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CARACAS, lunes 24 de abril, 2006 | Actualizado hace
 
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La mirada humana

Con un mayor número de cromosomas, el cuerpo de la mujer muestra sus notables diferencias

  NUEVOMEDIA
lunes 24 de abril de 2006  11:19 AM

Jorge Cato David*

Dentro del amplio marco de la voz "género" me han sugerido profundizar en lo que podría reconocerse como  una mirada biológica a la mujer, o mejor, a las mujeres. Acepté el reto, no sin antes vislumbrar las dificultades que entraña el tema para un médico humanista, al que le resulta imposible mirar a una persona sólo desde un punto de vista biológico. Sin embargo, después de hacer varias puntualizaciones me atreveré a responder de una manera honesta a un tema tan complejo, dejándolo abierto para futuras puntualizaciones.


En primer lugar querría comentar el término "género", pues puede resultar equívoco al gran público. En la escuela aprendimos que "género" era una palabra utilizada en gramática y por algunas personas  que no querían usar la palabra sexo para identificar lo femenino y lo masculino. Sin embargo la llamada "perspectiva de género" o "enfoque de género" ha alcanzado en la actualidad otras connotaciones filosóficas, sociales, políticas y culturales de gran alcance que están llevando a miles de hombres y mujeres a argumentar contra cualquier enfoque que desconozca su círculo cerrado.

Identidad


Mujer y hombre son igualmente personas. Su dignidad no tiene relación con su biología o su sexualidad sino con esa condición espiritual y trascendente de la que ambos participan. Tanto el varón como la mujer tienen una interioridad propia, con la posibilidad de comprender el mundo, de ser creativos y de desarrollarse en libertad. La sexualidad habla a la vez de identidad y alteridad. Hombre y mujer tienen la misma naturaleza humana, pero la tienen de modo distinto, en cierto sentido se complementan y en su mutua relación uno hace al otro consciente de ser llamado a una comunidad en dos. Espiritual e intelectualmente el varón se complementa con la mujer y viceversa, también podría decirse que lo masculino se complementa con lo femenino. Sin embargo, sabemos que no se trata necesariamente de la relación entre un único varón y una única mujer, porque la reciprocidad humana se expresa en múltiples situaciones diversas de la vida, en una pluralidad polícroma de relaciones interpersonales, como las de la maternidad, la paternidad, la filiación y fraternidad, la colegialidad y amistad y tantas otras, que afectan contemporáneamente a cada persona. Angelo Scola en su obra ¿Qué es la vida? al hablar de este tema se refiere a una "reciprocidad asimétrica".


La masculinidad o feminidad se extienden a todos los ámbitos del ser: desde el profundo significado de las diferencias físicas y su influencia en el amor corporal, hasta las diferencias psíquicas entre ambos y la forma diferente de expresar sus relaciones trascendentes. En efecto, hasta la última célula el cuerpo masculino es masculino y el femenino es femenino. Y aunque no se pueda constatar ningún rasgo psicológico o espiritual atribuible a sólo uno de los sexos, hay, sin embargo, características que se presentan con una frecuencia especial y de manera pronunciada en los varones, y otras en las mujeres. Probablemente nunca será posible decidir con exactitud científica lo que es "típicamente masculino" o "típicamente femenino" pues la naturaleza y la cultura, las dos grandes modeladoras, como han reconocido muchos estudiosos, están entrelazadas, desde el principio, muy estrechamente. Pero el hecho de que el hombre y la mujer experimenten el mundo de forma diferente, solucionen tareas de manera distinta, sienten, planeen y reaccionen de manera desigual, lo puede percibir y reconocer cualquiera sin necesidad de ninguna ciencia. Sin embargo, no hay blanco y negro en sus modos de percibir: hay una gran escala de grises y de sombras pero siempre desde su propia condición de hombre o mujer.

Unidad vital


En cada persona, hombre o mujer, se da una perfecta unidad de cuerpo y espíritu y la corporalidad es una dimensión humana propia porque se trata de un ser vivo. Pero cada vida personal tiene historia además de biología, es decir, no podemos separar la biografía de cada mujer de su biología. La mujer es otro "yo" en la humanidad común, es más que un ser vivo que pasa por las diferentes etapas del nacer, crecer, alimentarse, reproducirse, enfermar y morir. Y esa biografía personal es mucho más que el desarrollo de su cuerpo. Cierto que parte de las disposiciones son de dotación natural, genética. Pero en cada caso el desarrollo de la vida personal influye en el desarrollo o deterioro de la vida biológica. Esa unidad se manifiesta especialmente intensa en aquellas dimensiones humanas que, siéndolo, están a su vez intrínsecamente asociadas a la corporalidad, como son la actividad cerebral, el mundo de la afectividad o la actividad sexual. La identidad personal, ser "alguien", es característica propia de la persona humana. La vida que cada uno ha vivido define su identidad. Cada mujer se experimenta a sí misma como un sujeto, un "yo" que tiene su historia, que ha vivido una vida, que no se pierde aun cuando una parte del organismo se sustituya por la de otro o por una prótesis.


Pero es importante subrayar que no todos los órganos tienen el mismo significado. Y que algún tipo de manipulación cerebral o sexual podría atentar contra la verdadera identidad personal.


Hoy se sabe bastante acerca de cómo las alteraciones de determinadas áreas cerebrales o procesos neuronales dificultan o impiden una determinada actividad intelectual, volitiva o emocional; sin embargo, se conoce poco acerca de cómo esos procesos permiten y son vehículo para la mente, la libertad o la conciencia. "De hecho, como escribió la doctora López Moratalla, no es infrecuente la pretensión de explicar, en términos de genes o de áreas cerebrales o de secreciones químicas, un determinado comportamiento como por ejemplo la agresividad o la conducta homosexual. En cierta medida estos planteamientos se basan en la extrapolación de datos obtenidos con animales y que hacen referencia a los cambios bioquímicos que tienen lugar en procesos de aprendizaje. Es posible que como base molecular de la memoria se encuentren cambios en la estructura de las moléculas, que "registran" de alguna forma lo aprendido".


La mirada biológica, por tanto, no existe realmente. La única mirada verdaderamente humana es la del amor. Y este amor puede ser tan específico como el amor del médico que mira a la persona integralmente para sanarla o el  amor de amistad y de misericordia que comparte alegrías y sufrimientos, o bien puede tener la fuerza del amor erótico que conlleva la fuerza afectiva y pasional y se dona al otro como expresión de un proyecto de vida compartido.


Con un mayor número de genes en sus cromosomas y una genética más complicada, el cuerpo de la mujer muestra claras diferencias con respecto al hombre. Organizado totalmente para esa función totalizadora llamada maternidad, física o espiritual -capacidad de acogida-, revela una estructura más delicada.


Las diferencias consideradas como un  don se han enfrentado a ciertos presupuestos, según los cuales toda persona, libre de predeterminación biológica, podría moldearse según le plazca. También hay quienes han visto en estas diferencias la fuente de rivalidades, absurdas rivalidades pero reales oposiciones, que cada vez veremos en la vía de la armonía y la colaboración.

(*) Médico

 

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