Al declararse en campaña presidencial, saltando todas
las barreras legales (pero ¿eso qué importa?: ahí
está Jorgito para alcahuetearlo), Chávez ha dado
el tono que tendrá su campaña: el de la sucia descalificación
personal. Su obsesión por los "frijolitos" es no sólo
para ingurgitarlos, sino para expulsarlos en volandas cada
vez que escucha un tiro, como en la gloriosa batalla del Museo
Militar. Adonde, por cierto, no se ha llevado a los muchachos
del Festival Mundial de la Juventud, porque el simple olfato
les haría saber que lo que derramó allí el
héroe del socialismo sigloveintiunero no fue exactamente
sangre.
Nada más fácil que voltear una descalificación
de ese tipo: recuerdo que en mi infancia, a un muchacho muy
propenso a esas urgencias cada vez que se le desafiaba, la
cruel imaginación infantil le colgó el mote de "el
flojito".
El "sequito". En el extremo opuesto, los humoristas venezolanos
de los años cuarenta llamaban a López Contreras
(quien sí sabía controlar su bajo vientre) "el sequito",
por su estampa más que longilínea, filiforme ¿cuál
de los dos motes le vendría mejor a nuestro rollizo y
aguado locatario de Miraflores?
Si no respondemos a esa pregunta no es por respeto a quien
a nadie respeta, sino porque sería caer en la trampa
que propone Chávez cada vez que no está sentado
en lo que Salvador Garmendia llamaba, no sé por qué,
"el único lugar posible": quedarse en la superficie de
sus insultos, cosa de que una campaña escatológica
permita ocultar la realidad del peor régimen que haya
tenido Venezuela en toda su historia republicana.
Hemos escrito "régimen" y no "gobierno", cosa que parecen
olvidar algunos ángeles caídos por distracción
del cielo, que piensan que éste es simplemente un mal
gobierno más, y que se le debe tratar como a cualquier
otro mal gobierno de la "cuarta república". No: no olvidamos
lo que alguna vez dijera el propio Chávez, que todo golpista
es un delincuente.
En manos del hampa. Confirmando así lo que en 1958 dejó
dicho el sabio Francisco de Venanzi desde la terraza del Palacio
Blanco: que los tales no son militares sino gangsters de uniforme.
Estamos pues, en manos del hampa, como lo demuestra, si necesario
fuera, el único lenguaje que parece conocer el señor
Chávez cuando se dirige a sus enemigos: el de los porteros
de burdel.
Pero además de eso, la dominación chavista está
cundida de todos esos males que los italianos llaman malgoverno,
que no es lo mismo que "mal gobierno", pues puede aquejar
incluso a los que todo el mundo considera buenos gobiernos.
Y para comenzar, porque fue el caballito de batalla de las
campañas chavistas, por la corrupción. Nunca, desde
la muerte del Benemérito, había alcanzado tales
niveles ese flagelo. No se necesitan cifras para saberlo,
aunque las haya a paletadas: baste saber que, con el ingreso
más grande de la historia, Chávez ha hecho eliminar
por sus secuaces todo tipo de control sobre sus gastos; y
ese pobre (¿pobre?) diablo llamado, creo, Clodosvaldo
Russián, usa la lengua sólo para acariciar algún
diente roto, sin dejar por cierto de cobrar un sueldo inmerecido
por esa sinecura; y su complicidad en los peores robos en
la historia de la república.
Un vistazo basta. De resto, no hay sino que echar un vistazo:
ya nadie puede viajar por tierra sin sustos, de Valencia a
Caracas, ni de Caracas a La Guaira, porque las carreteras
y los puentes se caen a pedazos, como se cae el país
entero. Los hospitales tienen que pedir la ayuda de las clínicas
privadas para las emergencias, pues no hay dinero para dotarlos
de aparatos de radio, pues el que había se gastó
para traer algunos coreanos a exaltar la memoria de Kim Il
Sung y las glorias del héroe del Museo Militar.
Una campaña como la que propone Chávez le permitiría
esconder la realidad de la ruina de Pdvsa, convertida, de
una de las empresas más exitosas del mundo, en la caja
chica del hampa chavista. O la conversión de la antigua
Fuerza Armada en este seminario de futuros héroes de
los museos militares, al punto que tal pareciera que en la
Academia Militar las únicas asignaturas obligatorias
serían Cobardía I, Cobardía II y Cobardía
III. Le permitiría asimismo ocultar la conversión
de la Cancillería en un Ministerio de la Propaganda.
Y la estafa de la Universidad Bolivariana, donde se prometió
dar en tres años diploma de médicos, y a año
y medio todavía no comienzan sus cursos.
Pero por sobre todo, le permitiría lo que la supresión
en Venezuela de las investigaciones de la DEA anuncia: la
próxima conversión de nuestro país de puente
para el paso de estupefacientes, en un paraíso sin controles.
Lo que se traduciría en un incremento de las entradas
del MVR en todas sus campañas, la conversión de
ese movimiento en otro que acaso alcance fama internacional
como "narcochavismo". ¿Será un hecho premonitorio,
o una realidad ya actuante lo que provocó que a un grupo
de la Guardia Nacional se le revocara la visa norteamericana?