SIN OPINAR SOBRE cuándo se acaba, si mañana o dentro
de unos años, yo, cuando veo algo insostenible, lo considero
insostenible. Siendo así, me parece oportuno pensar en
el qué hacer con los contrarios, cuando llegue la hora
de implementar los resultados de una elección, o se necesite
manejar una transición, como la que pueda resultar de una
renuncia.
Los verdaderamente fanáticos, quizás unos diez
mil, pueden provocar grandes destrozos y constituyen un verdadero
problema, que requiere de atención directa por parte
de quienes saben de eso.
Los oportunistas, por definición, no presentarán
ninguna resistencia al cambio, el cual, por el contrario,
debe buscar cómo resistirse a ellos.
Los indiferentes, los "sólo-me-ocupo-de-lo-mío-día-a-día",
esos que generalmente no votan, pero que normalmente apoyan
al gobierno de turno a cuenta del mejor vale lo malo conocido
que lo bueno por conocer, se acomodarán, sin problemas.
Los convencidos, aquellos que buscaban imponer una
transformación social y que están decepcionados,
de repente hasta podrán ayudar a realizar los cambios
que siguen siendo necesarios.
Pero... y esos dos millones de venezolanos que con
sinceridad de fe sembraron sus reservas de esperanzas
en quien tan bonito les habló... ¿qué
rayos hacemos con ellos, y cómo evitamos que
su desespero obstaculice encontrar una mejor ruta
para el país? Encontrar una respuesta país
que les haga querer seguir viviendo, es sin duda el
mayor reto de quienes mañana aspiren a gobernar.
El Caracazo anunció con claridad la existencia
de una bomba en Venezuela, pero como nadie hizo
nada para desactivarla, hizo "poff", cual triqui-traqui,
lo que fue aprovechado por un carismático para
llevarnos a donde nunca nos queríamos encontrar.
Hoy, cuando necesitamos desmantelar una bomba armada
inmensamente más poderosa y lograr mantener
vivo a este proyecto país que tenemos, se requiere
que todos comencemos por rectificar a fondo nuestras
propias fallas como ciuda danos.
O nos vamos por la vía de la indiferencia
y dejamos que una masa de compatriotas desilusionados
deambulen cual unos sin casta, en cuyo caso Venezuela
también seguirá perdida sin rumbo, o
les damos ese cariño y esa atención
que se merecen. ¿Quién sabe si en la
tarea de reparar dos millones de corazones partidos
de repente nos topamos con ese gran país
del que tanto nos vanagloriamos, pero que, la
verdad sea dicha casi siempre, o quizás hasta
siempre, sólo logra brillar por su ausencia.
kurowski@telcel.net.ve