vestigio del proceso de evolución por selección sexual. En muchas especies del reino animal, el macho da comida a la hembra como forma de cortejo. En algunos tipos de mosca, el macho le entrega a la hembra la presa de su caza antes de la cópula. Entre los primates, las hembras tienen preferencia sexual por los machos de alto rango capaces de protegerlas de los depredadores y de otros grupos de hembras que compiten por alimentos. En los humanos, la división sexual del trabajo especializó al hombre en la guerra y la caza, actividades que,  por lo menos hasta la revolución de la agricultura, le dieron una posición  privilegiada. Al encargarse del suministro de las proteínas entre carnívoros nómadas, el macho descolló como proveedor de la especie. Esa imagen parece haber permanecido en la base de la relación entre los sexos durante gran parte de la historia humana.


La solapada sexualidad monetaria es un caldero de conflictos en la actualidad. En un mundo donde los atractivos económicos han dejado de ser posesión exclusiva del hombre y donde, según el ritmo que vemos, el orden probablemente se invertirá, el machismo ha perdido uno sus principales soportes y han quedado sin respaldo algunos patrones con que los hombres construían su identidad. Estos cambios de psicología colectiva no deben ser subestimados. Más allá de las devastadoras guerras mundiales o de las grandes revoluciones políticas, más allá de la globalización o de las vertiginosas innovaciones en telecomunicaciones,  informática e  ingeniería genética, el fenómeno cultural más significativo desde el punto de vista antropológico, el hecho social de mayor envergadura en los tiempos contemporáneos,  fue la abismal transformación de la mujer en el siglo XX, la asombrosa mutación de la psicología femenina que inevitablemente obliga a redefinir lo masculino. La hembra del Homo sapiens es el ser vivo al que más se le ha exigido y que más presión ha soportado en la búsqueda de una nueva identidad.


En un principio, la lucha por la igualdad de la mujer pretendió borrar  diferencias de género, desdibujar la red de características fisiológicas, rasgos de personalidad, patrones de comportamiento y símbolos que distinguían los sexos. Hoy comprendemos que la igualdad de derechos y oportunidades no requiere una misma identidad ni exige la eliminación de las diferencias. Por el contrario, sólo el respeto a la diversidad es garante de la equidad, la justicia y la libertad. Pero para llegar a esta conclusión, se requirió un esfuerzo científico para demostrar que las diferencias entre sexos son demasiado conspicuas como para poder obviarlas; que hay suficientes evidencias de la superioridad de la mujer en habilidad verbal o del hombre en agresividad pero que, además,  las diferencias hormonales entre los sexos no sólo implican distinciones en el funcionamiento cerebral sino que constituyen la base de reacciones emocionales y comportamientos más complejos que definen las diferencias de género. A pesar de que la discriminación de la mujer persiste en la mayor parte del mundo, una nueva conciencia se ha apoderado de la humanidad. Tanto hombres como mujeres tenemos elementos masculinos y femeninos. Del desarrollo y diferenciación de ambos depende la cooperación entre géneros y el progreso equilibrado de la especie.


(*) Psicólogo

 

 

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