ARGELIA RIOS
ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL
El dilema es del todo ficticio. Al menos en el ecosistema
político actual, votar o abstenerse de hacerlo no constituyen
en realidad opciones contrastantes. Lo serían, desde
luego, si acaso cualquiera de ellas tuviera garantizada
una clara eficiencia. Es evidente que las razones para asistir
a las urnas resultan tan abundantes y sólidas como
aquellas que justificarían no hacerlo... Un minucioso
inventario de motivos a favor y en contra de las dos opciones,
revela cuán inútil es tratar de resolver la disyuntiva
en que se encuentra la oposición.
En cada caso, los argumentos están dotados de una
razonable lógica conceptual y práctica. De hecho,
bien puede señalarse que, en el debate desarrollado
acerca del asunto, los grupos de opinión han quedado
"tablas". Y como quiera que nadie está equivocado _porque
todos han expuesto meritorias explicaciones_, sólo
queda identificar los cabos sueltos del problema. Dicho
de otro modo, las costuras por donde ambas posibilidades
se deshilachan, hasta hacer de ellas decisiones improductivas
para efectos del propósito que buscan.
Retórica o sustancia
Aunque en apariencia el ajetreo se exhiba como una
refriega entre factores reñidos por causas "principistas",
la coyuntura _bastante más espinosa, vista en su
más amplio contexto_ advierte otra cosa. En el drama
de la oposición, participar o ausentarse de la jornada
de agosto no representa un conflicto en estricto electoral.
Se trata, por encima de todo, de un serio problema político,
que _en esta ocasión_ ha logrado ocultarse hábilmente
detrás de una retórica "pro" o "antiabstencionista"...
No obstante, desde la trastienda del palabreo y los discursos,
rebota a la escena _con terquedad cabruna_ el origen de
los fracasos anteriores y, también, del previsible
infortunio del mes próximo. La omisión de la
asignatura pendiente _que ya esterilizó los intensivos
esfuerzos pasados_ continúa amenazando la potencialidad
de los empeños futuros. Una verdadera desgracia para
los adversarios del proceso, si se asume que la comprensión
de su importancia pudiera darse demasiado tarde, cuando
las entrecerradas puertas y ventanas de la democracia
venezolana queden en definitiva clausuradas.
Utopía unitaria
Así, el desafío unitario _desiderátum
clave para encarar el cerco institucional que rodea
a la oposición_ es el hilo que hoy descose el
tema de la participación y del ausentismo electoral,
y que mañana desbaratará, sin duda, cualquier
otra iniciativa, ya sea de naturaleza electoral, si
las circunstancias lo recomendaran, o de otra diferente,
producto de inesperadas oportunidades... Y es que,
para cualquier efecto, la materialización de
la "utopía unitaria" _según la definen los
más pesimistas_ sigue figurando como un supuesto
de irreductible pertinencia ante los cepos de un gobierno
fuerte. No sólo por el brío que ella sería
capaz de adjudicarle a las causas y acciones de la
oposición, tras el 7 de agosto. A esto debe añadirse
el poderoso simbolismo que la unidad encierra en el
tratamiento de la arraigada percepción de orfandad
ciudadana, génesis del temor, del desgano y la
desmovilización... Si la consigna del "pueblo
unido jamás será vencido" es el combustible
que mueve a la maquinaria revolucionaria, sobran los
vocablos para definir las bondades psicopolíticas
de la unidad. Con un camino nítidamente plagado
de riesgos inestimables, es comprensible que el común
de la gente intuya que no vale la pena mover un músculo
si antes no se manifiesta una voluntad política,
alrededor del propósito unitario... Sin unidad,
pues, no hay proyección de fuerza, lo mismo que
sin proyección de fuerza parece irremediable
la estabilización de la tendencia que hoy favorece
el desinterés popular por lo político.
Pesimismo
El desinterés por lo político posee dos expresiones
tangibles por estos días: la de la abstención
_como consecuencia de la inequidad de las condiciones_
e, irónicamente, la de la participación,
decidida a partir de la certeza de que "ya no
hay nada qué hacer", como no sea jugar, sin
oponer "resistencia inútil" a las reglas
de juego impuestas por el CNE oficialista.
Más allá del contenido y la solemnidad
de discursos que se fingen contrapuestos, la
verdad es que ambas posturas frente al hecho
comicial esconden un denominador común.
En el fondo, los dos bandos admiten, a su manera,
su incapacidad, y la de toda la oposición,
para trazar y recorrer un camino competente,
con miras a mejorar las condiciones de su lucha.
Visto de este modo, abstencionistas y pro participativos
comparten un idéntico pesimismo sobre sus
actuales potencialidades, mermadas justamente
en virtud de la atomización, la incoherencia
y los desencuentros internos, originados por
una ostensible ineptitud para afrontar el desafío
unitario... Recuperar el interés de la
gente frente a lo político y comprometerla
de nuevo con la causa opositora, exige inexorablemente
añadirle a ella un ingrediente inspirador.
La dispersión de los esfuerzos opositores,
la multiplicidad de estrategias y el afán
de algunos grupos partidistas por "diferenciarse"
de otros, no hacen sino reproducir el distanciamiento
de los ciudadanos... Ellos no lucen dispuestos
a perder el tiempo acompañando iniciativas
que reconocen de antemano fracasadas por causa
de su carácter fragmentario...
La vanguardia
Desde este plano, lo que ocurrirá el próximo
7 de agosto no podrá ser asumido sino
como un sonoro fracaso de las estrategias
de "diferenciación" y "contraste",
desarrolladas por algunos grupos opositores
para tratar de capitalizar ganancias estrictamente
partidistas o personales, que nada han abonado
al objetivo de desacelerar la inclinación
autoritaria del régimen. El revés
de unos y otros será elocuente, pues
ni la participación habrá garantizado
los espacios que se habían calculado
para producir el crecimiento al que se aspiraba,
ni la abstención habrá generado
el punto de inflexión que buscaba auspiciar...
Esos resultados no sólo reivindicarán
la vigencia de la asignatura unitaria pendiente.
También revelarán, incluso, la
inoperancia e insuficiencia de las formas
conocidas de organización político-partidista,
al menos para efectos de las batallas opositoras
del futuro inmediato... A las claras, la
pulverización de los aparatos partidistas
planteará un desafío adicional
a los opositores del régimen: definir
_a contrarreloj_ un mecanismo de asociación
vanguardista, capaz de inspirar la movilización
de la sociedad democrática... Ese dispositivo
ha de ser la expresión no sólo
de un radical salto cualitativo en la organización
para la lucha democrática, sino también
en la voluntad de desprendimiento de los
factores dirigenciales y de las estructuras
partidistas. Se trataría de recuperar
la confianza, mediante una propuesta novedosa
de reagrupamiento, destinada a enfrentar
el rigor de lo que viene en lo sucesivo
desde una identidad única, que no admite
esfuerzos parciales... Tal parcialidad _manifestada
en acuerdos de medias tintas, puntuales
y de alcances menores_ no sólo no representará
garantía de éxito, sino que, mucho
más, serviría apenas para encubrir
el mismo círculo vicioso de la dispersión
y la ineficiencia.
Calidad opositora
La truculencia de los resultados del 7 de agosto puede
entonces marcar un "antes y un después"
para la oposición venezolana, si
ella comprendiera la obligación
de mejorar sustantivamente su calidad.
Hacerlo, le exigirá superar el
trauma de la experiencia de la Coordinadora
Democrática, cuyo fracaso _debe
irse comprendiendo_ no fue el ejercicio
unitario que en ella se intentó.
El revés de la CD tuvo su germen
en las desviaciones que tuvieron lugar
en su seno, como consecuencia de una
sorda pugna por la candidatura presidencial
y de una batalla sin cuartel entre los
factores partidistas que la integraban,
en su afán de "diferenciarse" respecto
de los demás... De ese salto cualitativo
de la oposición dependerá
la posibilidad de restituir la confianza
de los ciudadanos e, incluso, la posibilidad
de que se produzca un escenario de debilitamiento
del propio gobierno. Para nadie es un
secreto que el posicionamiento positivo
del Presidente de la República
y de su proyecto revolucionario no es
un efecto exclusivo de las virtudes
o cualidades del liderazgo de Hugo Chávez
Frías y su gestión administrativa.
El deficiente desempeño de la oposición
ha ampliado tremendamente el terreno
de simpatías del mandatario, quien
se ha favorecido de la deplorable imagen
de sus divididos adversarios políticos.
Así, la "utopía unitaria"
de la oposición involucra de lleno
a la llamada "hipótesis de la implosión",
conforme a la cual la revolución
bolivariana perdería sus bríos,
producto de sus contradicciones y fallas
íntimas. El caso es que, mientras
el gobierno del presidente Chávez
sea evaluado a partir de las carencias
de quienes se le oponen, el jefe del
Estado continuará manteniéndose
como un "referente superior" a aquellos
que se le enfrentan. Una oposición
dividida, sin espíritu de cuerpo,
y sin vocación de vanguardia, jamás
podrá presentarse como alternativa.
Todo lo contrario, frente a semejante
cuadro de dispersión _y pese a
los protuberantes lunares de su ejecutoria_,
Chávez siempre terminaría
coronado como una "opción preferible".
Implosión y unidad
Aunque vinculada ciertamente con la acción gubernamental,
la implosión no puede comprenderse,
sin embargo, sino como un escenario
de "doble vía", íntimamente
vinculado con la "utopía unitaria"
de los factores de la oposición
venezolana. Y es que, frente a unos
adversarios seccionados _bajo el
pretexto de intereses partidistas
y particulares_, la figura del caudillo
siempre lucirá invencible.
Todo lo anterior sirve bien para
sentenciar que el problema no es
votar o abstenerse de hacerlo el
próximo 7 de agosto. El dilema,
como se ha dicho, no existe. La
eficiencia de ambas opciones es
tan frágil que resulta inútil
su ponderación. A estas alturas,
cuando las cartas están echadas,
sólo falta advertir las serias
dificultades que le sobrevienen
a una oposición segmentada,
cuyas fracasadas tentativas han
terminado desnudando su grieta más
honda: la dificultad para acordarse
en torno a un objetivo propio el
de la vanguardia_, y en torno, también,
al propósito de construir,
finalmente, un éxito frente
al régimen. Ese es el verdadero
problema...