A pesar de caer en la final, los peloteros antillanos se ganaron el respeto de aquellos que gustan del beisbol veloz, técnico y efectivo. Llegaron con sus armas desenvainadas y cumplieron a cabalidad
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(Foto AP)
ANTONIO CASTILLO
EL UNIVERSAL
Muy pocos aficionados de esta parte del planeta destacaron
el triunfo de Japón en el I Clásico Mundial de Beisbol,
y muchos menos celebraron el incontestable éxito alcanzado
por la novena nipona que dirige el legendario Sadaharu Oh.
El tema de conversación, las discusiones y discernimientos
alrededor de la pelota tienen en el cuadro cubano al epicentro
indiscutible. ¿La razón? Varias: la cercanía
con Venezuela, las raíces del beisbol cubano en el entorno
latinoamericano, la forma cómo los peloteros antillanos
asumieron el desafío y... por supuesto, el infaltable
toque político.
Desde que se anunció la celebración del Clásico,
Cuba estuvo en el ojo del huracán. Primero victimizados
por la nefasta decisión del Departamento del Tesoro
de Estados Unidos que les impedía jugar, y luego envalentonados
tras la rectificación de EEUU.
Sin querer desmerecer el éxito, hay que aclarar
que el seleccionado cubano nunca dejó de jugar, se
mantuvo en acción, mientras que los rivales de turno
_estadounidenses y venezolanos incluidos_ subestimaron
a un rival al que catalogaron de poca monta, con un perfil
muy inferior al exigido. Craso error.
En Cuba, un país donde el beisbol corre por las
venas de 11 millones de habitantes, la disciplina de
las bolas y los strikes es tratada como política
de Estado, y allí estriba todo. Mientras unos peloteros
utilizaron el Clásico para ponerse en forma de
cara a la venidera campaña de Grandes Ligas, los
cubanos llegaron a la batalla con todas sus armas desenvainadas.
Otro tanto ocurrió con coreanos y japoneses,
que enfrentaron el reto con seriedad y profesionalismo.
No se puede negar que Cuba es una cantera inagotable
de peloteros de gran talento, que desde muy niños
son identificados y enviados a escuelas especializadas
de alto rendimiento. La mayoría de estos
niños buscan en el beisbol un camino hacia
un modo de vida mejor en un país donde las
limitaciones de todo tipo son el común denominador.
Las más de las veces los triunfos en el
terreno de juego son asociados a victorias políticas
atadas a la revolución.
Pero también las deserciones son usadas
como metralla en contra de los "rojos". En
los últimos años algunos peloteros
desertaron, atraídos por los contratos
millonarios de los equipos de Grandes Ligas.
En 1991 el lanzador René Arocha decidió
quedarse en Miami, mientras que en 1993
se fugó el torpedero Rey Ordóñez.
Más recientemente se asilaron en EEUU
jugadores de la talla de Liván Hernández,
su hermano Orlando el "Duque" Hernández
y José Contreras.
No siempre el amor por la camiseta es
suficiente, aunque en San Diego los rojos
no "destiñeron". Todo lo contrario.
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