LA DECISION de boicotear unas elecciones es esencialmente de los partidos políticos, no de los ciudadanos. Para éstos votar es siempre un lujo maravilloso, aun en las democracias más avanzadas, aun en Venezuela donde en breve cumpliremos cincuenta años de sistema democrático ininterrumpido, y aun en las más amañadas de las elecciones, pues votar es una rareza histórica que muy pocos seres han podido disfrutar en los últimos diez mil años.
Por supuesto, también es un infantilismo ridículo, de los pocos escritos en la Constitución de 1961, que votar sea obligatorio y llamar a la abstención delito. No votar es una señal política tan legítima como hacerlo, a veces más clara, como demostró el pueblo italiano en el reciente referendo sobre bioética. Se trata de una nueva opinión ¿imparcial? de Jorge Rodríguez, que parece olvidar la campaña de Chávez en 1993 llamando a no votar: asombra que en un Estado "de Justicia", es decir, donde la principal fuente de Derecho Constitucional es la voluntad del Presidente, su conducta no se convierta en precedente vinculante para el Tribunal Supremo de Justicia y todo el mundo.
Así que son los políticos los que tienen que no presentarse a las elecciones, pues es a ellos a quienes afectan directamente las trampas. Pero son los ciudadanos quienes han tenido que realizar la tarea de los partidos. Vimos así a Súmate (¡qué miedo le tiene el Gobierno a Machado y Plaz!) y a Queremos Elegir (Elías Santana no para de trabajar) impugnar actos del CNE. Cara a las elecciones, el recurso de Súmate es más importante pues incorpora un nuevo documento al archivo de trácalas de este CNE, comenzando por su espurio nombramiento por el TSJ y no por la Asamblea Nacional. Algún día esos documentos se volverán contra los tramposos, pues no se espere justicia de ese tribunal en estos casos.
Todo este clima aumentará la ya atómica abstención histórica en los comicios municipales, aunque siempre es posible que Smartmatic tenga un algoritmo salvador. La desconfianza creada por un CNE que decide siempre a favor del Gobierno lo hace automáticamente parcializado. Las instituciones no son imparciales porque lo cacareen cada vez que hablan sino porque pueden mostrar decisiones contra el poder. Pues Rodríguez no puede enseñar ninguna, salvo la recolección de las firmas del revocatorio que se impuso con el peso de la mayor evidencia frente a la trácala más abyecta de nuestra historia electoral, las "firmas planas".
Con un CNE así cualquiera que no sea chavista ve en grave peligro su voto, y el chavista considera innecesario votar: de todos modos ganan. De esa manera, Chávez jamás logrará disminuir la altísima abstención de todas las elecciones que ha presidido, inclusive la que lo llevó al poder en 1998: la mitad de la población se siente tan desencantada que ni siquie ra va a votar desde hace siete años. ¡Qué envidia la participación de 80 y 90% de los años sesenta, setenta y ochenta!
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