Lo obvio resulta desechable para
tratar de comprender los intrincados vericuetos por donde
el fiscal Isaías Rodríguez ha decidido conducir
el caso Anderson. Las conclusiones elementales no parecen
tener cabida en el cuadro de la verdad. El final de esta historia
seguirá emparentado con lo que no se ve: con los vaivenes
de la turbulenta vida interna de la revolución, donde
fragmentos de toda índole protagonizan silenciosas y
cruentas pugnas, orientadas a preservar y a ampliar espacios
de influencia dentro de la nomenclatura. Por eso, ahora mismo
no es difícil advertir que la solución del horrendo
atentado sigue estando lejos, fuera del alcance de los familiares
de Anderson y de los ciudadanos de a pie.
La tartajeante versión del jefe del Ministerio Público
_quien representaría la pieza clave de un tinglado
que él mismo no controla_ permite visualizar próximos
capítulos tan o más sensacionales que éste
actual. ¿Alguien puede imaginar en qué se convertiría
todo esto si las averiguaciones terminaran aludiendo los
nexos directos o indirectos de algunos imputados, con al
menos un segmento del Gobierno? Quizás eso explique
la nerviosa gestualidad del fiscal Isaías Rodríguez.
También su inocultable removida emocional, que no ha
conseguido dominar ni siquiera ante la televisión oficial,
bien dispuesta para que éste pudiera ofrecer su historia,
sin las antipáticas incomodidades de la "otra prensa"...
¿Sabrá el fiscal dónde está parado?.
Lo que sí sabe bien es que "los rusos también
juegan" y es posible que, por tal motivo, se vea impedido
de actuar con el aplomo que el escándalo merece.
En fin, el fiscal está perturbado: y tal vez sea
porque se reconoce como parte de una maraña de intrigas
que tendrían su eje en el seno del Gobierno. Allí
donde se trajina una limpieza general controlada, en la
cual participan civiles, militares, radicales, moderados,
comunistas, capitalistas, leales y desleales, corruptos
e irreprochables. ¿Puede el fiscal saber de antemano
a dónde irá a parar él mismo con sus poemas
si todo este caso produce una insostenible contaminación
endógena? ¿Sabrá él lo que esta historia
pudiera desencadenarle a la revolución? Por lo pronto,
son muchos dentro de la alianza quienes se resguardan
en el mutismo: bien por la incredulidad que manifiestan
ante la investigación; o bien por los efectos que
ésta pudiera tener en las correlaciones de fuerza
dentro del cuadro del "proceso"... Lo que ven les produce
sentimientos encontrados: a unos, regocijo. A otros, desconcierto,
asco... Miedo.
Está claro que los imputados representan, cada
uno, las diversas versiones que desde los órganos
competentes se han tejido a lo largo de un año...
No es el fiscal quien juega duro. Son otros quienes
lo hacen, en el marco de una cacería, con que se
pretende aplastar a compatriotas-adversarios, mientras,
en paralelo, se logra el objetivo colateral del régimen.
Engañar y confundir a la oposición para que
actúe sobre supuestos falsos. Las impresiones evidentes
tienden a conseguir el abrazo ingenuo y automático
de los ciudadanos. Ellas, por tanto, juegan rol relevante
en el desarrollo de los acontecimientos... Lo obvio,
desechable, sería responder como el Gobierno desea.
¿No es evidente lo que sus operadores buscan? ¿Estarán
los ciudadanos dispuestos a sorprender al régimen
con una respuesta diferente a la esperada?