El equipo asiático ganó cinco de ocho juegos, para titularse en la primera cita del orbe; suficiente para dejar en el camino a los poderosos coreanos, los temibles estadounidenses y los sorpresivos cubanos
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(Foto AP)
ALFREDO YANEZ MONDRAGON
EL UNIVERSAL
Japón comenzó sus andanzas por el primer Clásico
Mundial de Beisbol con una aplastante victoria sobre el equipo
de China. Diecisiete días después de aquel debut se
tituló, eso sí, con ribetes de sorpresa.
El formato del torneo permitió que pese a las caídas,
que las tuvo, la novena dirigida por el legendario Sadaharu
Oh _máximo jonronero de la pelota nipona_ consiguiera
la fórmula para imponerse, sin una constelación
de estrellas, en el partido final, ante el seleccionado de
Cuba.
Con sólo una victoria en la segunda ronda, ante México
6 por 1, los nipones se aseguraron un cupo en las semifinales,
sin que importara haber caído contra Corea y el temible
Estados Unidos.
La regla del diferencial de carreras jugó a favor
de los japoneses y dejó en el camino a mexicanos
y estadounidenses.
En semifinales, como a la tercera va la vencida, los
de Japón al fin pudieron contra los coreanos y
no sólo les ganaron, sino que además les quitaron
el invicto y los sacaron de la cita mundial.
El partido final, con las tribunas del Petco Park
a toda su capacidad, fue un recital de pitcheo de
parte de Daisuke Matsuzaka, quien ya había dado
cuenta de los cubanos en los Juegos Olímpicos
de Atenas, y terminó elegido como el Jugador
Más Valioso del torneo, pues tres de las cinco
victorias japonesas se acreditaron a su registro.
La decisión de acudir al torneo por parte
de los japoneses fue anunciada con retraso, pero
una vez asumido el compromiso, se trabajó para
llegar al 20 de marzo en plan estelar.
El equipo se estructuró con una base local
de gran categoría, en la que además
sobresalía la presencia del estelar Ichiro
Suzuki y de Akinori Otsuka, ambos con experiencia
de Grandes Ligas. En rigor, no hicieron falta
más.
Nobuhiko Matsunaka, un inicialista que juega
para el Fukuoka Softbank Hawks, dejó saber
con su contacto que la genialidad con la que
se crean chips y otras herramientas de alta
tecnología también se puede usar para
el bateo; su .433 de promedio lo certifica.
Como él, el receptor Tomoya Satozaki
o el camarero Tsuyoshi Nishioka, dejaron claro
que el plan era llegar a San Diego e imponerse;
sin importar las ausencias de Hideki Matsui
o Tadahito Iguchi, quienes hoy deben estar
lamentándose por no acompañar a
su selección.
Los lanzadores, de gran calidad, también
merecen méritos en este logro. Su efectividad
colectiva fue de 2.49, la tercera mejor
del torneo.
Japón es clave en este movimiento
globalizador del beisbol. No en vano allá
se han celebrado juegos de temporada regular
de Grandes Ligas, y se escogió como
sede para el Grupo A del recién finalizado
Clásico, que con sorpresa o no, terminó
siendo suyo.
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