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La masculinidad o feminidad se extienden a todos los ámbitos del ser: desde el profundo significado de las diferencias físicas y su influencia en el amor corporal, hasta las diferencias psíquicas entre ambos y la forma diferente de expresar sus relaciones trascendentes. En efecto, hasta la última célula el cuerpo masculino es masculino y el femenino es femenino. Y aunque no se pueda constatar ningún rasgo psicológico o espiritual atribuible a sólo uno de los sexos, hay, sin embargo, características que se presentan con una frecuencia especial y de manera pronunciada en los varones, y otras en las mujeres. Probablemente nunca será posible decidir con exactitud científica lo que es "típicamente masculino" o "típicamente femenino" pues la naturaleza y la cultura, las dos grandes modeladoras, como han reconocido muchos estudiosos, están entrelazadas, desde el principio, muy estrechamente. Pero el hecho de que el hombre y la mujer experimenten el mundo de forma diferente, solucionen tareas de manera distinta, sienten, planeen y reaccionen de manera desigual, lo puede percibir y reconocer cualquiera sin necesidad de ninguna ciencia. Sin embargo, no hay blanco y negro en sus modos de percibir: hay una gran escala de grises y de sombras pero siempre desde su propia condición de hombre o mujer. Unidad vital En cada persona, hombre o mujer, se da una perfecta unidad
de cuerpo y espíritu y la corporalidad es una dimensión
humana propia porque se trata de un ser vivo. Pero cada vida
personal tiene historia además de biología, es decir,
no podemos separar la biografía de cada mujer de su biología.
La mujer es otro "yo" en la humanidad común, es más
que un ser vivo que pasa por las diferentes etapas del nacer,
crecer, alimentarse, reproducirse, enfermar y morir. Y esa
biografía personal es mucho más que el desarrollo
de su cuerpo. Cierto que parte de las disposiciones son de
dotación natural, genética. Pero en cada caso el
desarrollo de la vida personal influye en el desarrollo o
deterioro de la vida biológica. Esa unidad se manifiesta
especialmente intensa en aquellas dimensiones humanas que,
siéndolo, están a su vez intrínsecamente asociadas
a la corporalidad, como son la actividad cerebral, el mundo
de la afectividad o la actividad sexual. La identidad personal,
ser "alguien", es característica propia de la persona
humana. La vida que cada uno ha vivido define su identidad.
Cada mujer se experimenta a sí misma como un sujeto,
un "yo" que tiene su historia, que ha vivido una vida, que
no se pierde aun cuando una parte del organismo se sustituya
por la de otro o por una prótesis. Pero es importante subrayar que no todos los órganos
tienen el mismo significado. Y que algún tipo de manipulación
cerebral o sexual podría atentar contra la verdadera
identidad personal. Hoy se sabe bastante acerca de cómo las alteraciones
de determinadas áreas cerebrales o procesos neuronales
dificultan o impiden una determinada actividad intelectual,
volitiva o emocional; sin embargo, se conoce poco acerca de
cómo esos procesos permiten y son vehículo para
la mente, la libertad o la conciencia. "De hecho, como escribió
la doctora López Moratalla, no es infrecuente la pretensión
de explicar, en términos de genes o de áreas cerebrales
o de secreciones químicas, un determinado comportamiento
como por ejemplo la agresividad o la conducta homosexual.
En cierta medida estos planteamientos se basan en la extrapolación
de datos obtenidos con animales y que hacen referencia a los
cambios bioquímicos que tienen lugar en procesos de aprendizaje.
Es posible que como base molecular de la memoria se encuentren
cambios en la estructura de las moléculas, que "registran"
de alguna forma lo aprendido". La mirada biológica, por tanto, no existe realmente.
La única mirada verdaderamente humana es la del amor.
Y este amor puede ser tan específico como el amor del
médico que mira a la persona integralmente para sanarla
o el amor de amistad y de misericordia que comparte
alegrías y sufrimientos, o bien puede tener la fuerza
del amor erótico que conlleva la fuerza afectiva y pasional
y se dona al otro como expresión de un proyecto de vida
compartido. Con un mayor número de genes en sus cromosomas y una
genética más complicada, el cuerpo de la mujer muestra
claras diferencias con respecto al hombre. Organizado totalmente
para esa función totalizadora llamada maternidad, física
o espiritual -capacidad de acogida-, revela una estructura
más delicada. Las diferencias consideradas como un don se han enfrentado
a ciertos presupuestos, según los cuales toda persona,
libre de predeterminación biológica, podría
moldearse según le plazca. También hay quienes han
visto en estas diferencias la fuente de rivalidades, absurdas
rivalidades pero reales oposiciones, que cada vez veremos
en la vía de la armonía y la colaboración. |



