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ELECCIONES / Construir una vanguardia unitaria seguirá siendo desafío opositor

Votar o abstenerse: el dilema inútil

Los factores participativos no conseguirán el objetivo de crecer, en tanto que los convocantes de la abstención el próximo 7 de agosto no lograrán el punto de inflexión. Nadie gana: todos pierden

ARGELIA RIOS ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL

El dilema es del todo ficticio. Al menos en el ecosistema político actual, votar o abstenerse de hacerlo no constituyen en realidad opciones contrastantes. Lo serían, desde luego, si acaso cualquiera de ellas tuviera garantizada una clara eficiencia. Es evidente que las razones para asistir a las urnas resultan tan abundantes y sólidas como aquellas que justificarían no hacerlo... Un minucioso inventario de motivos a favor y en contra de las dos opciones, revela cuán inútil es tratar de resolver la disyuntiva en que se encuentra la oposición.

En cada caso, los argumentos están dotados de una razonable lógica conceptual y práctica. De hecho, bien puede señalarse que, en el debate desarrollado acerca del asunto, los grupos de opinión han quedado "tablas". Y como quiera que nadie está equivocado _porque todos han expuesto meritorias explicaciones_, sólo queda identificar los cabos sueltos del problema. Dicho de otro modo, las costuras por donde ambas posibilidades se deshilachan, hasta hacer de ellas decisiones improductivas para efectos del propósito que buscan.

Retórica o sustancia
Aunque en apariencia el ajetreo se exhiba como una refriega entre factores reñidos por causas "principistas", la coyuntura _bastante más espinosa, vista en su más amplio contexto_ advierte otra cosa. En el drama de la oposición, participar o ausentarse de la jornada de agosto no representa un conflicto en estricto electoral. Se trata, por encima de todo, de un serio problema político, que _en esta ocasión_ ha logrado ocultarse hábilmente detrás de una retórica "pro" o "antiabstencionista"... No obstante, desde la trastienda del palabreo y los discursos, rebota a la escena _con terquedad cabruna_ el origen de los fracasos anteriores y, también, del previsible infortunio del mes próximo. La omisión de la asignatura pendiente _que ya esterilizó los intensivos esfuerzos pasados_ continúa amenazando la potencialidad de los empeños futuros. Una verdadera desgracia para los adversarios del proceso, si se asume que la comprensión de su importancia pudiera darse demasiado tarde, cuando las entrecerradas puertas y ventanas de la democracia venezolana queden en definitiva clausuradas. Utopía unitaria
Así, el desafío unitario _desiderátum clave para encarar el cerco institucional que rodea a la oposición_ es el hilo que hoy descose el tema de la participación y del ausentismo electoral, y que mañana desbaratará, sin duda, cualquier otra iniciativa, ya sea de naturaleza electoral, si las circunstancias lo recomendaran, o de otra diferente, producto de inesperadas oportunidades... Y es que, para cualquier efecto, la materialización de la "utopía unitaria" _según la definen los más pesimistas_ sigue figurando como un supuesto de irreductible pertinencia ante los cepos de un gobierno fuerte. No sólo por el brío que ella sería capaz de adjudicarle a las causas y acciones de la oposición, tras el 7 de agosto. A esto debe añadirse el poderoso simbolismo que la unidad encierra en el tratamiento de la arraigada percepción de orfandad ciudadana, génesis del temor, del desgano y la desmovilización... Si la consigna del "pueblo unido jamás será vencido" es el combustible que mueve a la maquinaria revolucionaria, sobran los vocablos para definir las bondades psicopolíticas de la unidad. Con un camino nítidamente plagado de riesgos inestimables, es comprensible que el común de la gente intuya que no vale la pena mover un músculo si antes no se manifiesta una voluntad política, alrededor del propósito unitario... Sin unidad, pues, no hay proyección de fuerza, lo mismo que sin proyección de fuerza parece irremediable la estabilización de la tendencia que hoy favorece el desinterés popular por lo político. Pesimismo
El desinterés por lo político posee dos expresiones tangibles por estos días: la de la abstención _como consecuencia de la inequidad de las condiciones_ e, irónicamente, la de la participación, decidida a partir de la certeza de que "ya no hay nada qué hacer", como no sea jugar, sin oponer "resistencia inútil" a las reglas de juego impuestas por el CNE oficialista. Más allá del contenido y la solemnidad de discursos que se fingen contrapuestos, la verdad es que ambas posturas frente al hecho comicial esconden un denominador común. En el fondo, los dos bandos admiten, a su manera, su incapacidad, y la de toda la oposición, para trazar y recorrer un camino competente, con miras a mejorar las condiciones de su lucha. Visto de este modo, abstencionistas y pro participativos comparten un idéntico pesimismo sobre sus actuales potencialidades, mermadas justamente en virtud de la atomización, la incoherencia y los desencuentros internos, originados por una ostensible ineptitud para afrontar el desafío unitario... Recuperar el interés de la gente frente a lo político y comprometerla de nuevo con la causa opositora, exige inexorablemente añadirle a ella un ingrediente inspirador. La dispersión de los esfuerzos opositores, la multiplicidad de estrategias y el afán de algunos grupos partidistas por "diferenciarse" de otros, no hacen sino reproducir el distanciamiento de los ciudadanos... Ellos no lucen dispuestos a perder el tiempo acompañando iniciativas que reconocen de antemano fracasadas por causa de su carácter fragmentario... La vanguardia
Desde este plano, lo que ocurrirá el próximo 7 de agosto no podrá ser asumido sino como un sonoro fracaso de las estrategias de "diferenciación" y "contraste", desarrolladas por algunos grupos opositores para tratar de capitalizar ganancias estrictamente partidistas o personales, que nada han abonado al objetivo de desacelerar la inclinación autoritaria del régimen. El revés de unos y otros será elocuente, pues ni la participación habrá garantizado los espacios que se habían calculado para producir el crecimiento al que se aspiraba, ni la abstención habrá generado el punto de inflexión que buscaba auspiciar... Esos resultados no sólo reivindicarán la vigencia de la asignatura unitaria pendiente. También revelarán, incluso, la inoperancia e insuficiencia de las formas conocidas de organización político-partidista, al menos para efectos de las batallas opositoras del futuro inmediato... A las claras, la pulverización de los aparatos partidistas planteará un desafío adicional a los opositores del régimen: definir _a contrarreloj_ un mecanismo de asociación vanguardista, capaz de inspirar la movilización de la sociedad democrática... Ese dispositivo ha de ser la expresión no sólo de un radical salto cualitativo en la organización para la lucha democrática, sino también en la voluntad de desprendimiento de los factores dirigenciales y de las estructuras partidistas. Se trataría de recuperar la confianza, mediante una propuesta novedosa de reagrupamiento, destinada a enfrentar el rigor de lo que viene en lo sucesivo desde una identidad única, que no admite esfuerzos parciales... Tal parcialidad _manifestada en acuerdos de medias tintas, puntuales y de alcances menores_ no sólo no representará garantía de éxito, sino que, mucho más, serviría apenas para encubrir el mismo círculo vicioso de la dispersión y la ineficiencia. Calidad opositora
La truculencia de los resultados del 7 de agosto puede entonces marcar un "antes y un después" para la oposición venezolana, si ella comprendiera la obligación de mejorar sustantivamente su calidad. Hacerlo, le exigirá superar el trauma de la experiencia de la Coordinadora Democrática, cuyo fracaso _debe irse comprendiendo_ no fue el ejercicio unitario que en ella se intentó. El revés de la CD tuvo su germen en las desviaciones que tuvieron lugar en su seno, como consecuencia de una sorda pugna por la candidatura presidencial y de una batalla sin cuartel entre los factores partidistas que la integraban, en su afán de "diferenciarse" respecto de los demás... De ese salto cualitativo de la oposición dependerá la posibilidad de restituir la confianza de los ciudadanos e, incluso, la posibilidad de que se produzca un escenario de debilitamiento del propio gobierno. Para nadie es un secreto que el posicionamiento positivo del Presidente de la República y de su proyecto revolucionario no es un efecto exclusivo de las virtudes o cualidades del liderazgo de Hugo Chávez Frías y su gestión administrativa. El deficiente desempeño de la oposición ha ampliado tremendamente el terreno de simpatías del mandatario, quien se ha favorecido de la deplorable imagen de sus divididos adversarios políticos. Así, la "utopía unitaria" de la oposición involucra de lleno a la llamada "hipótesis de la implosión", conforme a la cual la revolución bolivariana perdería sus bríos, producto de sus contradicciones y fallas íntimas. El caso es que, mientras el gobierno del presidente Chávez sea evaluado a partir de las carencias de quienes se le oponen, el jefe del Estado continuará manteniéndose como un "referente superior" a aquellos que se le enfrentan. Una oposición dividida, sin espíritu de cuerpo, y sin vocación de vanguardia, jamás podrá presentarse como alternativa. Todo lo contrario, frente a semejante cuadro de dispersión _y pese a los protuberantes lunares de su ejecutoria_, Chávez siempre terminaría coronado como una "opción preferible". Implosión y unidad
Aunque vinculada ciertamente con la acción gubernamental, la implosión no puede comprenderse, sin embargo, sino como un escenario de "doble vía", íntimamente vinculado con la "utopía unitaria" de los factores de la oposición venezolana. Y es que, frente a unos adversarios seccionados _bajo el pretexto de intereses partidistas y particulares_, la figura del caudillo siempre lucirá invencible. Todo lo anterior sirve bien para sentenciar que el problema no es votar o abstenerse de hacerlo el próximo 7 de agosto. El dilema, como se ha dicho, no existe. La eficiencia de ambas opciones es tan frágil que resulta inútil su ponderación. A estas alturas, cuando las cartas están echadas, sólo falta advertir las serias dificultades que le sobrevienen a una oposición segmentada, cuyas fracasadas tentativas han terminado desnudando su grieta más honda: la dificultad para acordarse en torno a un objetivo propio el de la vanguardia_, y en torno, también, al propósito de construir, finalmente, un éxito frente al régimen. Ese es el verdadero problema...

Argelia Rios
DIARIO


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