Mapa del sitio
Daily News
Búsqueda avanzada
ClasificadosUsuariosAnunciantes
Caracas, domingo 13 de noviembre, 2005  
[an error occurred while processing this directive]
Principal > Opinión > Noticias
Hoy Esta Semana Nuestras Firmas
 
Imprimir Enviar por correo  |  Disminuye letraAumenta letra
 
Carlos Blanco // Tiempo de palabra

El drama de Isaías

YA ES EVIDENTE que las acusaciones del Ministerio Público son una patraña. Sin embargo, lo que todavía no se esclarece es si éste es un montaje completo, en el cual participa el Fiscal General, o si éste ha sido víctima de la podrida burocracia interna que ha denunciado repetidas veces. De la farsa de las inculpaciones no parece haber dudas; pero, lo que no está claro es el gatuperio que las hizo posibles.

UN DRAMA PERSONAL. Isaías pareciera ser de esos personajes inconformes con lo que son.

Es claro que no se siente reconocido en sus ejecutorias y, muchas veces, se observa que el único testigo de sus incontables méritos parece ser él. Está fresca en la memoria su imagen autoproclamándose como el salvador de Chávez, luego de la renuncia y detención del 11 de abril. Mientras la mayoría de la opinión pública le asigna esa acción a Baduel, Isaías se ha empeñado en asegurar que fue su acción la que logró el regreso del Presidente.

Al margen de su presunto heroísmo, lo cierto es que nadie ha corroborado la épica de Isaías; más bien, algunos chavistas adoptan el tono burlón de quienes desconocen los méritos del combatiente.

Más recientemente, a propósito de la trama referida al asesinato de Anderson, el Fiscal ha asegurado que el propósito inicial de los asesinos era matar a Chávez y a él.

De esta forma, por una suerte de contagio por contigüidad, aparece Isaías al mismo nivel de importancia de Chávez. En el fondo, lo que intenta decir y no dice, pero se trasluce, es que los sicarios querían salir de las dos personas más notables del régimen.

Se observa que el pertinaz Isaías no pierde oportunidad para hacer gala de sus talentos, incluso poéticos. Ha tenido la osadía de hacerse invitar al canal de televisión del chavismo, para leer sus versos. Y resulta que nadie lo reconoce como poeta, lo cual no quiera decir que carezca de especiales sensibilidades de rapsoda.

Si se unen estos episodios, junto a sus autoproclamados coraje personal y enjundia jurídica, se puede llegar a la conclusión de que Isaías es un personaje ávido de reconocimientos y que éstos, tal vez injustamente, le han resultado esquivos dentro del proceso.

LA TRAMA. Lo anterior no pasaría de ser una reflexión sobre las condiciones en las que se desenvuelve un funcionario público, si no fuera porque tal vez esa necesidad de reconocimiento lo condujo a lanzarse a la promoción de un escándalo que se llevó en los cachos a varios ciudadanos honorables pero, sobre todo, al propio Isaías.

Este narrador no comete el acto de inocencia de creer que la represión contra estos ciudadanos sea producto de un desajuste psíquico de un Fiscal, sólo intenta afirmar que el tinglado puede haber usado sus ansias protagónicas.

Es claro que hay una patraña. El psiquiatra que los paramilitares colombianos usaban cuando les daba surmenage, ha resultado un fiasco; cabe imaginarse que si engañó a un bardo venezolano como Isaías, a cuantos jovencitos "paracos" no debe haber convencido de que sus asesinatos no eran más que ingenuas expresiones del inconsciente freudiano.

La cuestión que convendría analizar es si el propio Isaías no fue enredado, no sólo por el experto psiquiatra colombiano graduado en la Universidad Nacional del Truco, sino por la denunciada red de extorsión que estaría dentro de sus predios. Supóngase, sólo por vía de argumentación, que hubiese gente dentro del Ministerio Público deseosa de desviar la investigación sobre el asesinato de Anderson; supóngase también que esos personajes quisieron eliminar las vacilaciones que al comienzo de la investigación tuvo Isaías en relación al rumbo que había que seguir; supóngase que le hicieron ver que tenían "un caso" que lo catapultaría a la gloria que la envidia de los demás le mezquinaba.

Pareciera que Isaías ha sido metido en un enredo del cual no puede salir fácilmente. Hoy tiene tres opciones: insistir, con el agua al cuello y por orgullo, en un callejón sin salida; renunciar e irse a la embajada que le tienen reservada; o rectificar, lo cual sólo podría hacer al costo de limpiar algunos albañales del Ministerio Público.

Esta última posibilidad se la niega su más cercano amigo dentro del régimen.

LA FABRICA DE CULPABLES. Las autocracias se alimentan de la carne de sus enemigos. La fabricación de culpables es su necesidad intrínseca, con el propósito de mantenerse siempre "al borde del peligro" y así tratar de insuflar ánimo en voluntades desvaídas; también los necesita para eliminar del panorama a núcleos de disidencia o para enviar señales amenazantes a los sectores de mayor influencia.

En un proceso penal, la culpabilidad es la conclusión de una investigación. En un proceso político como el venezolano, la culpabilidad es la premisa con la cual se instala el tinglado.

Una vez que el gobierno ha determinado quiénes son los culpables comienza a irse hacia atrás en la historia de los señalados; toda su trayectoria existencial es vista como "prueba" del crimen que querían cometer: aquel gesto del año pasado, cuando le volteó la mirada al jerarca del régimen, es comprobación de que ya tramaba algo; aquel mensaje críptico que los espías detectaron en una llamada telefónica que señalaba que "el sábado es la cosa", es inobjetable indicador del plan; la confesión pública del fastidio que le producen los discursos presidenciales, se añade a la carga de indicios que demuestran la transgresión.

Entre los imputados están dos figuras públicas muy reconocidas. Patricia Poleo ha encarnado el coraje de los periodistas y de las mujeres de Venezuela. Es una mujer frontal, cuya característica esencial es plantear con toda claridad sus puntos de vista. Es acuciosa; investiga lo que tiene entre manos y se ha hecho notable por destapar varias de las cloacas más resaltantes de la revolución. Patricia Poleo se ha convertido en un emblema de la lucha contra el régimen de Chávez y con ella se pretende advertir a los periodistas que su campo de acción tiene estrechos límites.

Nelson Mezerhane es un renombrado empresario nacional. Todo el que lo conoce sabe que bajo ningún respecto ni condición estaría en un plan para matar a alguien. Es un hombre de bien, que se ha dedicado a invertir en Venezuela.

Pero, más que eso, es un empresario que en medio de la tragedia política venezolana ha creído ingenuamente, podría decirse en el diálogo con el gobierno y en la necesidad de tender "puentes" con sus jerarcas, para hacerlo posible. Ha sido totalmente ajeno a las posturas radicales y ha creído en entendimientos, porque ha sostenido que su primera obligación es con los miles de trabajadores de sus empresas.

La misma injusticia se ha posado sobre Romaní, hijo, y sobre los generales Añez y Escalante.

El gobierno pareciera tener miedo de algo; diera la impresión de que una amenaza mayor y no confesada revoloteara sobre el poder. Sin duda, los fantasmas y los esqueletos rondan por las noches insomnes del Palacio.

carlosblancog@cantv.net

 



 
 
Imprimir Enviar por correo  |  Disminuye letraAumenta letra
 
Contáctenos | Política de privacidad | Términos legales | Condiciones de uso
Búsqueda avanzada
Copyright @ Diario El Universal C.A. 2007